“Happy End”

A veces uno tiene la impresión de que Michael Haneke confunde la cámara con un bisturí, tan dolorosos y precisos son los cortes que opera en su narrativa y en sus personajes; en Happy End (Francia-Alemania-Austria, 2017), último trabajo a cinco años de la bella y lacerante Amour, una familia encumbrada de Calais (patriarca, hijos y nietos) funciona como laboratorio para experimentar con diferentes dosis de psicopatía, juntos y por separado.

A los 13 años, Eva (Fantine Harduin) ya siente tener buenas razones para envenenar a su progenitora, claro, después de ensayar con su hamster para no errar el tino; el cambio a la lujosa mansion donde vive su padre con todo el clan familiar, Thomas (Mathieu Kassovitz) y su nueva esposa, nada mejora su situación; peor, falta de atención y de amor, cada quien vive ensimismado en su propio conflicto, en oscuros secretos; el único consuelo de la bella y peligrosa chiquilla es el nuevo hermanito, que le recuerda al difunto hermano mayor. No es difícil imaginar el escalofrío que provoca en el espectador este contacto de ella con el bebé.

Ante la decadencia del patriarca (Jean Louis Trintignant) acechado de demencia senil, la fría y precisa Anne (Isabelle Hupert), tía de Eve, se haya a cargo de los negocios de la famila, una inmobiliaria donde uno de los trabajadores sufre un accidente mortal, colapso estructural que ilustra el quiebre, por fuera y por dentro, del emporio familiar.

Aunque los temas sociales de Happy End (alta burguesía, desprecio e incomprensión por la clase trabajadora, Calais como emblema de injusticia y campamentos de migrantes, remiten, a propósito, al esquema de lucha de clases), la obsesión de Haneke está lejos de una tesis revolucionaria, sino con la alienación de las relaciones familiares. Justo ahí donde el cine americano comercial vende la idea de felicidad, el director de Funny games ve algo peor que la pornografía. Como muestra, en El listón blanco las raíces del mal –de donde surgen tales como el nazismo– nunca han llegado a extirparse del todo. 

Haneke desarticula las convenciones del lenguaje visual para dislocar la identificación del público con los personajes; aparatos como el smartphone sirven de ligas que amarran venas y tijeras que cortan tejido. En vez de una exposición normal, información sobre los personajes y su contexto, desde la primera y larga secuencia coloca al espectador en posición de mirón. Eve documenta en secreto la intimidad de su madre, o los chats del messenger destapan la relación extramarital de su padre, Thomas, sadomasoquista, de postre.

Voyeurismo incómodo y sin recompensa, pues saber más que los protagonistas de Happy End provoca angustia y ganas de escapar; las prolepsis, los avances fragmentados a futuro, no hacen más que inquietar y agravar el malestar. El argumento con el que se defiende Haneke es la intención de efecto cómico, pero su virtuosismo para manejar los tropos clásicos del cine de happy endings, como serían una respuesta merecida a la demanda amorosa, amor filial y cierta superación del conflicto, hace muy difícil reírse de las emociones tan oscuras que encaja su cine.