Vecindario “in” A Luis y Gabriel Mercader, feligreses combativos de la buena música.

Hacia el suroeste de la Ciudad de México se localiza la colonia Guadalupe Inn, cuya toponimia está dedicada a supuestos compositores mexicanos. Con inmejorable voluntad, Estro armónico se alió a INRA (empresa pionera en mediciones de audiencia) para realizar una investigación sociocultural que midiera el conocimiento de los colonos sobre los músicos cuyos nombres ostentan sus calles y por los que se presumiría que hubieron de sentir curiosidad por saber algo de ellos.

Previsibles aunque no exentos de esperanza, los datos aportados sirvieron de fundamento para elaborar una propuesta que debió plantearse ante el titular de la delegación Álvaro Obregón –entidad administrativa que rige a la colonia–, a quien se le solicitó audiencia. Se pensó que los resultados obtenidos serían de su interés, así como de su incumbencia darles curso a aquellas acciones específicas derivadas de las peticiones de los interpelados. Transcurridos dos meses, no ha habido respuesta del delegado ni de sus colaboradores. ¿Es de extrañar? ¿Podría atribuirse su desdén a una conjura estatal para forzar a los ciudadanos a escuchar la chatarra acústica que, además de generar ganancias millonarias, parece ser de predilección gubernamental?…

Mas no es tiempo de recriminaciones, sino de bosquejar un retrato de la colectividad aludida y de la zona urbana que habita. Haciéndolo podrá encuadrarse con mayor claridad el alcance de la encuesta. En predios que otrora pertenecieron a la Hacienda de Guadalupe, propiedad de José de Teresa, cuñado de Porfirio Díaz, surgió a mediados de los pasados años cincuenta el asentamiento vecinal que nos ocupa. Los terrenos, de “exuberante y magnífica naturaleza” que recordaba Payno en su Viaje sentimental a San Ángel, se fraccionaron y la colonia agregó el Inn, de posada, para estar en sintonía con la adquisición que hizo en 1906 la San Ángel Land Company de la aledaña Hacienda Goicochea –hoy sede del restaurante San Ángel Inn– de la que pretendió hacer una lujosa hostería.

Es de precisar que la nomenclatura original recayó en compositores “serios”, es decir, en Bach, Mozart y otros europeos, pero, por un afán esquizoide de la autoridad delegacional, fueron sustituidos a finales de los sesenta por compositores nacionales, que no fueron todos ni compositores ni tampoco mexicanos. La encuesta reveló que sobrevino una soterrada protesta por el “desclasamiento” que trajeron aparejados los nombres de tanto “pelado” o músico “menor”. Para el colono promedio era más fácil alardear que residía en Beethoven esquina con Wagner, en lugar de Rosas y Lerdo. Verificable aquí el adagio de saber dónde vives para saber quién eres. Téngase presente que en la colonia se yergue la Nunciatura Apostólica y que el electorado vecinal es de neta filiación panista.

Veamos ahora la configuración geográfica con sus peculiaridades. En su demarcación aparecen las avenidas Altavista, al sur, y Barranca del Muerto, al norte, cerrándose el perímetro con Revolución e Insurgentes. Un total de 21 calles con una plaza conforman el entramado habitable. La arteria principal se llama Manuel M. Ponce y con respecto a esta designación no hubo duda. Para un sentir colectivo, es el músico con más méritos del gremio, empero no todos coincidieron. Carlos Chávez lo tildó de “autor de obras de género chico con gusto anacrónico”. Curiosamente, el nombre del cacique musical de México no figura entre los 21 elegidos. ¿Afrenta casual o justicia deliberada?… En orden de importancia, la selección del músico a quien se dedicara la plaza vendría después, y aquí empiezan las anomalías: hasta donde pudo averiguarse, se eligió a un compositor de zarzuelas nacido en España y muerto en México, mentado Quinito Valverde. ¿No se trataba de reivindicar a los nativos? Asimismo, se le concedió derecho de letrero al catalán Nunó, quien vino a hacer fortuna por invitación de Santa Anna, y quien, una vez iniciadas las revueltas, huyó a la Unión Americana aterrorizado por la barbarie nacional. Tocante a las calles de menor valía –por su longitud y transitabilidad–, éstas se adjudicaron a Manuel Castro Padilla y Silvestre Revueltas. Quizás el caso del analfabeto filarmónico Castro Padilla podría entenderse, pues destacó como autor de Revistas Musicales y plagiario consumado, pero resulta inadmisible el sobajamiento reservado a Revueltas. Cuestionemos: Si se mezcló a compositores de música de concierto con músicos “líricos”, ¿por qué se dejó fuera a Agustín Lara? ¿Por qué se incluyó al pianista Pedro Luis Ogazón, que nunca se dedicó a componer? ¿Era acaso amigo del delegado?…

