Guerra interna por los despojos del PRI

Ante una debacle electoral sin precedente, algunos liderazgos del PRI pretenden hacerse con el poder sobre las ruinas de ese partido. Uno de ellos es el grupo Democracia Interna, encabezado por el exgobernador de Oaxaca Ulises Ruiz, quien insiste en su propuesta de “refundar” esa organización política y que el próximo dirigente sea elegido mediante el voto abierto de los militantes. En una carta publicada el pasado 24 de junio, ese grupo, conformado hace dos años, sentenció: “No permitiremos que los iluminados de siempre intenten delinear un perfil de quién debería ser el próximo presidente del PRI”.

Nunca en su larga historia el PRI se ha enfrentado a un panorama tan incierto como ahora. En el 2000 perdió por primera vez la Presidencia de la República; seis años después descendió al tercer lugar como fuerza política nacional, pero ha sido en esta administración federal cuando su presencia menguó al punto de ser derrotado en siete entidades y en la Ciudad de México. Hoy se encuentra inmerso en escándalos de corrupción y en los desatinos de Enrique Peña Nieto.

El domingo 1 de julio el PRI sufrió la tercera derrota presidencial de su historia. Su candidato José Antonio Meade y la dirigencia nacional priista reconocieron la desventaja que, de acuerdo con las tendencias, podrían llevar a ese partido hasta el tercer lugar como fuerza política nacional.

El silencio reinó en la sede nacional tricolor: no hubo matracas, tambores ni mariachis; sólo el discurso del presidente del partido, René Juárez Cisneros, augurando un futuro incierto para aquel.

Y es en este escenario adverso que algunas facciones priistas comienzan a disputarse la franquicia tras la derrota del domingo 1, según comentaron al reportero militantes del entorno de Peña Nieto. En ese grupo, dicen, destacan el exgobernador mexiquense Arturo Montiel y Alfredo del Mazo, mandatario del Estado de México.

Los priistas consultados sostienen que el propósito de ese grupo es mantener a René Juárez Cisneros como dirigente nacional del partido, un cargo al que aspiran Rubén Moreira Valdés, secretario de Organización y exgobernador de Coahuila;­ Emilio Gamboa Patrón, coordinador de la bancada priista en el Senado; Miguel Ángel Osorio Chong, exsecretario de Gobernación, y el grupo Democracia Interna, que encabeza el exgobernador de Oaxaca Ulises Ruiz Ortiz, cercano a Roberto Madrazo Pintado, candidato presidencial en 2006.

Hasta ahora, la corriente que encabeza Ruiz Ortiz –conformada hace dos años– es la única que ha manifestado su intención de “reconstruir y refundar” el PRI (Proceso 2173).

El pasado 24 de junio, los integrantes de la corriente Democracia Interna hicieron pública una carta en la cual exponen lo que, a su juicio, deben hacer los priistas después de la elección; también criticaron el papel desempeñado por Peña Nieto como “primer priista”, así como a los gobernadores que intentan adueñarse del Comité Ejecutivo Nacional (CEN).

Hablan de retomar “con nuevos bríos la exigencia de los cambios al interior del PRI”; proponen la reconstrucción del partido mediante la elección de una nueva dirigencia en una consulta abierta, además de la realización de una Asamblea Nacional que revoque los acuerdos de la anterior, en la cual se modificaron los estatutos para permitir la postulación de candidatos externos, como José Antonio Meade.

Autocrítica y propuestas

Los integrantes de Democracia Interna (DI), quienes se opusieron a la candidatura presidencial de Meade, criticaron desde el año pasado la intervención de Peña Nieto. Y ahora, en su carta pública difundida una semana antes de los comicios, reiteran:

“Está claro que el PRI, en años recientes, perdió el rumbo, por eso es necesario que la primer tarea de la asamblea sea un ejercicio de reflexión serio, de autocrítica sincera, sobre lo que hemos hecho y lo que dejamos de hacer en el partido y lo que se ha hecho desde el gobierno.”

Añaden: “La Asamblea deberá inspirarse en el ánimo democratizador de una militancia que se sintió traicionada por decisiones tomadas en las últimas dos asambleas en las que se redujeron los órganos auxiliares del partido y se retiraron los candados para la candidatura presidencial. Nos pronunciamos desde ahora por revertir los acuerdos que dieron paso a candidatos externos pero que les cerraron el paso a los militantes del partido”.

Según el grupo que lidera Ruiz Ortiz, a partir de esa revisión deben determinarse las responsabilidades que tendrá que asumir cada militante, empezando por el “primer priista”, sus colaboradores y los gobernadores de la “generación de la vergüenza”, pues ellos, afirma, son los responsables del 80% de rechazo ciudadano al PRI y al gobierno de Peña Nieto.

Además de estas causas, abunda, el rechazo social se debe a un deficiente combate a la corrupción, al fracaso de la pésima estrategia contra la inseguridad y a la instrumentación de políticas públicas que no pudieron disminuir la pobreza.

Democracia Interna propone que un grupo de expresidentes del PRI forme una comisión cuya tarea consista en preparar la convocatoria para elegir, mediante consulta a los militantes y simpatizantes del partido, al nuevo dirigente nacional. Señala que ellos deberán presentarla al presidente del CEN y al Consejo Político Nacional para su aprobación y encargarse también de vigilar el proceso para evitar los “dados cargados”.

