Ante la crisis de la Iglesia chilena, inédita intervención papal

Una Iglesia, la chilena, que en la segunda mitad del siglo pasado se enfrentó valientemente a la dictadura y promovió la justicia social y se la jugó por la defensa de la dignidad y los derechos humanos, ahora abandonó la opción preferencial por los pobres y –en medio de numerosas acusaciones de violación de menores por parte de sacerdotes– se desmorona, hundida en una crisis calificada como la peor de su historia. Tan grave es su situación que el jefe del Vaticano –quien en principio desoyó los llamados de auxilio de la feligresía– intervino y forzó a los obispos de Chile a poner sus cargos a disposición.

Santiago.- “Sin duda que Francisco, luego del tremendo fiasco de su visita a Chile, ha querido, junto con promover una enmienda radical de la devastada Iglesia chilena, dar un poderoso ejemplo a la Iglesia universal”.

Así define Felipe Portales –periodista, sociólogo e historiador del catolicismo– el meollo de la crisis, a la que no duda en definir como “la peor en toda su historia”, de la Iglesia chilena. 

Tal crisis se desató debido a la difusión de numerosos casos de violaciones de menores perpetrados por religiosos, especialmente los cometidos por el otrora sacerdote preferido de la élite chilena, Fernando Karadima, a quien la justicia vaticana suspendió de por vida en 2010, tras comprobar que abusó sexualmente de niños y jóvenes que le fueron entregados para su formación espiritual.

Jorge Bergoglio, el papa Francisco, había mantenido la misma actitud de desprecio hacia las víctimas que habían tenido los obispos chilenos; pero tras su desastrosa visita al país –entre el 15 y el 18 de enero pasados–, que se dio en medio de un grave desencuentro con los fieles, comprendió que las cosas eran muy distintas a como se las contaban o a como él había imaginado. 

La intervención 

“La intervención del Vaticano se ha hecho necesaria por la devastadora crisis de credibilidad que sufre la jerarquía católica chilena”, señala Portales.

El autor de Historias desconocidas de Chile (2017) estima que El Vaticano ha desem­peñado “un papel muy negativo” en la decadencia de la Iglesia chilena, subrayando “la nefasta influencia que tuvo el cardenal Angelo Sodano, como nuncio en tiempos de Pinochet (1977-1988) y como secretario de Estado del Vaticano (1991-2006)”. Esto, por ser decisivo “en el nombramiento de numerosos obispos ultraconservadores chilenos, cinco de los cuales, para mal de males, fueron formados espiritualmente en la virtual secta de Karadima”. 

En este sentido el sociólogo destaca que lo peor fue el “desgraciado nombramiento (enero de 2015)” y la “tozuda mantención en su cargo” como obispo de Osorno de Juan Barros, “reconocido secuaz de Karadima”, quien generó gran rechazo entre los laicos locales.

Francisco había desatado la ira de los fieles osorninos en octubre de 2015, al enviar un mensaje en video en el que dijo que “Osorno sufre ¡por tonta!, porque no abre su corazón a lo que Dios dice y se deja llevar por macanas inventadas por zurdos”. 

Al final de su reciente visita a Chile, Bergoglio reiteró su defensa de Barros. “No hay una sola prueba en su contra, todo es calumnia”, señaló antes de su homilía en Iquique.

Pero su mirada giró 180 grados. Lo confesó este miércoles 20 en entrevista con Reuters: “Volví del viaje a Chile un poco inquieto y (me dije): aquí hay algo que va más allá de la propaganda o de alguna posición anticlerical. Pensando y pensando, solicité consejo y decidí enviar en visita canónica a monseñor Scicluna”. 

Alude a Charles Scicluna (arzobispo de Malta), quien junto a Jordi Bertomeu (oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe), realizó en febrero una misión canónica a Chile, en la que tomaron declaraciones a las víctimas de Karadima y a otros sacerdotes; dieron forma a un expediente de más de 2 mil 300 folios. Entregado a Bergoglio el pasado 20 de marzo, el informe aún se mantiene secreto. 

