“A los viejos”, de Ignacio Ramírez “El Nigromante”

Editado por GM-Espejo Imagen, el volumen Biografía de Ignacio Ramírez, El Nigromante, escrito por Ignacio Manuel Altamirano, reproduce en su Edición Conmemorativa del bicentenario de su natalicio (1818-2018), con textos de César Camacho y David Cienfuegos Salgado, un artículo del intelectual y político liberal, “A los viejos” –tras la invasión yanqui–, aparecido en Temis y Deucalión, Periódico Político, el 6 de abril de 1850. Es el texto que se ofrece a continuación. En recuadro, se expone una idea futurista de El Nigromante sobre la recuperación de la mitad del territorio arrebatado.

Varones ilustres, que hace 20 años regís los destinos de la patria, no me intimidáis ni con vuestras frentes rugosas, ni con vuestras casas cubiertas con los símbolos de vuestros milagros, ni me deslumbra vuestro nombre en la historia. Sigo en el suelo mexicano, las huellas de vuestra carrera política, y encuentro las flores de la Independencia ajadas; abundantes los frutos de la discordia; entre miseria y sangre, apagándose nuestras esperanzas; y el único himno que escucho, vosotros mismos lo entonáis en vuestra propia alabanza. Césares y Licurgos de mi patria, voy a emprender vuestro proceso.

En más de media docena de constituciones que en menos de medio siglo hemos jurado y destruido, no veo sino infecundos sentimientos de libertad y, corrompidas fuentes de ilustración, brotando bajo la luz y el fuego de la moderna filosofía, en corazones monárquicos, y en espíritus aristotélicos. Unos cuantos hombres, o más atrevidos o menos ignorantes que el resto de la nación, hicieron de ella su patrimonio; y a sus preocupaciones político-religiosas, han llamado preocupaciones nacionales, espíritu público olvidando que la muchedumbre no ha leído a Montesquieu, ni a la Biblia.

De luego a luego se conoce que los enemigos del jure, eternos panegiristas, por lo común, de la pena de muerte, han bebido sus inmundas y sangrientas doctrinas en las partidas y en el Digesto; que los monarquistas constitucionales estuvieron en las cortes españolas, y hoy estudian en los publicistas franceses el sistema que conviene a los mexicanos.

Pregúntese a nuestros 7 millones de habitantes ¿qué entienden por república?, y la mitad se quedará callada; y la otra mitad, excepto nuestros insignes legisladores, responderá: creemos que lo primero que debe haber, es un presidente con sus cuatro ministros; después unos diputados con dos taquígrafos, y los senadores con uno: la justicia entre alcalde y aguilitas, y licenciados, y escribanos, y sobre todo, en latín: finalmente, muchas elecciones primarias y secundarias, de las cuales sale con el tiempo un representante que nadie ni a nadie conoce.

Pregúntese a la misma gente en qué consiste la religión, y dirá que en maitines, misas y procesiones.

Si nuestros primeros legisladores no hubieran hecho del presidente una caricatura de los monarcas, cubriéndolo de honores y preeminencias ridículas y sueldos exorbitantes, alimentando así su ambición y su codicia; sino un magistrado modesto, que comunicara y cumpliera las sentencias y decretos de los otros poderes. Si el diputado halagara directamente al pueblo para poder ocupar la tribuna; y no determinaran regios comentadores en el foro los derechos de un republicano, y esto se llamara despotismo, el pueblo lo creería.

Dejad nuestras solemnidades religiosas, y sustituid a la Biblia, el Alcorán, y llamad a esto catecismo, y lo creerá el pueblo. 

Las preocupaciones políticas de la nación consisten en apariencias que fácilmente se pueden satisfacer y burlar, para conseguir el triunfo de la utilidad común.

Las verdaderas preocupaciones están en nuestros sabios; pero ellos se avergüenzan de confesarlas, y mejor se las achacan al pueblo. He vindicado a la muchedumbre, defiéndanse los culpados. Ya los oigo alegar: queremos libertad moderada.

Infames, hipócritas: quieren envilecer al genio de la libertad, haciéndolo eunuco. Quieren dominarnos con el pretexto de dirigirlos; ¡jamás! prefiero la igualdad de la servidumbre.

¿Sabéis lo que quiere decir libertad moderada? Ved, conciudadanos, [a] los sectarios de tan profana libertad, vacilar, moverse, saltar inconstantes de una a otra fila, hasta encontrar la colocación sublime que buscaban.

El militar que predica el influjo de los jefes y la esclavitud de los soldados; el hacendado que se excusa con el derecho de propiedad, y persigue y se enriquece con los contrabandos; el canónigo que canta en la ciudad por mil pesos, y fuerza al cura a desvelarse de balde en las fragosas sierras. Todos los que disfrutan, quieren libertad moderada, esto es, desarmar a sus víctimas, poner una corona en la frente de la nación, y cadenas y grillos en sus pies. 

Republicanos arrepentidos arrojaron, sí, a los españoles de los puestos que dan riqueza y poder; pero les sucedieron en ellos y quieren conservarlos. Quisieran ser los herederos de la Conquista; se llaman jueces y son oidores, representantes del pueblo y son hermanos de la santa escuela; presidentes, y son virreyes; sabios, y son doctores; y llaman a su colonia la ¡¡¡República!!!

Llenos de su vano saber, que no ha producido sino cuestiones interminables y sangrientas; discordes en la inteligencia, aplicación y utilidad de sus teorías, confiesan modestamente que sólo ellos pueden conducir la nave del Estado, pues la muchedumbre es inexperta y loca.

Amigos: la muchedumbre no necesita estudiar como vosotros las paradojas de Rousseau, los delirios de Chateaubriand, y los embrollos del Digesto, para saborear una botella, pasear en coche y disfrutar de una hermosa. Y éstos son los tres principios de toda verdadera Constitución republicana.

No puede ser peor nuestra sociedad; ¿por qué no podía subsistir sin vosotros? Ahorraríamos algunos millones y vuestro pedantismo.

¿Qué me importa que la ley que me empobrezca y la sentencia que me condene, abunden en barbarismos y solecismos? ¿Pagaré porque me las adornen la erudición y los tropos?

Viejos, ya la naturaleza os abandona, la ilustración os desconoce, y la República os maldice; os condenó a ser jubilados. 

Jóvenes que os habéis envejecido por alternar en los puestos públicos, con vuestros ilustres padrinos, seguid su suerte.

Muchedumbre: midamos la bondad de los gobiernos, por los placeres que nos proporcionen.