Responsabilidad

Finalmente ha llegado el día de la elección, del conteo de votos, de los resultados preliminares y de conocer el nombre del presidente electo. Escribo unos días antes del 1 de julio para reflexionar acerca del proceso comicial y de lo que sigue, con respeto a la decisión del voto libre y secreto de los ciudadanos.

Ante todo, esta elección ha sido la expresión del repudio al gobierno del mandatario en funciones. Sea cual fuere el resultado de los comicios, estoy convencido de que el candidato favorecido con el voto mayoritario para ocupar la primera magistratura del país desempeñará con mayor honradez, capacidad y patriotismo la inmensa responsabilidad de gobernar México. Así se lo exigiremos los ciudadanos.

Sufragar es el acto estelar de la democracia. Además de un derecho y una obligación es un privilegio y una responsabilidad. Mediante el voto expresamos la convicción de que la democracia importa y de que la transferencia pacífica del poder es la manera más civilizada de escoger a quienes habrán de gobernarnos. Es la oportunidad de manifestar nuestra aprobación o condena a los servidores públicos que se van, así como de mostrar el apoyo a quienes pensamos que conducirán mejor el destino de la nación.

Votar significa dar un voto de confianza, depositar en un grupo de individuos la esperanza de que utilizarán los recursos del erario en beneficio de los gobernados, no de sí mismos. Esa responsabilidad ha sido traicionada a lo largo de la historia patria, en agravio de un pueblo estoico que cada seis años renueva una esperanza vapuleada por el latrocinio, ineptitud, y cinismo de los sátrapas que han abusado del poder conferido por las urnas.

El presidente en turno ha sido el más corrupto, incapaz y antidemocrático del pasado reciente. Lejos de remediar las mayores preocupaciones de la sociedad, lo cierto es que la corrupción e impunidad, así como la inseguridad y la violencia, aumentaron a niveles sin precedente, para desgracia de los todos los mexicanos.

Desde la forma en que llegó al poder hasta su intromisión en el actual proceso electoral, el mandatario ha traicionado de manera sistemática los principios de la democracia. Para llegar al poder violó la Constitución y para despedirse de él utilizó de manera facciosa las instituciones del Estado con la intención de anular al candidato de la coalición Por México al Frente. Dicha conjura contra la democracia no logró impulsar al representante de su partido sino que favoreció al candidato de la coalición Juntos Haremos Historia. (Al menos en las encuestas. Ignoro las tropelías que pudieran haberse cometido a partir de la jornada electoral.)

El presidente en funciones ha sido también un represor de la libertad de expresión. Ha censurado de modo artero a periodistas críticos de su gobierno, además de haber comprado voluntades de medios e informadores con recursos públicos.

Asimismo, manipuló las instituciones del Estado para protegerse de eventuales medidas derivadas de los actos de corrupción e impunidad ejercidos por él y sus secuaces, así como de los atropellos a los derechos humanos cometidos durante su gobierno. Todos esos abusos y delitos no pueden quedar impunes.

Quien resulte ganador de las elecciones habrá de convertirse el 1 de diciembre en el “Supremo Poder Ejecutivo de la Unión”, como se denomina al Presidente en el artículo 80 de la Constitución, situándolo por encima de los poderes Legislativo y Judicial. Por ello, el constitucionalista Diego Valadés considera que México es una “monarquía presidencial” –la más arcaica de cuantas existen–, no una “república en serio”.

En consecuencia, la principal obligación de quien obtenga el mandato popular en las urnas será no abusar del “supremo poder” que le otorga la Carta Magna, sino utilizarlo con prudencia –máxima virtud del estadista–, respetando los valores de la democracia representativa. Sólo así se podrá ejercer un buen gobierno y combatir la corrupción con eficacia, evitando los excesos y la soberbia de quienes se sienten todopoderosos. Sólo así se evitará caer en la megalomanía y la vesania del poder.

Por fin ha terminado el bombardeo de publicidad política enajenante y estéril, el intercambio de insultos y acusaciones, el duelo de simulaciones y ocurrencias, así como el torrente de promesas vanas o disparatadas.

Quienquiera que sea el futuro presidente de México tendrá que dejar atrás los engaños de la propaganda para enfrentar con seriedad y rigor la compleja realidad del país. Acaso su primer reto sea suavizar la polarización mediante un esfuerzo de reconciliación nacional basado en el compromiso sincero de gobernar para todos los mexicanos, no sólo para sus correligionarios.

Siguiendo las enseñanzas de Max Weber, deberá guiarse por la ética de responsabilidad, controlando su idiosincrasia y eludiendo la cerrazón mediante la apertura a las demandas plurales, propias de una sociedad diversa y desigual como la mexicana. Habrá de estar dispuesto a escuchar a la ciudadanía y a sus críticos, no sólo a los aduladores que proliferarán como bacterias. Saber rectificar. Autocrítica, no autocomplacencia.

Deberá ponderar posiciones contrarias en busca de una posible conciliación y optar por la solución que más beneficie el interés general, evitando la imposición a través del diálogo y la argumentación. Tolerancia. Cancelar la arbitrariedad sujetándose al estricto cumplimiento de la ley a fin de construir un auténtico Estado de derecho. Fortalecer las instituciones y evitar el voluntarismo, propio de los caudillos. Asegurar los derechos universales a servicios de salud y educación de calidad. Garantizar la autonomía de la Fiscalía General de la República y del Banco de México.

Desafío mayor será lograr conciliar el combate a la pobreza y la desigualdad con finanzas públicas sanas para lograr el crecimiento económico con inclusión. En caso de que el vencedor resultara ser el puntero en las encuestas, deberá transitar del luchador social al verdadero hombre de Estado (o de nación, como él ofreció serlo). Y siempre tener en mente la máxima de Víctor Hugo, la guía más concisa del buen gobierno: Todo poder es deber.