¿Debate, entrevista o “reality show”?

La noche del martes 12 se reunieron en torno a una mesa redonda los cuatro candidatos a la Presidencia de la República y tres periodistas. Establecidas las reglas del juego: los temas, las preguntas acerca de esos ítems, el orden de aparición, los minutos para responder, pendiente el cronómetro de no sobrepasar ni un segundo. Los participantes, de colocar el mayor número de palabras en el menor tiempo.

Las preguntas obtenidas de las redes sociales –según se dijo le dieron al encuentro formato de entrevista colectiva, de conferencia de prensa. El debate, cuando se dio, fue entre candidato y periodista, no entre ellos. Los abanderados colocaron cuantas acusaciones pudieron en su espacio, la mayoría de éstas, lanzadas contra AMLO. El lenguaje corporal de Anaya reforzó su actitud dura, rijosa. Meade se vio prepotente como aquel seguro de tener el poder de su lado, despreciando a sus adversarios. López Obrador esquivó como pudo las agresiones, más interesado en que se oyeran sus propuestas. La rigidez del formato lo atenazó, no pudo verse confiado, suelto como en las entrevistas televisivas. El Bronco se aferró a lo único que lo hace diferente, no estar avalado por un partido político sino por sí mismo; ya olvidó que hizo trampa al recaudar firmas para su registro como candidato.

Al final queda la sensación de haber asistido a un reality show, de esos en que “el gran hermano” decidirá quién se queda y quién se va. Los protagonistas ante el escrutinio del panel, con tiempo insuficiente para defenderse, para proponer, explicar, desarrollar ideas. En ese caso es mejor quitarle el nombre de debate y dejarlo en una fórmula como la elaborada por el Tec de Monterrey: pregunta breve, respuesta con frase corta o palabra.

El nuevo esquema de los debates organizados por el INE deja en claro la influencia del tuit, de los mensajes de texto, del uso del whatts. La interlocución es rápida, resumida, corta. No debe haber espacio para el regodeo, el contexto, las pruebas o los argumentos. En todo caso hay que esperar al post-debate para enterarse de la certeza o falsía de los dichos. 

Algo semejante sucede con los spots de campaña. Es una propaganda insulsa. Canciones pegajosas, mentiras o su equivalente: noticias falsas. Por las redes puede circular el infundio, la calumnia; se tergiversa la realidad, se la tritura hasta obtener un dardo envenenado. Es posible hacerlo sin remitente conocido o falseando al emisor. Igual con millones de llamadas telefónicas digitales que nadie sabe de dónde provienen.

Veinte años ya de este tipo de comunicación, de información, ha llevado a establecer un modelo oscurecido, contrario a la plaza pública, al libre debate de las ideas. Concentra el conocimiento y los datos, centraliza el tráfico de mensajes, controla, espía.

Con las redes sucede lo ya visto en medios electrónicos: un acceso inequitativo, concentración de la infraestructura, del contenido y un Estado ausente u omiso. Un internet librado a las fuerzas del mercado poco puede hacer para establecerse como medio democrático.