La hospitalidad

“Lo que está en el territorio es del territorio”, era el principio de las ciudades durante la Edad Media. Se refería a una disposición a acoger a quienes llegaban huyendo del “poder sangriento”, como describía la ley hebraica sobre cualquier causa para el exilio. Este principio no tiene nada que ver con lo que ahora se hace –naturalizar o deportar– con los migrantes, porque no se originó en los Estados-nación ni en el derecho internacional, sino en las ciudades. 

Ofrecer hospitalidad es hacerlo a alguien que nos es ajeno y cuya tragedia nos cuestiona. El extranjero le hace una pregunta al dueño de la casa sobre su propia condición de anfitrión. Por eso, quien es hospitalario permite que se le cuestione. Quien es hostil se niega a perder su equilibrio. 

En 1996 el filósofo Jacques Derrida dio una serie de conferencias sobre la idea de las ciudades-refugio en Europa. Eran los años de la integración cultural que, entre otros, causó una celebración de parte de Umberto Eco a la Torre de Babel en la que podrían convertirse. 

Hoy, que se expulsa a los sirios, se detiene a los marroquíes y se encarcela a los africanos en campos, queda la frase “todo acto de hospitalidad es necesariamente poético”. Es la expresión con la que Derrida cerró sus reflexiones. Viene a cuento por lo sucedido esta semana con el campo de concentración de niños mexicanos y centroamericanos en Texas, separados de sus padres. 

Después de hacer una historia de la hospitalidad en las ciudades griegas y romanas de la antigüedad, y detenerse en la orden que Dios le da a Moisés en el relato de la Biblia, para acoger a los que huyen de la injusticia, Derrida embiste nuestras nociones hipócritas sobre el asilo: le damos la bienvenida a los otros sólo cuando justifican una persecución política, y rechazamos a los que vienen a nuestro pórtico por simple hambre. 

Hacemos una distinción entre asilo político e inmigración económica porque, de entrada, queremos que los otros no sean tan ajenos. En las políticas de la amistad, al exiliado célebre se le prefiere por encima de la horda pobre y anónima. 

Para ellos, hay dos policías: los ministerios que autorizan el asilo individual y las patrullas fronterizas que ejecutan redadas masivas. La hospitalidad no puede ser sino un acto poético por eso, porque es una disposición ética a aceptar el cuestionamiento del otro: ¿al deber de la hospitalidad le corresponde un derecho del extranjero a recibirla? ¿Qué tan tuya es tu casa? Si todos los hogares son parte del mundo y todos somos iguales como seres humanos, ¿no todos deberíamos poder afianzarnos en cualquier lugar? 

Los “sin Estado”, como los llamó Hannah- Arendt, administrados por las policías “sin fronteras”, están a merced de la hospitalidad de los que actúan por debajo de las leyes, debajo del radar de los gobiernos y sus policías. La hospitalidad es la que hace de las iglesias, por ejemplo, un santuario apartado de las leyes de afuera, o de las ciudades como Ravena, Florencia o Milán durante las guerras entre ellas, un refugio de los perseguidos por traición a su patria, como el mismísimo Lorenzo de Médici. También está en la raíz imaginaria de la autonomía, como en el caso de las universidades. Pero es una disposición ética o, como presupone Derrida, (po)ética. ¿Cómo expresarla?

Lo primero que Sócrates plantea ante el tribunal de Atenas es que él habla como extranjero porque no conoce la retórica de los abogados, la de la defensa, la acusación, las sentencias. 

De igual manera, como naciones, les pedimos a los extranjeros que hablen en nuestra lengua y nos soliciten el asilo. Sócrates se dice “extranjero”, no porque no haya nacido griego y sea ciudadano de la polis, sino porque está apelando a tener el derecho de los que son ajenos, a la hospitalidad absoluta que le asigna un lugar a quien no lo tiene. 

Ese lugar propio es lo que se vulneró en Texas al poner a los niños extranjeros en un campo de concentración, separados de sus padres. Como al intervenir las comunicaciones personales, el Estado borra los límites entre lo privado –íntimo– y lo público. 

En ambos casos, se trata de justificar esa invasión de la intimidad por un asunto público, sea las leyes antiinmigrantes o la seguridad nacional. La inviolabilidad ante lo íntimo es un principio de la hospitalidad y es cuando se inscribe esa “poética” dentro de la ley –al seleccionar y filtrar– que trastoca la idea radical de que todos podríamos estar en cualquier lugar que escogiéramos. 

Las leyes que garantizan el asilo lo condicionan y, al revés, no hay manera de ser hospitalario sin transgredir esas leyes. 

“Los exiliados tienen dos suspiros –escribe Derrida–: sus muertos y su lengua. Al cementerio de nuestros enterrados se busca volver, aunque sea en peregrinaje. Por otro lado, la lengua es nuestro hogar móvil, nos acompaña a donde vayamos.”

El que une a ambos es el final de Edipo, el exiliado predilecto, que le prohíbe a Teseo que revele el lugar de su propia tumba. Ciego, Edipo lo guía hacia un lugar secreto, extranjero muerto en un sitio desconocido. Pero a su anfitrión, a Teseo, Edipo le da dos órdenes: que no le revele nunca a sus hijas el lugar de su propio entierro y que no lo olvide. Como todo anfitrión, Teseo acaba por ser el rehén de su propio juramento. 

Es la clave de toda hospitalidad: acoger al perseguido y, al mismo tiempo, sentirse obligado por el propio juramento de refugiarlo. Del otro lado, del lado del extranjero, hay una imposibilidad de encontrar en el nombre de una tumba una especie de patria final. Hay una sepultura sin tumba. Hay un cadáver sin nombre. Hay una tristeza sin duelo. 

“El extranjero –escribe Derrida– es el que no puede ser llorado como se debe por sus deudos”. Para Hegel, Edipo representaba “el primer hombre”. Para Nietzsche,- “él último”. ¿Por qué? Acaso sea por esa doble vía de todo extranjero: el que busca su último lugar en la tierra –un duelo sin duelo– y aquel que busca ser tratado como un huésped eterno. 

Uno de los relatos que da cuerpo a Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes, es el del barco repleto de exiliados que viaja de puerto en puerto sin recibir jamás el permiso para desembarcar. El barco se llamó MS Saint Louis y zarpó el 13 de mayo de 1939 con 930 judíos y siete anarquistas que buscaban asilo en Cuba. Ahí no se les aceptó y solicitaron su asilo en República Dominicana, Estados Unidos y Canadá, pero les fue negado. 

El barco regresó un mes después a Europa y más de la mitad de los repatriados murieron en los campos nazis de exterminio. En algún momento, mientras esperan en el puerto, los cubanos plantean que podrán recibir a 250 pasajeros. Entonces, viene la pregunta de toda hospitalidad: “¿Cómo escoger a los que bajarían del Arca de Noé? ¿Quién separaría a los puros de los impuros? ¿Se podría hacer una lotería?”. 

Esa es una pregunta a todas luces imposible por injusta. Pero es su oscura respuesta lo que hacemos cada vez que expedimos una visa. Y es que las fronteras que nos separan nunca han sido geográficas, sino morales.