Museo de San Carlos: El periplo de su colección

Ana Garduño, curadora de la muestra Evocaciones, y Carmen Gaitán, directora del Museo Nacional de San Carlos, la llaman “la colección madre”. Se refieren a este acervo que dio origen a las colecciones artísticas del Estado mexicano, presente en la exposición conmemorativa con 240 obras, de las 2 mil 20 que lo integran. Para lograrse, este impresionante conjunto ha tenido una larga historia que, no obstante sus tropiezos, ha alcanzado momentos prodigiosos. 

Hace 50 años, con el apoyo del entonces presidente Adolfo López Mateos y el impulso que dieron al coleccionismo de arte en México personajes como Franz Mayer Traumann y Alberto J. Pani, abrió sus puertas el Museo Nacional de San Carlos en el antiguo Palacio de Buenavista, obra del arquitecto valenciano Manuel Tolsá.

Con el título Evocaciones se presenta ahora una exposición que resume la historia de cómo se fue conformando la colección que apuntaló ese proyecto cultural y sentó las bases del gran acervo nacional que nutre en la actualidad otros recintos museográficos. Incluso, una de las salas de esta muestra está dedicada a Pani, quien fue secretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP) entre 1923 y 1927, y de 1932 a 1933.

“Ojalá tuviéramos más funcionarios como él”, dice la historiadora de arte Ana Garduño, estudiosa del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información (Cenidiap) de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), y curadora de la exposición.

Resultado de una investigación de más de dos años e integrada por alrededor de 240 obras, Evocaciones rinde tributo a quienes contribuyeron a integrar las colecciones del Estado mexicano:

La de San Carlos, dice la también museógrafa, es la más antigua de México. La llama “la colección madre”, el primer acervo. Se va conformando desde el periodo virreinal, a finales del siglo XVIII, cuando­ se establece la Academia de San Carlos, con el patrocinio del imperio español y con el propósito de que el arte local tuviera al arte europeo como modelo o referente iconográfico.

Pero explica la investigadora que, al mismo tiempo que tiene la función de educar a los artistas de la Nueva España, se constituye en la primera colección oficial estatal, y así sigue durante la guerra de Independencia. Aunque, como todas las instituciones culturales de la época, la Academia de San Carlos se ve afectada también por la guerra y deja de recibir financiamiento de España:

“Hay unas décadas difíciles en las que prácticamente no se incrementa el acervo. Y toda la época de esplendor de la colección, que había visto Alexander von Humboldt cuando estuvo en México a principios del XIX y visitó los salones en la calle de Academia 22 y había escrito maravillas sobre la institución, ya en los años de 1830 a 1840 muchos europeos describen en sus memorias de viaje que es una ruina y está en total decadencia.”

En esa época, agrega, no hay adquisiciones ni donaciones. Es ya en la década de los cuarenta del siglo XIX cuando viene una renovación y llegan fondos para incorporar nuevas obras que permiten actualizar los discursos visuales del acervo. Durante el periodo conservador de Antonio López de Santa Anna, “a pesar de haber estado de manera intermitente”, hay operadores políticos y culturales que dirigen la Academia y ayudan al refinanciamiento del conjunto artístico.

A decir de Garduño, se implementa una estrategia muy inteligente en la cual el Estado mismo no da dinero para la Academia, sino que se le destina el usufructo de la Lotería Nacional. Con ello se contratan profesores europeos de alto nivel, se compran materiales de Europa para la experimentación plástica de los alumnos y se adquieren nuevos lotes de obra plástica.

Al mismo tiempo, se otorgan becas para residir en Europa a los alumnos que están terminando la carrera, con la condición de que copien las piezas que vean en ciudades como París, Madrid o Roma y las envíen para acrecentar la colección.

Otra estrategia, “fundamental”, dice, fue negociar con la élite eclesiástica mexicana que ciertas esculturas y cuadros de carácter religioso que se exhibían en iglesias, conventos y otros espacios devocionales se secularicen al entrar a la Academia. Este proceso continúa con la Reforma y la aplicación de las Leyes de Desamortización de los Bienes Eclesiásticos.

Menciona que con las Leyes de Reforma muchas obras se pierden o se destruyen, “es un periodo terrible para la historia del arte en México”, pero la Academia de San Carlos hace una labor de protección y rescate de ese patrimonio. Pone como ejemplo que del Convento de la Encarnación del Divino Verbo (hoy parte de los edificios de la Secretaría de Educación Pública) se seleccionan varias piezas que se restauran y se mantienen en manos de la institución.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX viene otra época de esplendor de los acervos y, a la manera de los franceses, se decide abrir espacios para la exhibición en Academia 22. No era un museo, eran salones o galerías temporales donde a finales del ciclo escolar los alumnos presentaban su trabajo. Se organizan concursos con premios de adquisición y eso contribuye también a acrecentar el acervo oficial, aunque también se abre un salón especial donde los particulares pueden mostrar las obras que han ido adquiriendo. Pero la entrada no era libre, se hacía necesario un permiso.

