Atisbos vocacionales

Quito, República del Ecuador (julio de 1944). El mundo descorre los telones del teatro más macabro de la historia y la música sobrevive, aunque no todos sus feligreses hayan quedado incólumes. El prominente violinista judío Henryk Szeryng escapa de una Europa en perenne autodestrucción y llega a América para preservar la propia vida, junto a la de 4 mil sobrevivientes a los que México les abre la puerta, concediéndoles el raro privilegio de no saberse perseguidos. La gratitud emanada por el asilo será fuente inagotable de motivación para el violinista, que recorre el continente en aras de transmitir el mensaje de belleza que hermana a los espíritus y que aplaca a la bestia que el ser humano lleva consigo.

Su violín canta con más euforia que nunca y su arco lanza flechas incandescentes al espacio sonoro de nuevas latitudes. Sus conciertos para la ciudadanía quiteña abren círculos inmensos de los que, como las ondas concéntricas del agua al recibir el impacto de una piedra, persistirán ecos durante muchas décadas por delante.

Entre los asistentes a sus conciertos se encuentra otro violinista con ansias de ponerle alas a su vocación. Este muchacho, de piel morena y rasgos indígenas, cuenta con 18 años de edad y sabe que el autoexilio está emparentado con la superación musical que pretende para sí mismo. Buenos Aires tiene mejores andamiajes culturales que su patria y parecería ser la solución más a su alcance, pero el vibrato de roble y la afinación inmaculada del virtuoso polaco le cambian el destino para siempre.

El joven se llama Enrique Espín Yépez y se convertirá en uno de los promotores de la “Escuela Mexicana del Violín” que, en unos años, tratará de consolidar el afamado maestro Szeryng. Difícil de predecir para este último, que el asedio de ese muchacho ecuatoriano gestaría tantos acontecimientos para ambos: una larga convivencia en la Ciudad de México, la herencia de una genealogía musical y el traspaso, 30 años después, del violín Ceruti construido en Cremona en 1801, con el que había hecho su debut profesional en enero de 1933.

Aquel primer concierto con la Filarmónica de Varsovia había estado preñado de augurios, por lo que es necesario abrir un paréntesis para recordar que ese año coincide con el surgimiento de la doctrina nazi que clava su aguijón venenoso sobre el pueblo germánico y que a los judíos se les reserva el acceso al círculo infernal del aniquilamiento de su raza. El insigne pedagogo Carl Flesch –igualmente judío y maestro de Henryk– había decidido que el concierto para el debut de su alumno fuera el de Johannes Brahms, pues en ese año se celebraba también el centenario del natalicio del compositor hamburgués y podía ser una cachetada sonora para la prepotencia del totalitarismo alemán: ¿cómo un “insignificante” judío podría apoderarse del espíritu brahmsiano e interpretar ese concierto como un titán?

Como epílogo de esa época infausta y recuento de daños, es de mencionar que Flesch es arrestado por la Gestapo y que logra salvar la vida gracias a la mediación de Furtwängler (director de la Filarmónica de Berlín), que el padre de Szeryng perece en el ghetto de Varsovia, que los bombardeos destrozan las composiciones que escribió en París y que su existencia se ligaría para siempre con el Concierto op. 77 de Brahms (soñaría con morir tocando esa obra hercúlea y de índole cósmica).

Volviendo al centro del mundo en 1944, quiere la historia que la visita del célebre polaco sea simultánea a los levantamientos civiles para derrocar al dictador en turno –un tal Carlos Arroyo del Río (1863-1969)–, dándose para él un cautiverio forzado. Así, tiene que permanecer ahí varias semanas, formalizándose el ofrecimiento para impartirle lecciones en México a su tocayo ecuatoriano.

Con el devenir del tiempo, Szeryng se transforma en un violinista especialmente admirado por su infalibilidad musical y memoria sobrehumana. Asimismo, gana en varias ocasiones el Gran Prix du Disque, viaja con pasaporte diplomático mexicano y es dueño de valiosos instrumentos (el Stradivarius “Hércules” de 1734 que regala a Israel, un Andreas Guarnerius que dona a México y el Guarnerius del Gesú “Leduc” de 1743), y de residencias en Montecarlo, y en San Ángel en la CDMX. Por si fuera poco, su privilegiado oído le permite dominar nueve idiomas, los mismos que practicaría incesantemente durante sus 150 conciertos anuales alrededor del orbe.

