Músico y Nigromante

A la memoria de don Raúl Rodríguez Sánchez

A tono con las celebraciones –que nunca serán suficientes– por el segundo centenario del natalicio del inmarcesible Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada (1818-1879), esta columna se alegra de contribuir iluminando una de sus múltiples y asombrosas facetas que no ha sido exhibida ni aquilatada con la debida propiedad. Mas para entrar en materia son de citar las palabras que Guillermo Prieto coligió en las Memorias de mis tiempos:

“Yo, para hablar de Ignacio Ramírez necesito purificar mis labios, sacudir de mi sandalia el polvo de la musa callejera, y levantar mi espíritu a las alturas en que se conservan vivos los esplendores de Dios, los astros y los genios.”

Efectivamente, el panegírico de Prieto apenas alcanza para exaltar las dotes intelectuales y las virtudes humanas del inigualable guanajuatense –vio la luz en San Miguel el Grande, hoy San Miguel Allende– que empeñó la existencia en la consecución de sus ideales, supeditándolos siempre a los intereses de los eternos marginados y a la consolidación de una patria más justa. No estaríamos errados en declarar que la figura de Ramírez enmarca los atributos del héroe, puesto que el apego que le demostró a sus principios fue inquebrantable hasta lo inverosímil. Tanto, que no hubo torturas, excomuniones ni encarcelamientos que lo doblegaran en su afán por sacar a la nación de su atraso, ni hubo barrera que no franqueara su compromiso hacia las causas más nobles.  

Cuando se invoca su nombre, debemos hacer una tentativa para recobrar la lucidez con que se enfrentó a las sinrazones de su tiempo –no muy lejanas de las que seguimos padeciendo en el nuestro–, amén de volver a alentar la esperanza, basada en su huella y su inmaculada biografía, frente al porvenir de nuestro país. Recordarlo constituye un ejercicio indispensable de memoria cívica, que es actual y de una renovada vigencia, especialmente ahora que el Movimiento de Regeneración Nacional ha desbancado a la deshonesta y criminal partidocracia, hermana gemela de la “mafia del poder” que, también en su época, al mismo don Ignacio le tocó combatir.

Pero, ¿por dónde se empieza para hablar de las abundantes ramificaciones que la vida del prócer liberal modeló en la conciencia patria? Asentar que fue jurista, historiador, filólogo, naturalista, político, pedagogo, dramaturgo, lingüista, antropólogo, poeta, periodista, arquitecto, pintor, defensor de las garantías individuales, precursor de la igualdad de género y visionario sería reductivo, empero, sí podemos acertar que la energía vital de don Ignacio dejó una estela de conmoción e influencia que no se ha extinguido aún. Deslumbró a enemigos y partidarios con las contundentes controversias y los sagaces vaticinios que publicó en la prensa y se labró una fama, inaudita e infrecuente, de saberse comportar como un hombre recto y eminente en toda la extensión de la palabra; alguien sabio que logró reunir en su persona al político puro, al pensador de alcurnia, al enemigo acérrimo de los cotos de poder y de los dogmas, al temible polemista, al satírico opulento, al lector insaciable, al artista acrisolado en su amor por las ciencias, al educador irreductible y al individuo empático hacia el dolor de sus semejantes. En suma, podríamos enorgullecernos de ser compatriotas de semejante titán –probablemente el más ilustre de los personajes de la generación de Juárez– cuya existencia, pródiga en las letras y en la cátedra, en los gabinetes y en el parlamento, debe fungir de ejemplo vivo e imperecedero para quienes sepan valorar su legado.

Resulta arduo distinguir cuál es su contribución más trascendente, ya que todas las que emprendió lo son en su rama específica; sin embargo, podemos estar seguros que su porfía por conseguir la separación jurídica de la Iglesia y el Estado se ubica en el pináculo de su gloria. Con ello, con las Leyes de Reforma que él –el más apto del círculo masón y liberal juarista– formalizó, México se erigió como el primer Estado totalmente secularizado del orbe (tengamos presente que Francia lo logró hasta 1904). Y a este triunfo de la razón debemos sumarle que Ramírez fue, asimismo, el diputado más comprometido con la escritura de la Constitución de 1857. Comprometido y tenaz como ya se había perfilado, años antes, al fundar el Instituto Científico y Literario de Toluca, donde consiguió becar a los indígenas más brillantes –merced a esa iniciativa, surgió Ignacio Manuel Altamirano–, y donde buscó la efectiva vinculación educativa entre las artes y las ciencias, propuesta esta última de una valía incuantificable dada la encarnizada separación –hoy más acentuada– que la curricula escolar ha propugnado desde el Iluminismo. Sin que pasemos por alto su juvenil ingreso a la Academia de San Juan de Letrán, donde provocó aquel clamor rabioso que se disolvió en altercados y disputas por su discurso No hay Dios, los seres de la naturaleza se sustentan a sí mismos…