Procedamos, pues, al corpus de la encuesta. Fueron abordados 160 sujetos de ambos sexos (68% de hombres y 32% de mujeres), cuyas edades oscilaron entre adolescentes y adultos mayores. El cuestionario constó de ocho preguntas, definiéndose el perfil con las primeras dos: ¿Sabe quién fue Juventino Rosas o Manuel M. Ponce? Y, ¿sabe quién fue el compositor de su calle? De las respuestas a la primera, 60.1% documentó su ignorancia, con 39.9% que contestó afirmativamente, aunque sus respuestas se limitaron a decir que había sido, meramente, compositor. Sobre la segunda, las respuestas fueron más decepcionantes aún: 71.5% dijo que no sabía nada del músico, y el porcentaje restante, que lo conocía nomás de nombre.

Con las preguntas 3 y 4 se abrió una espiral de luz: ¿Cree usted que sea importante conocer la obra de los compositores mexicanos? Y: ¿Le gustaría escuchar la música de estos grandes maestros? A la tres, 95.1% fue categórico en el sí y se registró 0% de indiferencia, mientras que con la cuatro un alentador 89.6% se pronunció por el sí, otro 6.9% por el no y hubo 3.4% de indiferentes. Las preguntas 5 y 6 versaron sobre la disponibilidad para adquirir un disco compacto con obras de los compositores referidos y sobre la cantidad monetaria que se estaría dispuesto a desembolsar por él, por lo que podemos abreviar los resultados: la mayoría se mostró a favor, pese a que una tercera parte fijó un tope ideal de 50 pesos por fonograma, otro 29% manifestó pretenderlo gratis y el resto no supo qué responder.

Una veta de optimismo se vislumbró con las preguntas 7 y 8: ¿Por qué cree usted que este tipo de música se escuche cada vez menos? Y: ¿Tendría alguna sugerencia para revertir la situación? A la séptima concurrieron respuestas que variaron desde la precariedad educativa y la infiltración de basura extranjera hasta la pésima difusión ejercida por las instancias gobernativas. Con la octava se magnificó el interés por lo propio: 48% sugirió políticas más coherentes de los medios de comunicación masiva y 11% se manifestó por una verdadera enseñanza musical en las aulas. Los demás, preocupados por su propio entorno, arremetieron con lo inmediato: hacer conciertos dominicales en el kiosco de la plaza Valverde con obra exclusiva de los autores de la colonia, así como transmitirla ininterrumpidamente por bocinas; adjuntar semblanzas de los compositores junto a sus letreros; suscribir entre los colonos la realización y venta de grabaciones con música inédita, y muchas propuestas más, largas de enumerar, de las cuales, se insiste, habría que dar parte al inefable delegado.

A manera de coda se transcribe una encuesta realizada a un residente de la avenida principal.

¿Sabe quién fue el compositor de su calle? Atildado y a punto de abordar su carro del año, respondió:

Sí, un pinche poeta, ¿no?

Anuladas las preguntas siguientes, se le demandó, para rematar, si tendría interés en conocer algo de la esplendorosa música de Ponce:

“En realidad, no. Yo oigo música americana…”