Yemen, la tragedia olvidada

La guerra en Yemen comenzó hace siete años como una revuelta popular contra un dictador. El conflicto se ha prolongado y es ahora una lucha entre facciones religiosas, pero como no están en juego los intereses económicos o estratégicos de las grandes potencias, ha sido olvidado por el mundo. La crisis interna es grave: unos 22 millones de yemenitas (de una población de 28 millones) dependen de la ayuda humanitaria internacional para sobrevivir a la hambruna que padecen; además, 1 millón más es víctima de la mayor epidemia de cólera de la historia. Y como siempre, los niños llevan la peor parte: sólo en 2017 fallecieron 50 mil menores.

Hay guerras que permanecen en el ojo de la opinión pública mundial por su impacto en los países más ricos, porque ocurren en una posición geográfica clave o por su influencia en los intereses estratégicos de las naciones más poderosas. 

Pero hay guerras de las que pocos se acuerdan, por graves que sean: las de África, las de lugares remotos de Asia, las de Centroamérica… o la de una esquina olvidada de la Península Arábiga.

En abril de 2018 el secretario general de la ONU, António Guterres, informó que la originada en Yemen por la guerra es, entre las crisis humanitarias del mundo, “la peor”.

Lo que en 2011 comenzó como una revuelta popular contra un dictador, y que fue interpretada como una insurrección más de la llamada Primavera Árabe, se convirtió en una guerra de tribus y sectas religiosas, y después, en un tablero de juego y combate de los poderes extranjeros.

La devastación ha sido tal, que de los 28 millones de yemenitas, más de tres cuartas partes, unos 22 ­millones, dependen de la ayuda humanitaria ­internacional, incluyendo a 11 millones 300 mil niños. Se estima que 8 millones 400 mil personas no serán capaces de sobrevivir sin el apoyo exterior, porque están al borde de la hambruna. 

Además, 1 millón son víctimas de la mayor epidemia de cólera de la historia, según la Organización Mundial de la Salud. La cuarta parte la forman niños menores de cinco años. La organización Save The Children calcula que, por diversas causas, al menos 50 mil niños murieron en 2017: un promedio de 130 al día. Se estima que, desde 2015, han muerto unas 10 mil personas y otras 9 mil han sido heridas.

El asalto a Hudaydah 

Hudaydah es un puerto en el Mar Rojo que desde 2014 está en poder de milicianos houthis, quienes tiene contra las cuerdas al gobierno del presidente Abd Rabbuh Mansur Hadi. La tribu rebelde ha resistido varias ofensivas de las tropas de Saudiarabia y los Emiratos Árabes Unidos –y los bombardeos de las aviaciones de esos países y de Estados Unidos–; pertenece a la secta chiita del Islam y, según sus enemigos sunitas, recibe armas y apoyo de Irán. 

El 70% de los víveres y casi todos los demás insumos son descargados en muelles de Hudaydah para entrar a Yemen. Si el puerto no puede recibirlos y reenviarlos al interior, la gente muere. Además, de los 600 mil habitantes de la localidad, unos 250 mil están en situación de extremo riesgo.

Eso fue lo que informó en mayo la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) de la ONU, cuando Arabia Saudita –líder de la coalición que apoya al gobierno de Hadi– anunció sus planes de conquistar Hudaydah para después avanzar sobre la capital yemenita, Saná, a 300 kilómetros. El ataque comenzó el 11 de junio. 

Ali Abdullah Saleh gobernó de 1990 a 2012, cuando una insurrección popular logró expulsarlo después de un año de protestas. Pero nunca se fue en realidad, y desde entonces sus milicias combaten a las de su sucesor.

En medio del caos revivieron viejos conflictos tribales y religiosos y se introdujeron los intereses de las potencias, que escogieron bandos: cada cual por su lado, las organizaciones de Al Qaeda y el Estado Islámico se apoderaron de partes del territorio; los houthis se levantaron e hicieron una alianza con el exiliado Saleh, aparentemente con apoyo iraní; y Estados Unidos y las monarquías sunitas intervinieron en defensa de Hadi. 

Esto se agravó a partir de marzo de 2015, cuando los houthis, que ya controlaban Saná y Hudaydah, empezaron a marchar hacia el sur rumbo a Adén, el bastión de Hadi. 

Arabia Saudita acababa de cambiar de rey: murió el viejo Abdalá y lo reemplazó Salmán, quien colocó como príncipe heredero y hombre fuerte a su hijo Mohamed bin Salmán. El joven, entonces de 29 años, carecía de experiencia diplomática o administrativa, pero emprendió de inmediato una ruda lucha interna para neutralizar a sus rivales, y otra externa para colocar a su reino como primera potencia de la región, en oposición a Irán.

La novatez y la ambición han llevado a Bin Salmán a cometer errores que han acrecentado o provocado conflictos en Catar, Siria, Irak y Líbano, por lo menos. 