Durante la primera mitad del siglo XX las obras se mantienen en la Academia. En el porfiriato se adquiere un lote de pinturas importantes para la conmemoración del Centenario de la Independencia. Se obtiene “un lote importante representativo de la pintura española, y ya en el periodo posrevolucionario algunos funcionarios se preocupan también por incrementar y actualizar los acervos”.

Todo ello es “el antecedente del hoy Museo Nacional de San Carlos”.

Impulso personal

Alberto J. Pani, quien fue político, secretario de Relaciones Exteriores; de Industria, Comercio y Trabajo; de Comunicaciones y Obras Públicas, y de Hacienda, además de embajador de México en Francia y España, es ejemplo de un funcionario preocupado por el arte:

“Desde la secretaría donde estuviera despachando, adjudicaba presupuesto especial para comprar obra que entregaba como donación de su secretaría a la entonces Escuela Nacional de Bellas Artes. Así se siguieron incrementando los acervos en la posrevolución.”

Explica que los funcionarios tienen, dentro de sus atribuciones, la posibilidad de destinar presupuestos para objetivos que no están directamente relacionados con la secretaría donde se desempeñan:

“En este caso Pani utilizaba esas atribuciones, su capital político y su capacidad de gestión para fortalecer sus obsesiones privadas. Tenía un perfil como coleccionista y como amante del arte. Tiene un perfil conservador, le he llamado un coleccionista retro, piensa en el arte del pasado. Está viviendo los años veinte-treinta del siglo pasado, cuando emerge la Escuela Mexicana de Pintura y, sin embargo, prácticamente no adjudica presupuesto para adquirir las obras tempranas de esos artistas, podría haberlo hecho muy bien y a muy buenos precios.”

Llama la atención sobre el hecho de que el propio Pani se comisiona para viajes a Europa, se autoasigna presupuesto y va a comprar a Londres y a Madrid un lote importante de obras porque está preparando la creación del Museo de Artes Plásticas en el Palacio de Bellas Artes, inau­gurado en septiembre de 1934.

“Sus vocaciones privadas inciden en el tipo de adquisiciones que realiza con dinero del Estado. En ese sentido es un patrimonialismo de Estado: Adjudica presupuesto, que no es dinero privado, para comprar acervos que él piensa que el Estado necesita en sus acervos públicos. Por supuesto que esto es discutible, pero al final, en lugar de lamentar que comprara arte europeo y no Escuela Mexicana de Pintura, digo: ¡por lo menos compró!”

–Y eso que no era el secretario de Educación Pública, ¿no?

–Y nunca lo fue. Ése fue justamente el problema por el cual perdió el poder político. Por supuesto que hay un conflicto con el secretario de Educación Pública, Narciso Bassols, quien sentía que estaban invadiendo sus funciones porque él estaba a cargo del Palacio de Bellas Artes para convertirlo en una sede importante de la cultura en México, y Pani era el de Hacienda. Al final sale del poder político en 1934, antes de la inauguración del Palacio, y no regresa al gobierno, aunque lo intenta.

La fundación en 1921 de la SEP, por José Vasconcelos, incorpora a la Universidad Nacional, refundada por Justo Sierra en 1910 en el marco del centenario de la Independencia, e incluye al Museo Nacional –que cuenta con las colecciones de arqueología, historia y antropología–, a la Academia de San Carlos y a la Escuela Nacional de Bellas Artes.

División de acervos

Y es en 1929 cuando, con la autonomía universitaria, se da la “primera gran división de los acervos”. La UNAM se queda con el edificio de Academia 22 y un acervo importante de escultura, grabado y dibujo. En tanto, la pintura en tabla o de caballete se queda en la SEP, y en 1946, con la fundación del INBA, éste la hereda. La Escuela Nacional de Bellas Artes se transforma en Escuela Nacional de Artes Plásticas y ahora Facultad de Artes y Diseño, que a su vez recibe el acervo escultórico y gráfico.

La pintura que se quedó a cargo del INBA permaneció en un edificio de la UNAM desde 1929 hasta 1968. Durante ese lapso se estuvo buscando una sede permanente para el Museo de San Carlos:

“Fue muy difícil este proceso, muy tardío, prácticamente en la primera mitad del siglo XX el Estado mexicano no construye museos. Es en los años sesenta cuando se empiezan a construir edificios especiales para asentar un museo; así que no era una opción posible en las políticas culturales estructuradas, de tal manera que la opción era buscar un edificio antiguo lo suficientemente grande y representativo para poder cimentar una colección tan importante como la de San Carlos.”

