La muralla que nadie quiere terminar

Dieciséis años después de iniciada, la construcción del muro en Cisjordania no concluye. Le faltan 100 kilómetros. Paradójicamente, es la coalición de partidos de derecha que gobierna Israel la que más se opone a completarlo. La razón: la barrera equivale a consolidar una frontera y, por tanto, a renunciar a ocupar más territorio cisjordano. Peor aún, esa línea divisoria puede dar pie a lo que no quieren ver jamás: un Estado palestino.

Nunca en sus 70 años de existencia el Estado de Israel había tenido un gobierno tan derechista, ni la derecha –a pesar de los problemas judiciales del primer ministro, Benjamín Netanyahu– había parecido tan sólidamente apoyada nacional e internacionalmente. 

Desbaratando políticas establecidas durante medio siglo, el presidente estadunidense Donald Trump trasladó la embajada de su país de Tel Aviv a Jerusalén y provocó el rompimiento con la Autoridad Palestina; la coalición de gobierno israelí prácticamente carece de rivales de consideración, con el principal partido opositor –el laborista– disminuido y sin liderazgos.

Además, los ministros del gabinete han hecho avanzar leyes que persiguen a los grupos pacifistas e incluso llegarían al extremo de prohibir que se fotografíen los abusos del ejército israelí; la condición de prisioneros al aire libre del millón de palestinos que vive en Gaza se consolida con la terminación de una barrera subterránea y una marina que complementan la de la superficie; y la brecha tecnológica militar sobre sus enemigos se amplía y se hace imposible de confrontar.

Parece que lo único que falta es por fin construir los 100 kilómetros que restan del muro en Cisjordania –que no alrededor de Cisjordania–, de un total de 708. A 16 años desde que fue iniciado, en 2002, muchos israelíes no entienden por qué no lo concluyen. 

Incluso el diputado Omer Barlev presentó el miércoles 6 una iniciativa de ley que le impondría al gobierno, como “prioridad nacional”, que complete la muralla en los próximos 18 meses.

Era la tercera vez que la proponía. Y por tercera vez fue derrotada. No por los votos de los legisladores árabes y de izquierda, que apenas forman 15% del Knesset (Parlamento), sino por los de los partidos Likud, HaBayit HaYehudi y Yisrael Beitenu: los principales de la gobernante coalición de derecha que no desea terminar el muro. 

Seguridad o apartheid

Likud se opone a pesar de que fue uno de sus más grandes líderes históricos, Ariel Sharon, quien como primer ministro le dio inicio al proyecto en 2002, en plena Segunda Intifada (la insurrección palestina de 2000 a 2005). 

Ese muro se consideraba la solución para terminar con la capacidad de golpeo de uno de los lados del conflicto, la de los atentados terroristas, para consolidar la primacía en la violencia del bando más fuerte, el israelí.

Sólo el primer año se levantaron 180 kilómetros. En cuatro años llegaron a la mitad de la longitud planeada. En 2012, a las dos terceras partes, con 440 kilómetros. Pero el ritmo de construcción ya estaba decreciendo hasta que, en 2014, el Knesset lo detuvo por completo.

Los palestinos eran y son los principales opositores, por supuesto. Desde un principio, el trazo del muro no se ajustó a la Línea Verde, como se conoce la frontera reconocida internacionalmente entre Israel y la Cisjordania palestina. Al contrario, serpentea dentro de territorio palestino para absorber muchas de las colonias judías establecidas ilegalmente ahí. 

Esto significó no sólo que las tierras de cultivo de muchas aldeas fueran separadas de sus dueños, sino que las aldeas mismas, e incluso ciudades como Qalqilya, fueron encerradas. 

En algunas poblaciones pequeñas, como en Bi’lin, los viernes y en Nabi Saleh (de donde es originaria Ahed Tamimi, la muchacha de 17 años encarcelada por abofetear en el patio de su casa a un soldado israelí) los sábados, los habitantes realizan manifestaciones para protestar porque les quitaron sus terrenos. Esto significa que, en los hechos, Israel se anexa casi 10% del territorio palestino de Cisjordania.

En sus movimientos, los palestinos deben hacer grandes rodeos, las pocas veces en que esto es posible, o someterse a humillantes revisiones con grandes demoras en los puntos de control del ejército israelí. 

Cuando hay problemas, como protestas palestinas o acciones militares de represalia, las autoridades israelíes decretan el cierre total de los pasos y el transporte se paraliza. 

Rutinariamente, sin embargo, no hace falta un conflicto para que esto ocurra: los soldados dejan de trabajar durante los días festivos judíos y los demás –musulmanes, cristianos, drusos o laicos– tienen que esperar a la siguiente jornada para poder movilizarse. 

La Asamblea General de las Naciones Unidas pidió el retiro de la barrera en 2003. En 2004, la Corte Internacional de Justicia de La Haya la declaró ilegal. El gobierno israelí la denomina oficialmente “reja de seguridad”, aunque en las zonas pobladas está hecha de concreto y alcanza ocho metros de altura.

Los palestinos la llaman “muro del apartheid”, en referencia a la política del extinto régimen racista blanco de Sudáfrica, que convertía a los negros en extranjeros en su propia tierra encerrándolos en los bantustanes, pequeños territorios negros, nominalmente independientes. pero en los hechos bajo estricto dominio blanco.

Soldados operando, no molestar

El domingo 17, el poder de la derecha gubernamental israelí sólo halló un límite incómodo pero inevitable. Ese día el Knesset aprobó una ley que, como explicó el diputado Robert Ilatov, del partido Yisrael Beitenu, prohíbe “las filmaciones destinadas a erosionar el espíritu de los soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel y de los residentes del Estado de Israel, o dañar la seguridad del Estado”.