El más grave de todos los que se le atribuyen, sin embargo, es el de Yemen, a partir de que se lanzó a intervenir en el país al frente de una coalición que incluye nominalmente a los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin, Jordania, Marruecos, Egipto, Sudán, Malasia y Senegal, con apoyo de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Turquía y Bélgica, y que, sobre el terreno, involucra a tropas sauditas, emiratíes y estadunidenses.

Lo que desde la mesa de estrategia del joven príncipe parecía cosa sencilla –provistas de aviones y armamento moderno, sus tropas debían aplastar a los insurrectos en semanas–, sobre el terreno fue algo muy diferente.

Los houthis no sólo aguantaron la ofensiva, sino que conquistaron territorio, les han dado duros golpes a las fuerzas ­extranjeras y en algunas ocasiones han tenido el atrevimiento de lanzar misiles balísticos contra ciudades y cuarteles en Arabia Saudita. No lograron provocar víctimas pero sí la furia del heredero al trono.

Hudaydah, sostiene la coalición, es el punto de ingreso de las armas iraníes en territorio yemenita. Además, asegura, las tarifas que cobran los houthis les generan ganancias de 40 millones de dólares por mes. Por estas dos razones, insiste, capturarla es una necesidad militar imperativa.

A un mes del inicio del asalto a ­Hudaydah, ni la aviación ni la artillería de las poderosas monarquías de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes Unidos, adquiridas a las empresas de Estados ­Unidos, ni las tropas gubernamentales que participan en la operación Victoria Dorada, han logrado expulsar a los milicianos. 

Aunque habían conseguido capturar el aeropuerto, medios locales han mostrado a los rebeldes de regreso en esas ­instalaciones.

La población civil, como siempre, está atrapada entre ambos enemigos, como revela un informe de la OCHA difundido el jueves 5: en medio de los bombardeos aéreos, al menos 121 mil personas han tenido que huir de la ciudad, mientras que la vida cotidiana ha sido afectada a tal grado que la mitad de los niños no puede ir a la escuela.

La intervención de las fuerzas extranjeras es tan intrusiva que han establecido prisiones propias. Un informe del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, publicado el martes 3, denunció que en las cárceles controladas por los emiratíes se somete a los detenidos a torturas, abusos sexuales y otros malos tratos (esto ha provocado un roce con el gobierno de Hadi, que el miércoles 11 presentó una exigencia formal de que se cierren esos centros ilegales de detención).

Los Emiratos Árabes Unidos –que lleva el liderazgo en Victoria Dorada– ha tenido que reconocer suspensiones en el avance de sus tropas. No por razones humanitarias: pese a su superioridad militar, han sido incapaces de vencer a los francotiradores, los drones que arrojan explosivos y las minas antipersona, muchas de ellas envueltas en fibra de vidrio y pintadas para que parezcan piedras. 

Tirón de orejas 

El tiempo trabaja contra la coalición saudita. Las demoras y las repetidas denuncias sobre los alcances del desastre humanitario están debilitando su apoyo internacional, incluso en Estados Unidos.

El martes 10 fue publicada una carta firmada por cinco congresistas estadunidenses, figuras clave por la importancia de su liderazgo: el whip (figura que ejerce como “capataz” para asegurar el voto de los legisladores) demócrata en la Cámara de Representantes, Steny Hoyer; y los jefes demócratas en los comités de Relaciones Exteriores, Eliot Engel; de Apropiaciones, Nita Lowey; de Inteligencia, Adam Schiff; y en el panel de Medio Oriente de la Cámara, Ted Deutch.

Este quinteto es la base del apoyo a Arabia Saudita en el Congreso de Estados Unidos, por parte de los demócratas, y es muy activo en promover la línea dura contra los iraníes. Pero la misiva, que se dirige al embajador saudita, Khalid bin Salman Abdul-Aziz Al Saud, y al de los Emiratos Árabes Unidos, Yousef al-Otaiba, es un duro tirón de orejas y señal de que la paciencia se agota en el Poder Legislativo, que tiene la potestad de bloquear la venta de armas:

“En la medida en que los houthis seguirán en la guerra y en que los grandes ataques anteriores han fracasado en conseguir oportunidades para desescalar el conflicto, nos preocupa que este asalto (sobre Hudaydah) va a profundizar, no a reducir, el involucramiento de la coalición en Yemen”, señalan.

El enviado de paz de las Naciones Unidas, Martin Griffiths, obtuvo de los houthis la oferta de ceder la administración del puerto a la ONU, lo que teóricamente permitiría el paso de ayuda humanitaria pero no el de armas. Sin embargo, la propuesta fue rechazada por la coalición.

“Los urgimos a ser flexibles al respecto de sus exigencias para evitar más escaladas de violencia”, continúa el texto. “Específicamente, en sus demandas de que los houthis abandonen el puerto, la ciudad y la totalidad de la costa del Mar Rojo, ­inmediatamente”.