Reedición de “La Tierra Baldía”, vuelta a la poesía dramática

Cerca de cumplirse un siglo desde su primera publicación en Reino Unido en octubre de 1922, The Waste Land (La Tierra Baldía), de T. S. Eliot, ofrece siempre diversas posibilidades de lectura, incluida ahora la de acercarse a este poema como si se desconociera que es uno de los fundamentales del siglo XX en el mundo entero.

Con ese propósito, el poeta Víctor Manuel Mendiola (Ciudad de México, 1954), lanzó en Ediciones El Tucán de Virginia, de la cual es editor, una nueva y bella impresión del “aciago poema”, en dos volúmenes, donde se incluyen además de su texto “Hurry up, hurry up, sexo rápido en T.W.L.”, dos traducciones, una de 1930, realizada por Enrique Munguía Jr., y otra de 2017, de Gabriel Bernal Granados.

La edición bilingüe inserta asimismo las primeras críticas hechas por Virginia Woolf, Conrad Aiken y Times Literary Supplement, así como ensayos de Guillermo Fadanelli, Armando González Torres y Edward Hirsch.

El segundo tomo presenta la versión en inglés del poema, ilustrado con 36 obras plásticas del pintor y grabador Emiliano Gironella Parra (Ciudad de México, 1972), quien, a decir de Mendiola, se ha dedicado a ilustrar poemas, entre ellos uno esencial en nuestra literatura, Muerte sin fin, de José Gorostiza.

Entrevistado por Proceso, el también ensayista, autor de Tan Oro y Ogro y 4 para Lulú, entre otros libros, ganador del Premio Latino de Literatura 2005, enmarca esta nueva edición en un proyecto más amplio de revisión de la poesía moderna, dentro del cual inició una colección que a la fecha cuenta con La suave patria de Ramón López Velarde, Primavera indiana de Carlos de Sigüenza y Góngora, Un tiro de dados de Stéphane Mallarmé, Zona de Guillaume Apollinaire, y ahora La Tierra Baldía.

Considera necesaria esa revisión, pues dice que los poetas futuristas, dadaístas y surrealistas se desmarcaron de la poesía decimonónica, el simbolismo y la poesía parnasiana e incluso de la romántica y las formas clásicas “en un desplante genial y hondamente creador”, pero al mismo tiempo “un movimiento destructor que fue disminuyendo el poder de la poesía”.

En su opinión, la literatura de la época actual es “epigonal”, es decir, llena de repetidores de poetas anteriores como Neruda, Huidobro, Haroldo de Campos:

“No vemos con frecuencia a un autor que tome a Mallarmé como lo hizo, por ejemplo, Octavio Paz, y lo funda y lo convierta en otra cosa. Lo que vemos es la repetición del mismo gesto, a veces refinadamente, con talento, pero hay una repetición que a mi manera de ver ha llevado muchas veces a que el lector encuentre la poesía contemporánea repetitiva, monótona y sin sentido. Porque una característica de la poesía moderna es haber eliminado muchas cualidades fundamentales en la poesía anterior: La historia, la música, la composición.”

Al levantarse contra los elementos de la poesía predecesora, eliminan su riqueza, y lo que queda es “una construcción lírica semivacía, donde lo importante es única y exclusivamente una cierta intuición verbal”.

A manera de ejemplo, dice que si se compara un poema del siglo XX con uno de Goethe o de Baudelaire, la diferencia es grande; pues aunque el francés “con todo y su refinamiento” resulta muy accesible, los poemas modernos no lo son, resultan una mera repetición de la forma y el espíritu de la anterior.

Por ello, insiste, así como las vanguardias plantearon una mirada crítica hacia la poesía decimonónica, los poetas actuales deben hacer lo mismo, y valorar toda la riqueza lograda en el desarrollo de la poesía moderna del siglo XX, pero marcar un distanciamiento “en donde el desarrollo se ha transformado en un cuerpo muerto”.

Y es que una de las consecuencias del problema de la repetición o el vaciamiento es que el lector constante de poesía (no el común, que siempre ha leído poca poesía), se ha ido alejando de esta expresión porque ya sólo le ofrece “una experiencia verbal, no una experiencia vital”.

