Alemania, el campeón venía enfermo y nadie lo notó

Cuatro años duró el sueño de la Mannschaft, no más de lo que disfrutaron recientes campeones del mundo. Al igual que ocurrió con los franceses, italianos y españoles, los imprecados teutones –sorprendente e históricamente– también fueron echados del Mundial desde la fase de grupos. Ahora, desconsolados, los alemanes se revuelven en busca de las causas del desastre de una selección nacional rota, de un equipo que lució frío, lento y débil en territorio ruso. Si bien el balompié alemán tiene mucho que agradecerle al entrenador Joachim Löw, su futuro y el del resto del plantel está en el aire.

BERLÍN.– Sobre los cristales del autobús oficial que transportó a los integrantes de la selección alemana de futbol, durante su breve estancia en Rusia, se leía el triunfal mensaje: “Escribamos juntos la historia”. Y, efectivamente, la selección alemana hizo historia, pero en sentido contrario de lo deseado. Desde que se tiene memoria, ningún equipo teutón había quedado fuera durante la primera ronda del Mundial. Menos aún siendo el campeón.

Con su mala actuación que le valió la eliminación de Rusia 2018, Alemania se unió así a lo que ahora pareciera ya una maldición o mala tradición de recientes campeones que caen durante la fase de grupos del torneo en el que buscan defender su corona: a los franceses les ocurrió en Japón/Corea del Sur 2002 al ser los últimos de su grupo y no pasar a octavos de final; lo mismo sucedió con Italia en Sudáfrica 2010, cuando sus intenciones de refrendar el título se truncaron al ocupar también el último lugar de su grupo; le siguió España en el Mundial de Brasil 2014, que tampoco alcanzó la siguiente ronda. Y ahora, los alemanes.

La eliminación fue un shock para la nación entera, que apostaba a que su querida Mannschaft daría todo para lograr la hazaña hasta ahora nunca alcanzada, la de refrendar el título mundial o, cuando menos, intentarlo decentemente.

Tras el trago amargo del 27 de junio último, los alemanes ahora comienzan a procesar la eliminación y a buscar las respuestas a lo inexplicable para ellos. Tanto los medios de comunicación como aficionados han sido inclementes con su escuadra. Hay quien atribuye el fracaso de la selección a la arrogancia. Otros apuntan al cansancio y a la falta de ambición del conjunto. Algunos más, a las diferencias internas entre los jugadores. Lo cierto es que se trata de una combinación de todo.

De entrada, lo que a simple vista explica la debacle tiene que ver con errores y debilidades en el rendimiento de los jugadores. La participación de estrellas veteranas, como Thomas Müller, Toni Kroos y Sami Khedira dejó mucho que desear. Decisiones radicales del entrenador, Joachim Löw, como los cambios que dejaron vulnerable la defensiva reforzando en exceso la ofensiva, tampoco fueron acertadas a la larga. El dinamismo y la rapidez, características del grupo, se diluyeron.

“Al equipo alemán le faltó, a menudo, velocidad y profundidad. Su toque se percibió siempre lento y conservador, y su juego no tuvo la disposición al riesgo. Fue carente de ideas y poder”, resumió en un análisis el diario Tagesspiegel.

En una especie de mea culpa, los propios jugadores y el entrenador reconocieron su incapacidad.

“En los tres partidos dimos una mala imagen. Fuimos muy lentos y no logramos hacer daño al contrincante. Todo fue muy letárgico”, señaló el capitán de la selección, el portero Manuel Neuer.

“Es vergonzoso haber jugado así siendo campeones del mundo. Es vergonzoso haber sido eliminados en último lugar en este grupo, con estas selecciones y con el esfuerzo que ello requería”, atinó por su parte el aún campeón Thomas Müller.