Tras conocer este informe, Francisco convocó a la totalidad de los obispos chilenos a una visita extraordinaria a Roma, realizada a mediados de mayo. 

Los convocó mediante una carta firmada el 8 de abril. Según reconoció Francisco en esta misiva, él incurrió “en graves equivocaciones de valoración y percepción” respecto de la situación de abusos sexuales ocurridas en la nación sudamericana. 

Culpó de ello “a la falta de información veraz y equilibrada” que le fue proporcionada por sus representantes en Chile. Esto constituía una severa crítica a los obispos y también al nuncio apostólico en Santiago, Ivo Scapolo, quien fue determinante en el nombramiento de Barros como obispo de Osorno. 

En su carta de abril Francisco había advertido que “tras una lectura pausada de las actas” del informe Scicluna pudo afirmar “que todos los testimonios recogidos en ellas hablan en modo descarnado, sin aditivos ni edulcorantes, de muchas vidas crucificadas, y les confieso que ello me causa dolor y vergüenza”.

El varapalo a los obispos

Los encuentros con el pontífice –en los que Francisco se hizo acompañar por el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos– participaron 31 obispos chilenos y tres eméritos. Fueron cuatro sesiones entre el 15 y el 17 de mayo.

En la primera jornada –que sólo duró 30 minutos– Francisco dejó claro su ánimo: “Las ideas se discuten, las situaciones se disciernen” y aquí “estamos reunidos para discernir, no para discutir”. Y les entregó un documento que constituyó un durísimo varapalo a la labor de la Iglesia chilena.

“Duele constatar que en este último periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiración profética (de la Iglesia en su historia) perdió fuerza para dar lugar a lo que podríamos denominar: una transformación en su centro (…). Concentró en sí la atención y perdió la memoria de su origen y misión.”

Fundamentó: “La dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas, deja en evidencia este cambio de centro eclesial (…) el pecado eclesial ocupó todo el escenario concentrando en sí la atención y las miradas”.

Como si el diagnóstico no fuera ya suficientemente descarnado, Francisco planteó a los obispos chilenos que “la psicología de élite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, círculos cerrados que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente”.

El documento –que debía ser confidencial y que en los hechos constituye el fundamento de la intervención de la Iglesia chilena y la guía del espíritu que debe animar su nuevo tiempo– termina: “Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado”. 

El trato a los obispos chilenos fue en extremo distante: no los invitó a concelebrar una misa ni a la audiencia pública de los miércoles, tal como suele hacer con invitados de su rango. Tampoco los convidó al ángelus del 13 de mayo, pese a que en esa fecha ya habían arribado varios obispos chilenos.

No les asignó un anfitrión ni los recibió en la residencia papal de Santa Marta, con la excepción de tres prelados que estaban delicados de salud. Tampoco permitió que vistieran las lujosas sotanas que los obispos reservan para un encuentro con el Pontífice. Sólo debían portar un traje para reuniones de trabajo. 

Muy distinto había sido el trato dado a las más renombradas víctimas de Karadima: Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo, quienes fueron recibidos por Bergoglio entre el 27 y el 30 de abril en su residencia de Santa Marta.

Francisco “se ha reunido varias veces con víctimas de abuso sexual, pero ésta fue la primera ocasión que se reunió personalmente con aquellos a los que él mismo acusó de calumniadores, ahora para pedirles perdón por haberles ofendido públicamente”, señaló en su editorial de este mes la influyente revista católica chilena Mensaje.

Allí se añadió: “No deja de ser significativo el hecho de que Francisco recibiera primero a las víctimas y posteriormente a los obispos. Esto constituye un claro signo de dar prioridad a las víctimas”. 

El 18 de mayo, poco antes de partir de regreso a Chile, los obispos dieron a conocer una declaración en la que pidieron “perdón” y anunciaron su dimisión para que Bergoglio “libremente decida con respecto a cada uno de nosotros”. 