Primera vez

Cita la obra del poeta polaco Witold Gombrowicz, Lo humano en busca de lo humano, para establecer que una gran obra se distingue justamente por la búsqueda de lo humano, y la poesía del siglo XX no sitúa al lector frente al drama humano.

–¿Carece de contenido?

–Sí. Aunque en algunos autores haya una intención, los presupuestos sobre los que se ha realizado la acción de la escritura están minados, porque la preocupación fundamental es verbal.

–¿Será reflejo de nuestra época, en la cual la carencia de contenidos se da no sólo en la poesía sino en la vida cotidiana en general?

–Sí, definitivamente hay una correspondencia con el tiempo que vivimos, donde los contenidos se han empobrecido. ¿Por qué ha ocurrido esto? Porque hay una pérdida de relación con las fuentes de nuestra cultura, que son fuentes humanistas, y claro, es parte de un proceso global.

Para Eliot, como para Ezra Pound –explica–, era importante regresar a fuentes como el Dolce Stil Novo (Dulce estilo nuevo), a Dante, a los poetas latinos –“Pound se va hasta La Ilíada y la poesía china”–. Lo mismo debería hacerse en la época contemporánea, pues “el futuro está en el pasado, siempre, ése es el punto”.

–¿Cómo se inscribe el libro en ese contexto?

–Quisimos hacer una lectura directa de Elliot, tanto desde el punto de vista plástico como del literario, como cuando uno escucha un poema por primera vez y descubre que es muy bueno. Lo escucha con gran atención pero sin la solemnidad o el escudo protector de la consagración, sin juicios y prejuicios.

La lectura ofrecida por El Tucán de Virginia pretende esa libertad. Por ello, abunda Mendiola, se rescata el texto de Conrad Aiken, publicado “casi inmediatamente después de La Tierra Baldía, un texto que revela una gran admiración hacia el poema pero también una crítica, cuestiona la necesidad de las notas y ciertas referencias muy eruditas que son parte del poema”. 

En ese sentido, Mendiola explica que su texto “Hurry up, hurry up, sexo rápido en T.W.L.” es sui generis, porque normalmente se habla del poema como un compendio de erudición, del retrato desde la perspectiva oscura que Eliot presenta de la ciudad y lo humano tras la primera Guerra Mundial. 

A decir del editor, cuando se pone el acento en ese “aspecto sofisticado” de la obra de Eliot, se pasa por alto el hecho de estar frente a un poema “profundamente dramático” que muestra la transformación del amor ideal en un amor banal, superficial, en una comedia sexual:

“A lo largo del poema hay muchas escenas sexuales, brutales y profundamente banales en las cuales no hay amor. Sólo hay una escena en donde puede decirse que hay un idealismo amoroso.”

Lee a guisa de ejemplo:

Y cuando éramos niños, y nos quedábamos con el archiduque,

mi primo, me llevó a pasear en trineo,

y yo estaba aterrada. Me dijo: Marie, 

Marie, sostente fuerte. E íbamos colina abajo.

En las montañas, allí te sientes libre.

Y comenta con emoción que es el único momento donde hay un sentimiento de plenitud, de hermosura, de libertad, pues lo que viene a continuación es opresión, una fealdad humana, el páramo.

Para cultos y legos

Habla entonces de la traducción de Munguía Jr., un diplomático mexicano muy interesado en la poesía francesa e inglesa, y tenía apenas 27 años cuando en 1930 la publica en la revista Contemporáneos. Y si bien la hizo en prosa y no en verso, como las versiones posteriores, “porque consideró que había una serie de efectos verbales en el inglés y era difícil traerlos al español”, la considera magnifica.

“Lo interesante también, es que él le puso El Páramo, un nombre rulfiano. Y no es que tengan que ver, pero La Tierra Baldía y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, tienen algo en común espiritualmente. Ambos poemas ocurren en un páramo y en un mundo en el cual los hombres se han vuelto fantasmas.”