“Los priistas no permitiremos que los iluminados de siempre intenten delinear un ‘perfil’ de quién debería ser el próximo presidente del PRI. No, que sea la militancia la que vote entre los priistas que decidan competir por ella. Lo rei­teramos, vamos a exigir que se abra la convocatoria a todo aquel que quiera ser dirigente del partido y que cumpla con las disposiciones estatutarias para que participe en la más amplia consulta”, sostienen los 397 firmantes de la carta pública.

Los integrantes de DI insisten en que ya no desean más un PRI donde algunos militantes que buscan quedarse con el partido se reúnan para definir su destino; tampoco quieren que se reúnan los sectores y organizaciones para ir a Los Pinos a pedir línea sobre quién debe ser el próximo dirigente nacional.

“No queremos más que los coordinadores parlamentarios definan el destino de la dirigencia nacional, queremos un partido en el que, todos ellos, tengan el espacio para participar, como un militante más, en las tareas que implica la reconstrucción de nuestra organización política. Démosle ya las gracias a las vacas sagradas que estuvieron en la dirigencia, a las que sirvieron a otros gobiernos, algunos de manera pusilánime, de manera servil, de manera oficiosa, como una oposición totalmente domesticada cuando fuimos oposición. El nuevo Comité Ejecutivo Nacional deberá convocar a una Asamblea Nacional que tenga como objetivo central la reconstrucción del PRI.”

Más aún, consideran que “hay que acotar a tantos personajes que sólo le han hecho daño al partido y que sólo se han beneficiado de él y que han decidido y han medrado con las posiciones de elección popular y con los cargos de dirigencia, incluso con los cargos en el gobierno”.

Retos poselectorales

En una entrevista previa a la publicación de la carta de DI, Ruiz Ortiz expuso que el PRI debe aprovechar esta oportunidad de crisis para cambiar, reconstruirse a fondo, pero, sobre todo, modernizarse en el actual mundo globalizado; en suma, dijo, debe retomar las causas sociales, como el combate a la pobreza, a la corrupción y a la inseguridad.

El exgobernador de Oaxaca abundó: “Queremos que se lance la convocatoria para la nueva dirigencia, que se inscriban los que creen puedan dirigir al partido y que sea la militancia la que delinee quién va a ser el dirigente del partido, y que no estemos quebrándonos la cabeza para elegir a quien tiene menos negativos y volver a la misma práctica de imponer a la dirigencia del partido”.

Según Ruiz, su partido y los militantes tienen ahora una enorme oportunidad de cambio: “Hace tres o cuatro años el PRI ganaba elecciones y hoy tenemos un 80% de rechazo debido a la política pública del gobierno federal, a las políticas que no funcionaron, a los excesos y señalamientos de casos de corrupción, como la estafa maestra, Odebrecht y el socavón (en Morelos) que tiene que investigarse a fondo”.

Y se deslindó de Peña Nieto, a cuyo gobierno atribuye el enojo social contra el PRI:

“Nosotros no aceptamos esas responsabilidades. Nosotros creemos que hay priismo en todas las regiones del país y que es honesto, responsable, y que a partir del 2 de julio tiene la enorme oportunidad de derrumbar mitos que ya no funcionan, de quitar vacas sagradas que no cumplieron con el objetivo y que tiene hoy al PRI con ese 80%.”

El desastre

En 2012, cuando Peña Nieto ganó la elección presidencial, obtuvo 19 millones 226 mil 784 votos (38.21%) y se convirtió en el candidato más votado en la historia del PRI.

Seis años después, el candidato Meade terminó su campaña en el tercer lugar con un promedio de 17 puntos, que representan aproximadamente más de 10 millones de votos. Es decir, un tercio de los votos obtenidos hace seis años y apenas 3 millones más de los que consiguió Roberto Madrazo en los comicios de 2006 –9.3 millones–, cuando quedó en tercer lugar.

Cuando Peña Nieto inició su gestión, el PRI tenía 212 diputados y era la primera fuerza política en el Congreso; ahora, según los cálculos de los propios priistas, apenas tendrán 100 legisladores en San Lázaro.

La debacle también se observa en las gubernaturas. En 2012, el PRI gobernaba en 21 entidades (hoy sólo tiene 15, el PAN 12 y el PRD cuatro, mientras que Nuevo León es encabezada por un independiente).

Los escándalos de corrupción, el fracaso de la estrategia para combatir el crimen organizado, los aumentos en los precios de la gasolina y el gas, entre otros factores, impactaron en el entorno político electoral.

El PRI terminó perdiendo entidades clave, como Chihuahua, Veracruz, Tamaulipas, Durango, Nayarit y Quintana Roo. Ahora sólo mantiene cinco estados que nunca ha gobernado la oposición: Hidalgo, Colima, Campeche, Estado de México y Coahuila.

Ivonne Ortega, exgobernadora de Yucatán, estima que hasta hace un año el PRI había perdido 4 millones 700 mil votos en las 25 elecciones a gobernador efectuadas durante la administración peñanietista.

En los controvertidos comicios mexiquenses de 2017, el candidato priista Alfredo del Mazo ganó con poco más de 2 millones de votos, mientras que su predecesor Eruviel Ávila triunfó con más de 3 millones. En otras palabras, en la tierra de Peña Nieto el PRI perdió 1 millón de votos en seis años.