El pasado lunes 11, El Vaticano comunicó que Francisco había aceptado la renuncia del obispo Barros y la de los de Puerto Montt, Cristián Caro; y Valparaíso, Gonzalo Duarte. En su lugar nombró administradores apostólicos provisionales. En entrevista con la agencia Reuters –difundida el miércoles 20–, Bergoglio deslizó que vendrán nuevas “exoneraciones”. 

Portales dice a Proceso que es la “primera vez que ocurre en la historia” una intervención de este nivel, en que todos los obispos de un país hayan colocado sus cargos a disposición del Papa.

Coherente con este giro en su proceder respecto del caso chileno, Francisco había recibido el viernes 1 a cinco sacerdotes víctimas de Karadima. Además envió nuevamente a Chile a Scicluna y Bertomeu, quienes –entre el martes 12 y el lunes 18– recopilaron nuevos testimonios de abusos sexuales. Diversas versiones de prensa coinciden en que los enviados papales también estarían reuniendo información para asesorarlo en la formación del nuevo episcopado chileno. 

Esta nueva visita de los enviados de Bergoglio tuvo un episodio de hondo simbolismo: Scicluna y Bertomeu oficiaron una misa en la Catedral de Osorno en la que, de rodillas y en nombre de Francisco, pidieron perdón “a todos los habitantes de este territorio por haberles herido y ofendido profundamente”.

En la ocasión fue presentado el administrador provisional del obispado de Osorno, Jorge Concha Cayuqueo, ovacionado por los asistentes. 

Una Iglesia diluida

Portales coincide con Francisco en lo fundamental de su nuevo diagnóstico de la crisis de la Iglesia chilena. Afirma que “entre las décadas de los sesenta y los ochenta tuvimos una Iglesia que promovió la justicia social, que alertó sobre la radicalización y violencia que desgraciadamente acompañaron muchos de los cambios sociales llevados a cabo y que, sobre todo, se jugó abnegadamente por la defensa de la dignidad y los derechos humanos tan pisoteados durante la dictadura”.

Asegura que en dicha labor desempeñaron papeles muy relevantes numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos “que bregaron valientemente por la vida, integridad física y libertad de tantos hermanos nuestros”.

Autor del ya clásico Los mitos de la democracia chilena, Portales expresa que a partir de los noventa “nuestra Iglesia fue dando un vuelco y perdiendo su espíritu profético. De este modo dejó de ser una Iglesia que realzara la lucha por la justicia social; el mensaje de las encíclicas sociales se fue diluyendo; la denuncia de las grandes desigualdades dejadas por la dictadura –y consolidadas posteriormente– fue desapareciendo; las comunidades eclesiales de base, tan fomentadas en (las conferencias generales del episcopado latinoamericano de) Medellín y Puebla, dejaron también de promoverse; y en la Iglesia comenzaron a proliferar movimientos espiritualistas e intimistas, centrados en sí mismos y algunos de ellos con fuertes características sectarias y orientados a las clases sociales más acomodadas. 

“Con todo ello se fue desapareciendo en la práctica la ‘opción preferencial por los pobres’ y la Iglesia perdió significativamente su dinamismo, particularmente en los sectores juveniles y populares”, reflexiona.

Dice el investigador que la Iglesia “comenzó a centrarse casi exclusivamente en la moral sexual, en desmedro de la moral social”. Estima que “lo más paradójico de todo es que incrementó en su seno los abusos sexuales de eclesiásticos, comportándose su jerarquía negligentemente con ellos, cuando no encubriéndolos derechamente, a través fundamentalmente del silencioso cambio de lugar de los sacer­dotes y obispos que recibían acusaciones al respecto”. 

Esto último, que se constituyó en lacra mundial de la Iglesia, fue particularmente agravado en Chile por el hecho de que el propio cardenal Francisco Javier Errázuriz se hizo protector de varios de esos casos, incluso del propio Karadima. l