Arreola

El primer libro que compró Juan José Arreola a los 15 años en una visita a Guadalajara fue Gog de Giovanni Papini, publicado un par de años antes, en 1931. De esa lectura diría en 1992, cuando recibió el Premio Juan Rulfo : “He comprobado científica y dialécticamente que todo puede brotar del Gog”. En sus instrucciones de lectura, Arreola dice que hay que leerlo “con orgullo, rencor y humildad”. Para él, esta serie de episodios contados por un millonario gringo que busca probar hasta dónde puede comprar lo imposible, encerraba todas las posibilidades de la escritura. Como Confabulario y Varia invención, Gog jala la liga del relato fantástico. Entre los relatos, por ejemplo, existe el de una isla que sólo puede sustentar a 770 habitantes, por lo que, cada vez que hay un nacimiento, el consejo de la tribu tiene que asesinar a alguien. No se ejecuta a los más viejos –el consejo tiene mayoría de ancianos–, sino que la muerte se sortea. Otro de los relatos, “Cacavonne”, es sobre un personaje que ha desempeñado los más extraños trabajos académicos, entre ellos “profesor de la cátedra de los errores humanos; presidente de la Liga de los Vegetales; director del Consejo Regional para la Represión de los Movimientos Telúricos; editor del boletín para la exploración de la Atlántida”. Y, al azar, elijo otro que se me quedó grabado: el millonario contrata unos actores que llevan máscaras de sus parientes muertos y cada noche, en alguna de sus mansiones, se sirve una cena para toda la familia. Hay encuentros para charlar con Freud, Einstein, Ford, H.G. Wells, Lenin, y casi siempre la conversación se torna hacia el fantasma del siglo XX: Ford quiere fabricar sin obreros el mayor número de mercancías que cuesten casi nada; Einstein quiere suprimir todas las diferencias en el universo; Freud busca, en las confesiones de sus pacientes, materiales para hacer literatura; Wells profetiza una guerra en la que se destruirá todo y los humanos empezaremos desde la primera herramienta; Lenin le confiesa que sólo si se suprime la libertad, se puede terminar con la maldad. 

Arreola no toma a Papini tan sólo como escritor, sino que hace de él su propia profecía cuando toma del “Autorretrato” la siguiente descripción del autor que terminó apoyando a Mussolini: “Soy el autodidacta neto, el hombre de los manuales y las enciclopedias. A donde quiera que me vuelva, no soy un profano pero tampoco un iniciado; no tengo lugar asignado en las reuniones de los doctos, judío errante del saber. Soy como un rey que posee un gran imperio compuesto de mapas”. Además de que esa última frase es el origen del cuento de Borges “Del rigor de la ciencia” –un mapa tan exacto que termina por sustituir el territorio real de un reino–, para Arreola la idea de ser alguien “que lo ha empezado todo y no ha concluido nada” deviene en instrucción de vida para el escritor de “novelas habladas” y lecturas en voz alta. Se definirá como autodidacta y, también, como el último juglar. Su errancia le llevará a preguntarse cuál es ese misterio de sí mismo. 

Sabemos sobre las preguntas que se hace Juan José Arreola por el texto Memoria y olvido que le dictó, durante 36 horas, a Fernando del Paso en algún momento antes de su publicación, en 1994. Gustaba del dictado y de la charla para hacer sus libros. Bestiario, por ejemplo, le fue dictado a un joven José Emilio Pacheco en la fecha límite –diciembre de 1958– para entregarlo o, si no, Henrique González Casanova le aventaría a los abogados de la UNAM. El título de Memoria y olvido lo había usado tan pronto como 1965 para un libro que no existiría jamás. Pero muchos textos fueron quedándose con ese nombre: uno sobre Proust, uno en Confabulario, dos artículos de periódico. El libro es una pregunta sobre la predestinación. Le platica Arreola a Del Paso: “Nací el 21 de septiembre de 1918, o sea, el mismo día en que Marcel Proust sufrió la primera crisis de vértigo y se desplomó por las escaleras de su casa; día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen; justo en la noche en que Rainer María Rilke escribió la primera carta a la que iba a ser su amiga para siempre. Fue el año en que Benedetto Croce demostró el fenómeno cósmico de la simpatía, y cuando Franz Kafka fue declarado mortalmente enfermo de tuberculosis”. Se pregunta durante todo el libro, en el que va de las lecturas a los personajes –“en mi familia fuimos coleccionistas de personajes y pasábamos horas describiéndolos”– y a los episodios en Zapotlán El Grande o París, por qué no puede seguir un camino elegido y, en cambio, irse por los afluentes. Le atormenta especialmente ser alguien con inclinación al fracaso. Como una predestinación, se arrepiente de haber salido huyendo de una fiesta en París en casa de la duquesa La Rochefoucauld en la que el poeta dadaísta Tristan Tzara lo estaba invitando a ir a ver su puesta en escena de Asesinato en la Catedral de T.S. Eliot. Aquejado por “la gripe española” y una fuerte “dispepsia nerviosa con aerofagia y sensaciones de angustia”, Arreola tuvo que regresar de ese viaje que imaginó como consagratorio. Se pregunta por qué huyó para dedicarse, como su amigo Juan Rulfo –y a quien, según dijo, le ayudó a editar los fragmentos de Pedro Páramo–, a oficios inverosímiles: “tepachero, encuadernador, zapatero, maestro de secundaria con el tercero de primaria sin concluir”. Su respuesta inicial es lo que se ha dicho ya de Arreola: su gusto por la sonoridad del narrar una historia en voz alta:

