Vaticano: de San Pedro a Francisco

Desde el punto de vista artístico, la exposición Vaticano: de San Pedro a Francisco, es muy menor.

Integrada por muy pocas obras de valor artístico relevante y numerosos objetos litúrgicos, la muestra presenta un recorrido por algunos hitos temáticos e históricos que derivaron en la conformación de la Iglesia católica como institución.

Organizada para conmemorar los 25 años de las relaciones diplomáticas entre el Gobierno de México y la Santa Sede, la exhibición en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en la Ciudad de México, está constituida por aproximadamente 180 piezas que pertenecen al enorme y en gran parte extraordinario acervo de las Colecciones Vaticanas. Un tesoro artístico que no sólo cuenta con la Capilla Sixtina y las Estancias de Rafael, sino también con arte antiguo, piezas tan emblemáticas como el grupo escultórico del Laocoonte (posiblemente 40-30 a.C.), numerosos ejemplos de arte paleocristiano, y espléndidos ejemplares de pintura religiosa renacentista, barroca e inclusive moderna y contemporánea.

Diseñada por cinco curadores italianos que contaron con el apoyo de los museólogos mexicanos Miguel Ángel Fernández y José Enrique Ortiz Lanz, la muestra se divide en cinco núcleos temáticos que recorren una historia parcial y confusa de la institución, haciendo referencia a ciertos Papas que se hacen presentes a través de sus objetos: un cáliz de Pío IX (1867), la silla de manos del Papa León XIII (ca.1888), el trono de Pío XI (ca.1922), entre muchos otros.

Después de una brevísima introducción que sirve para asombrar al público con la Custodia lateranense realizada en bronce dorado –que brilla como el oro– y ornamentada con piedras preciosas y semipreciosas (ca. 1824), la exhibición inicia la historia de la Iglesia fundamentándola en la “sangre de los mártires”. Integrada con ejemplos muy menores de la relevante cultura paleocristiana que se desarrolló en los primeros siglos del cristianismo, este núcleo se expande en el tiempo incluyendo un relicario decimonónico y pinturas de mártires realizadas en el siglo XVII. De la conjunción de la antigüedad pagana y el origen de la iconografía cristiana, se presentan un bajorrelieve en mármol con los santos Pedro y Pablo, y un frontal de sarcófago con escenas bíblicas. Esta última pieza es la más interesante de todo el núcleo. 

La narrativa continúa con “Una Iglesia milenaria: del siglo IV al XV”, en la que podría haberse abordado el arte bizantino. Sin embargo, la curaduría optó por expanderse hasta el siglo XIX, presentando relicarios escultóricos con restos humanos. Entre lo mejor de esta sección se encuentran el óleo La Visión de Santa Elena del Veronés (1575-1580) y el fragmento de fresco con un retrato de Carlo Magno como David atribuido a Gentile da Fabriano (1427); ambos personajes fueron esenciales en el triunfo del cristianismo.

Con tiempos traslapados y conceptos confusos, la historia continúa con “La Iglesia en tiempos modernos: del renacimiento al siglo XIX”. Con más representaciones de santos, esta sección se reduce a tres obras que son lo mejor de toda la exhibición: un pequeñísimo óleo de Rafael pintado en 1507 en blanco y negro sobre tabla de formato alargado, un óleo de Guido Reni que representa a San Mateo y el ángel (ca.1620), y el Retrato de joven de Bernini (1627-1630).

Las últimas dos secciones, “La Iglesia contemporánea”
y “La Iglesia, una sucesión apostólica”, mantienen una evidente confusión de fechas con piezas provenientes tanto del siglo XIX como del XX. Entre lo peor de toda la muestra se encuentran los numerosos y homogéneos retratos de Papas­ realizados en los siglos XIX y XX sobre fondo dorado y en formato de tondo.