“Hay que decir muy claro que hemos sido una decepción en este torneo y, por ello, estamos realmente tristes. La selección no demostró lo que normalmente puede hacer, y como entrenador asumo la total responsabilidad de ello. No nos hemos ganado el seguir en el torneo”, afirmó por su parte Löw.

Pero el defensa Mats Hummels fue más allá de la autocrítica: reconoció que el último juego contundente que la Mannschaft había dado a la afición se remonta al otoño del año pasado.

Debacle anticipada

Cuando la prensa alemana acusa de arrogante y ególatra a su selección se refiere a la aparente confianza excesiva con la que Löw y sus jugadores llegaron a Rusia 2018.

Meses antes, a finales de 2017, los focos rojos se encendieron, pero fueron ignorados. Si bien el equipo logró una impecable calificación al Mundial, ganando los 10 partidos requeridos y, además de ello, conquistando en julio del año pasado la Copa Confederaciones de Rusia, los últimos seis juegos de la selección alemana antes del torneo fueron poco halagüeños.

El año 2017 lo cerró con dos empates que no pronosticaban nada bueno. Una igualada sin goles ante Inglaterra y a dos contra Francia. El comienzo de 2018 no fue mejor. Otro empate (a un gol) contra España y una dolorosa derrota (0-1) ante Brasil.

A un mes de dar inicio la justa mundialista, los alemanes tampoco lograron vencer a Austria, el 2 de junio, en un amistoso que terminó 2-1; el 8 de junio cerraron los juegos preparatorios rumbo a Rusia con un mediocre triunfo 2-1 sobre Arabia Saudita.

Cuestionado por la prensa que –nerviosa– veía cómo el equipo de ensueño no daba muestras de su fortaleza, Joachim Löw se limitó a repetir una y otra vez que el rendimiento de sus jugadores estaría ahí, una vez iniciado el torneo. “Estaremos listos”, insistía.

Pero no fue así. “No lo logramos. Estábamos convencidos que todo iría bien cuando el torneo comenzara, pero no fue así”, aceptó tras la derrota frente a Corea del Sur.

Faltó integración

En el recuento de los daños afloran recriminaciones contra Löw que, hasta antes de la eliminación, habían sido mencionadas, pero sólo en voz baja. Por ejemplo, las diferencias entre jugadores veteranos –muchos de ellos, base de la plantilla campeona de Brasil 2014– con la nueva y joven generación campeona de la Copa Confederaciones 2017 y la incapacidad o desgano del entrenador para limarlas y amalgamar a un equipo de verdad.

“Ya desde la etapa de preparación había problemas y malos juegos. Sport Bild informó durante el torneo sobre la creación de grupitos, y en tres juegos amistosos en los que estuvimos presentes pudimos confirmar esa división en el equipo. La selección no tuvo unidad ni mostró pasión”, condenó el diario Bild.

En el mismo sentido, aunque menos duro, otro periódico, el Tagesspiegel, coincidía en parte: “Joachim Löw no logró volver a conformar un equipo que fuera un todo. Los alemanes mostraron en Rusia debilidades poco habituales y se vieron desbordados y lentos”.

Y es que, como nunca antes en la historia de la selección alemana, el entrenador tuvo en esta ocasión a una treintena de jugadores de primer nivel a su disposición para formar al que tendría que haber sido, según los alemanes, el equipo pentacampeón mundialista.

Pero la que parecía haber sido una gran ventaja sobre el resto de las selecciones terminó siendo una desventaja ante la imposibilidad de integrarlos.

De dicha situación se desprende otra que los especialistas también consideran como causante de la debacle: la resistencia de Löw a desprenderse de los veteranos campeones, la cual impidió el empuje de los jóvenes con su futbol fresco y en su esplendor.

Una crítica generalizada en la prensa alemana apuntó a la insistente titularidad de jugadores como Sami Khedira, Mesut Özil o Thomas Müller, en quienes Löw confió demasiado y quienes, si bien fueron piezas clave en la Alemania exitosa de hace cuatro años, su rendimiento en la de 2018 dejaba qué desear. Se le acusa a Löw de haber dado prioridad a méritos pasados que al rendimiento actual de los jugadores.