Hemos de situar, acorde con lo anterior, su obstinación por reformar el plan de estudios de raigambre colonial, siendo el primero en hacerlo, al igual que el surgimiento del libro de texto gratuito. En lo que respecta a la curricula escolar propugnada en Toluca hay que subrayar, por ejemplo, que Ramírez y su discípulo Altamirano se encargaron de la formación coral del alumnado. También tenemos que enfatizar que don Ignacio estuvo a cargo de cuatro ministerios –Justicia, Instrucción Pública, Economía y Fomento– y que fue fundador de incuantificables instituciones que hoy perviven. Con señalar algunas, la magnitud de su herencia se torna de índole casi sobrehumana:

Fundó la Biblioteca Nacional de México –la segunda, la que hoy custodia la UNAM, pues la primera fue saqueada–; la Academia de San Carlos; la Sociedad Mutualista de Escritores de la República Mexicana –antecesora de la hodierna Sociedad General de Escritores de México–, y un intento malogrado de Academia de la Lengua. Igualmente son de nombrar los observatorios astronómicos y meteorológicos que crea junto a la pensión nacional para niños sobresalientes de escasos recursos y la reorganización –aquí delegada en sus pupilos Altamirano y Gabino Barreda– de la Escuela Nacional Preparatoria.

Con respecto a su faceta de periodista, no podemos soslayar la mención de los más de 5000 artículos que publicó en la miríada de diarios que fue fundando conforme los gobiernos –particularmente los de Santa Anna– los iban clausurando. Entre los nombres de los diarios, bástenos citar a El Club Popular, Don Semplicio –en este adopta su pseudónimo de Nigromante–, Themis y Deucalión, El Clamor Progresista, La Chinaca, La Estrella de Occidente, La Opinión y La Insurrección.

Tampoco podemos omitir el reconocimiento a esa honradez sin adjetivos que lo hizo único en su clase, sobretodo en su condición de político encumbrado: cuando exclaustró a los conventos, toneladas en oro y metales preciosos pasaron por su manos y fue incapaz de sustraer un solo gramo; ni hurtó ninguno de los miles de libros y de obras de arte que tuvo a su alcance a la hora de clausurar las órdenes religiosas. ¡Quién podría imaginar que a él, a la hora de su muerte y en su calidad de magistrado de la Suprema Corte de Justicia, le faltara dinero para cubrir los gastos de su entierro…!

Mas volvamos a exhumarlo para traer a colación los datos que le dan cuerpo a este texto. Queremos proclamar, cual deber inalienable de esta columna, que el Nigromante también fue docto en el arte sonoro, y que gracias a su decidida intervención el Conservatorio pudo ingresar al sistema de escuelas patrocinadas por el Estado. Vayamos por orden: el joven Juan Ignacio Paolino aprendió a tocar la guitarra séptima –un ejemplar de siete cuerdas nacido en México–, y sobreviven relatos de que se deleitaba acompañando las vocalizaciones de Guillermo Prieto.1 Ulteriores testimonios –un salterio y un violín– son custodiados por sus descendientes y, en su decir, también fueron de su propiedad y no como objetos de ornato.2

En cuanto al Conservatorio, qué mejor que consignar su comunicado del 13 de enero de 1877 al doctor Eduardo Liceaga, entonces presidente de la Sociedad Filarmónica Mexicana (leyéndolo entenderemos que su nigromancia acaba por insertarse en los prodigios constructivos de la magia blanca y, por supuesto, denota la trascendencia que reviste para cualquier gobierno el efectivo patrocinio que debe otorgarle a la enseñanza musical de calidad):

“El encargado del Supremo Poder Ejecutivo, atendiendo a todo lo que puede contribuir al adelantamiento del pueblo por medio de la instrucción, en todos los ramos que cultivan las naciones civilizadas, ha observado que el Conservatorio de Música, para cubrir su presupuesto de 18 mil pesos, no cuenta sino con 500 anuales, procedentes de las donaciones de sus socios y con las subvenciones irregulares que recibe de la Tesorería General. Para asegurar el porvenir de tan importante establecimiento, es indispensable que el gobierno se encargue exclusivamente de sus gastos y dirección de trabajos, sometiéndolo a las reglas que son comunes para los demás establecimientos dependientes del Supremo Gobierno. En tal virtud, el Ciudadano Presidente dispone que el Conservatorio de Música figure en el número de los colegios nacionales, cubriéndose su presupuesto por la Tesorería Federal. […] El C. Presidente me manda dar las gracias a Usted y a los demás miembros de la extinguida Junta Directiva [de la Sociedad Filarmónica Mexicana], por el patriotismo e inteligencia con que han desempeñado sus funciones. Al cumplir con este deber, protesto a Usted las seguridades de mi aprecio.

Lic. Ignacio Ramírez, 

Ministro de Justicia.”  

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1 Información proporcionada por su tataranieto Emilio Arellano, quien señaló, asimismo, que una de las obras musicales favoritas del Nigromante –reutilizada por Prieto para la musicalización de una de sus piezas teatrales de su amigo– fue la jácara anónima de siglo XVII “Que no le digan el primor”. Escúchela en la página: proceso.com.mx

2 El salterio pasó a manos de su hijo el doctor Román Ramírez, fundador de la Universidad de Chapingo y en la actualidad lo preserva Eduardo Hütich Ramírez, tataranieto de El Nigromante.