“Me divertía mucho con los arrieros, oyéndolos maldecir y contando historias hasta la media noche. Eso me importaba tanto como la formación intelectual. También empecé a escribir en un puesto en un mostrador de una tienda de abarrotes. Llenaba papeles de envoltura con versos, nombres hermosos, y mis primeros gérmenes imaginativos. En medio kilo de sal, uno de azúcar y un cuarto de piloncillo, se fueron mis primeros trabajos literarios.”

Como en el propio Rulfo, en Arreola hay una transmutación de lo popular en lo canónico. Le cuenta a Del Paso: “La literatura me entró por los oídos y veo al idioma como una materia plástica. Para mí, el lenguaje, aunque se halle estampado en papel, no es silencioso: de él y desde él se propagan sucesivas sonoridades”. Más adelante asegura: “El poema es una estructura verbal que dizque encierra la poesía. Pero es sólo un hueco que nosotros rellenamos. El poeta sólo crea un vaso”. 

La respuesta a su vocación por el fracaso o “el miedo al éxito” le viene de una “imposibilidad de perdonar el abandono de mi madre”. Como todo autodidacta, también es un auto-analista y llega a la conclusión de que, de sus 14 hermanos –él será el cuarto de 12 que sobreviven–, él es el que siente culpa por guardarle rencor a la separación de su madre. Incumple, entonces, con la máxima de Jung de que el amor es separarse sin angustia. 

A Juan José Arreola le da por salir huyendo de su propia inquietud, que explica en cómo aprendió a caminar: de bebé, sentado en una escalera, vio cómo un borrego negro entraba a su casa. Cuando el animal se irguió para mirarlo y, luego, se agachó para embestirlo, el bebé Arreola se levantó y corrió por su vida. En esa metáfora, el último juglar encierra su agobio por el desprendimiento del seno protector. Explica así por qué nunca andó el camino principal de la literatura y, en cambio, se dedicó a dictarlo, a leerlo en voz alta, a representarlo, incluso en su propio programa de televisión, a actuarlo. Era la profecía autocumplida de Papini.

Pero, también se inventó a sí mismo como un personaje de Marcel Schwob, uno de los cuatro autores que ubica como “fuentes de su estilo” –con el cronista de los desastres de la Primera Guerra Mundial, Georges Duhamel, Kafka, y el filósofo de la ética, Max Scheler. En El terror y la piedad, Schwob sostiene que el mundo es la discontinuidad y que, por lo tanto, “el arte consiste en darle a lo particular la ilusión de que es general”. De Vidas imaginarias de Schwob, Arreola tomará al personaje histórico a la sombra de los grandes guerreros, estadistas y pensadores para darle lugar a lo discontinuo, a lo pequeño, sin importancia. O al detalle que ensombrece la grandeza de una forma extraordinaria: la nariz de Cleopatra, tan estudiada por Blaise Pascal, la “arenilla en la uretra de Cromwell”, o que la “preocupación central de Thomas Hobbes era que las moscas no se pararan sobre su cabeza calva”. Mucho de Varia invención, La Feria, Bestiario y Confabulario proviene de esa instrucción del autor de La Cruzada de los Niños. 

Ahora que Juan José Arreola cumple 100 años, se escribirá y hablará de sonoridad, literatura hablada y “narrativa del Yo”, y quizás, también, un poco de este Arreola que he traído, de los cabellos, hasta aquí: el de Papini y Schwob, no como “influencias”, sino como predestinación. Al final, sólo Arreola sabe de sus cosas: “A los 75 años todavía no sé quién soy. Por defensa, cobardía y miedo a mí mismo, me escondo siempre, y me hago el perdedizo”.