Por otro lado, la vida de Espín Yépez caminaría por senderos acotados por Szeryng, quien fungió como su preceptor existencial. Abandona su tierra natal para establecerse en México en 1946 y sus sueños violinísticos evolucionan hacia la pedagogía y la creación musical. Recibe clases de Manuel M. Ponce (1882-1948) y de Rodolfo Halffter (1900-1987). Estudia brevemente en Alemania bajo la guía de Rudolf Petzold (1908-1991), aunque no logra dedicar toda su energía a la composición. Las melodías que anidaban en su interior debían esperar a que las jornadas como maestro del Conservatorio Nacional concluyeran y que las exigencias de la vida familiar estuvieran sosegadas, y esa espera, a menudo, era infructuosa. Sus problemas de alcoholismo tampoco jugaron a su favor.

La gran paradoja es que Enrique Espín Yépez siempre quiso emular a Henryk Szeryng, dejando en los márgenes del azar su talento­ para componer, y que nadie es emulable, ¿Dónde se origina la escisión vocacional que impide oír con claridad los llamados interiores? ¿Dónde radica la convicción para entregar la vida a un ideal que se antoja inalcanzable? La respuesta tiene perfil de quimera. Lo cierto­ es que ambos se ganan la inmortalidad, uno con sus grabaciones y el otro con su obra, que empieza ahora, decantado el pasado, su lento proceso de afirmación.

Espín Yépez fue un compositor de innegables dotes, que incorporó en sus partituras el alma de su patria de una manera coherente con los movimientos nacionalistas. Dejó una Rapsodia Ecuatoriana para piano y orquesta como reflejo de su aprendizaje con Manuel M. Ponce, una Suite para cuerdas “Del Yaraví”,1 pasillos ecuatorianos e innumerables canciones. Es lamentable que su música no esté editada y que todavía no se difunda como merecería. Sería un venero de deleite para melómanos…

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Quito, República del Ecuador (actualidad).- En honor a la verdad, hay que asentar que el INBA y la SRE conceden su apoyo para patrocinar la gira de un grupo de cuerdas mexicano, el Alauda Ensemble, al Ecuador. Ese viaje tiene como eje la difusión de la obra de Espín Yépez, así como el estreno de música mexicana desconocida en ese país. Los foros a los que accede el Ensemble proporcionan la satisfacción de suscitar los mejores sentimientos de los ecuatorianos al descubrir que su música está a la altura de la de cualquier compositor, sin importar su procedencia. La gira es motivada por la grabación de obras de Espín Yépez que realiza el Ensemble­ en 1999.

Habría de subrayarse que las duras condiciones existenciales por las que sigue atravesando el país andino son consecuencia del vasallaje hacia los intereses de minorías y no de la extinción de sus canteras humanas, que siguen llenas de soñadores y ciudadanos afables. El mejor antídoto contra los embates de la globalización es la aspiración a que nuestras naciones se conviertan en las potencias culturales que llevan implícitas en su historia –Exégesis de una frase del ecuatoriano Benjamín Carreón (1897-1979)–. Nuestra música es prueba de ello, mas habría que escucharla sin prejuicios.

El Ceruti de 1801 regresa a Quito en esta ocasión sobre el hombro del redactor de esta columna, cerrando ese círculo y bosquejando la apertura de otros más, insólitos, como la naturaleza humana: al final de un concierto, un joven militar se acerca con lágrimas en los ojos diciendo que desde niño había sentido fascinación por la música y que su mayor sueño era aprender a tocar el violín. Titubeante, interpela –“¿no será demasiado tarde para mí?, ¿me permitiría sostener, aunque fuera por un segundo, ese violín tan ilustre?, ¿cree que la música me ayudaría a convertirme en mejor persona?”.

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Colofón. El violín citado pasa a las manos del mismo redactor en 1989 pero, para sorpresa de todos, resulta apócrifo…. El inolvidable Henryk Szeryng muere en 1988, horas después de haber interpretado con su infalibilidad consabida el concierto de Brahms. Espín Yépez no alcanza a escuchar todos los aplausos que su música genera en el inconsciente colectivo, ya que fallece en 1997. La “Escuela Mexicana del Violín” sigue dando tumbos para reconocerse como tal, a pesar de empeños reiterados y de la incorporación de distinguidos profesores de diversas nacionalidades­… 

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1 Se recomienda su audición.
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