El ensayista comenta el texto “Eliot canta La Tierra Baldía”, que escribió Virginia Woolf, quien a pesar de haber sido una de las grandes promotoras del libro, muestra en esa primera nota desconcierto y señala su dificultad para ser leído. Y así es, se suma Mendiola, y afirma que mucha gente de manera sincera y honesta afirma no haberlo entendido en una primera lectura.

–¿No es como una gran apuesta presentar esta edición justo por las complicaciones del poema, cuando dice que los lectores de poesía han dejado de leerla? ¿A quién está dirigido entonces?

 –Nos estamos dirigiendo al público constante, al lector serio, intelectual, que durante mucho tiempo tuvo entre sus preocupaciones la lectura de la filosofía, de la historia, textos de diversa índole en donde también estaba la poesía. Se está haciendo también una invitación al lector eventual, digo, si lo toma y descubre un gran poema, qué maravilla. Y está el libro que ilustró Emiliano Gironella Parra, que ofrece otra lectura, entonces es para un público muy amplio. 

“Un problema que me preocupa mucho es por qué el lector culto ha dejado de tener la necesidad fundamental de leer poesía. Pienso que en parte es porque se ha hecho banal y hueca. Y con este libro, estamos haciendo un llamado: Aquí hay un gran poema que, no obstante sus dificultades, representa una gran indagación intelectual del mundo moderno, de lo que ocurría a principios del siglo XX, pero también nos permite entender este momento porque el retrato de La Tierra Baldía es el retrato de un mundo, de una sociedad moderna profundamente afectada por la destrucción, la guerra, la depresión.”

A decir suyo los conflictos reflejados por Eliot no son tan diferentes a los actuales:

“Si pensamos en las migraciones, el tráfico de armas, el calentamiento de la tierra, estamos en un momento en el cual ese páramo está aquí, ¡vivimos en un páramo! A principios del siglo XX muchos poetas adquirieron la conciencia de que el hombre había comenzado a vivir en un sitio duro, ríspido, y seguimos viviendo en ese mundo. Desde ese punto de vista, el poema tiene una actualidad absoluta.”

Futuro

El propósito de recuperar la traducción de Munguía en esta edición es precisamente mostrar esa capacidad de comprensión y actualización de la literatura mexicana. Y como, agrega, autores nacionales conocían muy bien a Apollinaire y otros poetas extranjeros. José Juan Tablada lo conoció cuando aún vivía y se lo recomendó a López Velarde:

“En la literatura mexicana hay una actitud cosmopolita, como le llamó Jorge Cuesta, una actitud universalista profunda, y en el fondo es un humanismo. Y es muy importante que no se pierda porque creemos que en este momento ese humanismo está amenazado.

 “En ese sentido en El Tucán de Virginia pensamos que es urgente volver a repensar momentos clave de la literatura del pasado inmediato como es el texto de Eliot, o el de Apollinaire, de Mallarmé, de poetas como Leopoldo Lugones, Elizabeth Bishop o Adrienne Rich, que son poetas del siglo pasado que es necesario revisar. Pensamos que en el pasado está el futuro de la literatura y la poesía contemporáneas”.

Dada la complejidad del poema a la cual se refiere, se le pregunta a Mendiola si no hacen falta anotaciones como las hechas por José Emilio Pacheco a Cuatro Cuartetos, también de Eliot (Proceso, 1931), a quien por cierto dedicó su discurso al obtener el Premio Nacional de Letras en 1992. Afirma que no, puesto que el autor ya las había hecho.

Lo que hace Pacheco “con su vasto conocimiento de la literatura”, dice, es reproducir en los Cuatro Cuartetos, “que es como el hermano gemelo de La Tierra Baldía”, el mismo esquema: Eliot no hace anotaciones a los cuartetos, pero “en un acto totalmente eliotano una especie de comunicación espiritista con Eliot –¡qué cosa tan increíble! –, José Emilio prepara y publica las notas”.

–Y para usted ¿qué representa Eliot, en su vida y en su obra?

–Significa mucho. He recogido la idea de que la poesía debe tener necesariamente un aspecto dramático y que la ausencia de drama es un defecto, el poema de Eliot es profundamente dramático.