Rememora que fue todo un proceso de búsqueda y negociación durante el cual los acervos perdieron visibilidad y centralidad, sobre todo por el hecho de ser de manufactura europea. En ese momento el nacionalismo, a veces chauvinismo, estaba exacerbado. Y el arte europeo, aunque había sido parte de la formación de los artistas mexicanos, parecía una imposición colonialista.

“Apoyar la creación de un Museo de San Carlos, con un acervo predominantemente europeo, no les interesaba mucho a los directivos culturales en este país, por eso es un museo pospuesto, tardío. Al haber sido la primera colección y la más importante del Estado mexicano formada durante varias décadas y durante varios siglos, tendría que haber tenido un museo inmediatamente, ¿no? Hubo un intento en 1934 en el Palacio de Bellas Artes, cuando se funda el Museo de Artes Plásticas bajo la gestión de Pani, pero es un intento fallido”.

El gobierno cardenista posterga también el lugar definitivo para esta colección de arte europeo, pues el entonces llamado Museo Nacional de Artes Plásticas se reserva para el arte de manufactura nacional. Por ello se queda en las galerías de Academia 22, pero era un espacio marginal, al cual iban sólo los iniciados en el deleite artístico.

El panorama para esta valiosa colección cambia, prosigue la investigadora, cuando en 1960 llega Enrique Fernández Gual a dirigir las galerías de pintura y escultura de San Carlos y hace la gran diferencia:

“Había trabajado ya en el mundo de los museos, en el patronato de la Sinfónica Nacional, que es un patronato innovador, de particulares, empresarios y directivos de economía, la élite económica digamos, que va a financiar la Sinfónica. Él había sido gerente de ese patronato, y al llegar lo primero que hace es cambiar el nombre: comienza a hablar, por primera vez, del Museo de San Carlos, no de galerías, que son un concepto de los siglos XVIII y XIX, no del XX, y crea un patronato.

“Este patronato es el que, por fin, logra en 1968 que se le entregue el edificio diseñado por Tolsá, quien fue profesor de la Academia de San Carlos. Y con eso se cierra un círculo conceptual… Un circulo entre el origen de la Academia y el del Museo de San Carlos… La negociación se hace en 1966, ya había ocurrido lo que se llamó el sexenio de los museos, que es el de López Mateos, de 1958 a 1964 (se habían fundado en Chapultepec el Museo de Antropología, el de Arte Moderno) y quedaba esta colección sin sede”.

Al dejar la Presidencia, López Mateos es nombrado presidente del Patronato de San Carlos y negocia con el nuevo presidente, Gustavo Díaz Ordaz, la sede del Palacio de Buenavista, que se le había asignado al Comité Olímpico Mexicano.

Acervo fundacional

La directora del Museo Nacional de San Carlos, Carmen Gaitán, cuenta que, finalmente, el 12 de junio de 1968 se inaugura el recinto, para lo cual el coleccionista Franz Mayer presta una selección de 60 piezas de su acervo. 

De hecho, dice Garduño, la colección de Franz Mayer estuvo por más de 20 años en San Carlos, antes de haber inaugurado en 1986 su propia sede en la Plaza de la Santa Veracruz, frente a la Alameda Central, por lo cual se le dedica también una sala en reconocimiento a sus aportaciones.

En la actualidad el acervo del Museo Nacional de San Carlos está conformado por 2 mil 20 obras, básicamente pintura, grabado, yesos, fotografía, mobiliario. Su colección se divide en estilos y corrientes artísticas: Gótico, Renacimiento, Manierismo, Barroco, Rococó, Neoclásico, Romanticismo, Academia en México y Arte Europeo del siglo XIX a principios del XX.

Gaitán coincide con Garduño en que la colección de San Carlos es la madre de las colecciones nacionales, “la piedra fundacional”. Dice incluso que le gustaría contar con mayores recursos para la difusión, “para que todo el mundo sepa que su acervo es patrimonio de la nación y antecedente del resto de las colecciones nacionales, sin este acervo no se entiende un movimiento como el muralismo, por ejemplo”.

Destaca que para conmemorar el 50 aniversario, se remodelaron las ocho salas permanentes, con una inversión pública de 15 millones de pesos. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto restaurador Ricardo Prado.

Evocaciones incluye pintura, escultura, dibujo y grabado, del acervo del propio recinto, así como de los museos Nacional de Arte (Munal), Franz Mayer, y la Academia de San Carlos. La colección hace una revisión histórica pero no cronológica del origen y desarrollo del acervo, e incluye entre sus obras maestras piezas de Jacopo Carrucci (Pontormo), Francisco de Zurbarán, Luca Cranach, Jean-Baptiste­ Camille Corot, entre otros artistas. Estará abierta hasta el 30 de septiembre en Puente de Alvarado 50, colonia Tabacalera, puede visitarse de martes a domingo de 10:00 a 18:00 horas.