La revista especializada en futbol 11 Freunde lo resume así: “En el equipo hubo perturbaciones como el debate sobre el bienestar anímico en Watutinki –sede del equipo alemán–, las supuestas tensiones en el equipo, la errática búsqueda del entrenador en la conformación del cuadro titular. Todas ellas, por separado, podrían haber sido dominadas, pero con tal concentración de problemas domésticos y presuntuosos cualquier selección habría estado rebasada. Sobre todo, en una selección que en realidad no lo era”.

El “affaire” Erdogan

Aunado a los factores de corte futbolístico, señalados como parte del fracaso alemán, se suma uno de tinte político que ha tenido más consecuencias de lo imaginado.

El 14 de mayo último, los seleccionados alemanes de origen turco Mesut Özil e Ilkay Gündogan acudieron a la sede de la embajada turca en Londres a un acto al que fueron invitados. Ahí se reunieron con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, quien se encontraba en plena campaña electoral para reelegirse este junio y con quien se dejaron fotografiar sonrientes.

Ambos jugadores obsequiaron al político camisetas de sus respectivos clubes, el Arsenal y el Manchester City. El centrocampista Gündogan escribió, incluso, una dedicatoria junto a la firma que plasmó en la playera: “Con gran respeto para mi presidente”. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), al que pertenece Erdogan, puso a circular de inmediato en las redes sociales las fotografías que habían sido tomadas de manera privada.

El encuentro y la publicación de las imágenes desató un escándalo en Alemania, donde no gustó en absoluto que seleccionados nacionales hubieran sido utilizados con fines políticos por un personaje a quien se le acusa de autoritario y con quien, además, el gobierno alemán ha mantenido relaciones tensas durante los últimos años.

Más aún, la dedicatoria de Gündogan generó tal molestia que más de un medio de comunicación sugirió su destitución de la Mannschaft. El jugador tuvo que salir a dar una explicación pública y a refrendar que comparte y representa los valores alemanes. Özil, sin embargo, ha mantenido el silencio.

El incidente causó división no sólo entre la opinión pública alemana, sino dentro de la selección. No obstante, para Joachim Löw el caso no tuvo mayor trascendencia y no exigió del jugador una declaración pública que calmara los ánimos dentro y fuera del equipo.

Ahora, tras la eliminación, también esto se considera motivo de la tragedia. “Como parte de la penosa situación que enfrentó la selección se encuentra también el poco digerido y trabajado affaire político-deportivo con el presidente Erdogan. Pues la Federación Alemana de Futbol (DFB) no fue capaz de persuadir a los jugadores para brindar una explicación creíble, convirtiendo a ambos en una carga, en vez de un aporte para el equipo”, consideró el diario Berliner Zeitung.

Futuro incierto

Aún se desconoce qué sucederá con la selección alemana y su ahora legendario entrenador. Lo que nadie refuta es que el futbol local tiene mucho que agradecerle a Löw. Le dio personalidad, carisma y, por supuesto, la calidad que durante décadas le faltó.

No obstante, hay analistas que han pedido no sólo su dimisión, sino la de un puñado de jugadores de la Mannschaft; esto no sucederá en el corto plazo. A Löw, por ejemplo, se le prolongó su contrato hasta 2022, justo antes de comenzar el Mundial. El presidente de la DFB, Reinhard Grindel, aseguró que tal decisión no se tomará de manera apresurada. Primero habrá que hacer un diagnóstico de lo sucedido y después se procederá.

Pero en lo que sí coinciden todos los involucrados es en que debe haber un cambio profundo y radical en la selección, con Jogi Löw o sin él a la cabeza. Y también en otra cosa: el fin de una generación ha llegado. Esa que logró hace cuatro años el campeonato mundial en Brasil.