“Lucky”

El rostro del eterno vaquero Harry Dean Stanton aparece casi en cada toma, excepto en las secuencias que abren y cierran la película con el presidente Roosevelt, como se llama la tortuga, mascota del taciturno héroe de 90 años; efigie de longevidad, el animalito es todo un estuche de metáforas con las que John Caroll Lynch celebra al carismático actor, fallecido un par de semanas antes del estreno de Lucky (EU, 2017).

Lucky comienza sus rutinas por la mañana, estiramientos de yoga, primer cigarrillo del día y leche, el único alimento que acumula en su refrigerador; de ahí al café del pueblo, conversaciones con los amigos de siempre. La repetición de gestos se interrumpe cuando, después de una caída, el médico le advierte a este hombre imperturbable que padece una enfermedad mortal: la vejez.

Sorprende el estilo austero con el que John Caroll Lynch, también actor (Fargo), construye este monumento a la persona del protagonista de Paris, Texas, o actor secundario, pero fundamental, en la obra de David Lynch, donde salía como conejo del sombrero del mago de Twin Peaks; amigo en la película y en la vida real, aquí Lynch aparece como defensor de animales.

La premisa de Caroll Lynch y sus guionistas puede leerse de dos maneras: historia de un hombre frente a la muerte, anciano solitario, descreído, longevo como la tortuga a la que quiere dejar protegida; la otra lectura es quizá más oscura de tan evidente: Harry Dean Stanton es Lucky, un hombre afortunado. Paradoja la de un actor que llenó de alma a sus personajes, de rostro que reflejaba el paisaje y el vuelo del águila en el desierto, y que no creyera en el alma.

Lucky entrecruza la biografía de Stanton con la de su personaje; el guion propone una clase magistral sobre el tema del referente, de la realidad y la ficción. Uno y otro fueron veteranos de guerra: los rostros de conocidos actores, pequeños papeles, corresponden a amigos de la vida real y compañeros de trabajo en varias de sus 150 películas. Lucky canta en español, como Stanton, ‘volver, volver’, y además toca la armónica; lo que separa al Lucky, personaje de la película, del hombre real es la muerte; lo que los une es la ficción.

Ya existía un buen documental sobre su vida, Harry Dean Stanton: Partly Fiction (2012). La ventaja de Lucky es que, además de ser su último trabajo, el actor se despide con una espléndida actuación, y a la vez enfrenta su mortalidad, no como celebridad, sino como hombre de carne y hueso. Parafraseando a Sam Shepard, autor del guion de Paris, Texas, el rostro de Stanton cuenta muchas historias nada más con aparecer en la pantalla, ahí donde Wim Wenders (1984) exploró ese mapa de arrugas cuando escenificó el mejor monólogo del cine americano.

Y la pregunta se impone para quien no conozca al actor: ¿Se sostiene por sí misma esta cinta? Lucky es una historia bien escrita y mejor dirigida que ofrece una mirada humana, nunca abusiva ni condescendiente, sobre la vejez y el misterio de la muerte.