El origen de esta iniciativa fue una grabación del 24 de marzo de 2016, en la que se ve al joven palestino Abdel Fattah al Sharif –que previamente había realizado un fallido ataque con cuchillo– tirado en el suelo, inmóvil, desangrándose y rodeado de tropas israelíes. Tres minutos después de que Sharif fue derribado, desde un extremo y sin que parezca haber tenido contacto previo con el herido, aparece el médico militar Elor Azaria, le apunta con su fusil y lo mata con un disparo a la cabeza.

Sharif iba acompañado de otro palestino, Ramzi Aziz al Tamimi al Qasrawi, que también fue asesinado después de su “neutralización”, según testimonios. Pero ante la falta de imágenes que lo demostraran, la denuncia no fue investigada. 

En cambio, Azaria sí fue hallado culpable debido al video, y a pesar de una campaña por su liberación que incluso involucró a Netanyahu, un tribunal lo halló culpable. No por asesinato, como había pedido el fiscal, sino por homicidio no premeditado. Fue sentenciado a 18 meses de prisión y salió a los nueve meses. 

La ira por la condena se dirigió entonces al camarógrafo palestino Imad Abu Shamsiyya, quien registró el incidente para la organización israelí de derechos humanos B’Tselem. Desde entonces el activista ha estado sujeto a ataques físicos y acoso en redes sociales, con amenazas de muerte.

Los ministros y legisladores que pidieron su arresto y enjuiciamiento encontraron que no había base legal para ello. Así que decidieron crearla y terminar, de una vez por todas, con el interminable flujo de imágenes de abusos militares contra la población palestina, que tanto le ha costado a Israel en términos de imagen ante la opinión pública internacional.

Le ley propuesta por el partido Yisrael Beitenu les impone cinco años de prisión a quienes filmen a los soldados en acción. En su texto menciona específicamente a grupos de derechos humanos como B’Tselem, Machson Watch y Rompiendo el Silencio, que ya están bajo severo acoso judicial. Por si había dudas de quiénes son los destinatarios, el diputado Ilatov precisó en Facebook que se trata de evitar que “las organizaciones izquierdistas difundan fotos de los soldados con el objeto de avergonzarlos”.

Aunque fue aprobada por el Comité Ministerial de Legislación, la ley encontró su propio muro: la Constitución, que protege la libertad de expresión, según señaló el fiscal general, Avichai Mandelblit. 

Así que los promotores accedieron a hacerle algunos cambios para salvar el obstáculo: no se prohibirá totalmente filmar a los soldados, pero sí interferir con sus operaciones. Los camarógrafos tendrán que asegurarse de estar muy lejos para no molestar.

Las razones del colono

Netanyahu se ha negado a renunciar a su puesto, pese a que ha sido formalmente acusado de fraude, soborno y abuso de confianza por los fiscales. Sin embargo, podría ser detenido y esto le impediría convertirse en el jefe de gobierno israelí de mayor duración en el cargo.

La debilidad del hombre no es la del gobierno, sin embargo. Sus aliados de coalición, Avigdor Lieberman y Neftali Bennett, que están aún más a la derecha que él, esperan la oportunidad de reemplazarlo.

El gabinete sigue trabajando a plena marcha para fortalecer las posiciones estratégicas del país. Para quitarle a la milicia islámica palestina Hamás –su enemigo más poderoso– su capacidad táctica más eficaz, la de infiltrarse en Israel, han construido un muro subterráneo para que no pueda hacer túneles, y uno marino para que no puedan llegar por el Mediterráneo.

Faltan sólo los 100 kilómetros de muro en Cisjordania: hace 15 años logró terminar con la pesadilla de los atentados terroristas en pizzerías de Tel Aviv, y según el Omer Barlev, coronel de la reserva y diputado del Partido Laborista, los hipotéticos atacantes que se quisieran infiltrar todavía podrían hacerlo por las remotas zonas descubiertas. 

Su correligionario Avi Gabbay quiso demostrarlo con dos videos que grabó frente a la colonia ilegal de Maale Adumim –subidos a Twitter el jueves 7–, en los que señala tres zonas expuestas al terrorismo en ese punto, en el asentamiento de Etzion y en las colinas de Hebrón.

Gracias a esto, continuó, unos palestinos secuestraron y asesinaron a tres jóvenes judíos en Etzion en 2014, mientras que otros se infiltraron a Israel por las colinas de Hebrón en 2016 y mataron a cuatro personas en el mercado de Sarona.

El problema para él es que el gobierno se rehúsa a terminar el muro: “Las consideraciones políticas de Netanyahu, Lieberman y Bennett están al costo de nuestra seguridad”, siguió Gabbay.

En el fondo está el proyecto futuro de la derecha israelí: desde los acuerdos de paz de 1993, el país está formalmente comprometido a facilitar que los palestinos establezcan su propio Estado. En los hechos, han saboteado el proyecto mediante la imparable construcción de asentamientos judíos ilegales. 

En 2004 la población en esos enclaves en Cisjordania (excluyendo Jerusalén) era de 200 mil personas, pero en década y media se ha duplicado y son muchas más las colonias judías en tierras palestinas que no fueron previstas en el diseño original del muro.

Desde el movimiento de colonos –una de las principales fuerzas dentro del gobierno israelí– se teme que completar la larga barrera sea equivalente a la consolidación de una frontera que, si bien no les gusta a los palestinos porque pierden 10% de su territorio, tampoco satisface a los judíos de los asentamientos porque los deja del lado equivocado: al igual que las viejas colonias ya protegidas por el muro, ellos aspiran a quedar dentro de Israel, anexando lo que haya que anexar.