“La italiana en Argel”

L’italiana in Algeri es la décimo-primera ópera de Gioachino Rossini (1792- 1868), y cuyo texto en italiano de Angelo Anelli está basado en un libreto operístico anterior, musicalizado por Luigi Mosca (1775-1824).

Se estrenó en Venecia en mayo de 1813, año del nacimiento de dos monstruos de la ópera; Verdi y Wagner. Se trata de una gozosa ópera cómica donde vemos los avatares de Isabella, que quiere rescatar a su amado Lindoro, quien se encuentra esclavizado en Argel, capital de Argelia.

El director de escena de esta producción de la Ópera de Bellas Artes fue Hernán del Riego, quien logró la hazaña de convertirla en un evento teatral. En ópera, de acuerdo a un convencionalismo, lo importante es el canto y la música, y la actuación llega hasta donde lo permita el que los intérpretes están cantando, las más de las veces, unos pasajes de máxima dificultad –lo cual resulta especialmente cierto en las obras de Rossini. 

No es la primera vez que Hernán del Riego dirige ópera; lo recordamos en Tosca y en El Elixir de amor, consciente de hasta dónde puede pedir a los cantantes sin fatigarlos. Ahora montó un entramado de ingeniosos movimientos escénicos, gestos, coreografías básicas, expresión corporal, gestualización… con poca escenografía, y logró una puesta en escena donde cada uno de los intérpretes dio lo mejor de sí –algo rara vez visto–, verdad escénica en cada uno, y de pronto el canto y la música pasaron a un segundo plano. Cada solista era un personaje independiente y creíble. Lástima que a ratos el coro estaba formado en una hierática doble fila. Con todo, el trabajo escénico de Del Riego resultó como hacía mucho no veíamos uno en Bellas Artes: impecable y encomiable.

La escenografía de Jorge Ballina es, una vez más, garantía de calidad. Iluminación de Ingrid SAC, vestuario de Violeta Rojas. La orquesta del Teatro de Bellas Artes, en esta producción de La Italiana en Argel, fue dirigida por Srba Dinic, y sonó más que decorosa. El maestro, sin ser un experto rossiniano, consiguió un trabajo pulcro y transparente, de gran eficacia. Se agradece que no corriera, como actualmente se usa en todo el mundo, pero no nos cansaremos de decir que a Rossini hay que interpretarlo en la afinación en la que él compuso su obra, 432 Hertz. ¿Por qué a 440? En varios teatros de ópera del mundo y en grabaciones se busca ya esta afinación.

El elenco, encabezado por Guadalupe Paz –joven cantante tijuanense que se especializa en Rossini y lo interpreta de maravilla, de aspecto jovial, llena de frescura–, actúa espléndidamente. Está dotada de la auténtica voz de mezzosoprano que maneja con creciente maestría; a ratos se escucha poco su voz, pero así ha de ser el canto rossiniano, sin excesivo volumen ni vociferaciones. Paz se presenta regularmente en diversos teatros del mundo.  

Lindoro, un muy difícil personaje para “tenor contraltone”, fue interpretado por Édgar Villalba, quien nos sorprendió gratamente por lo brillante e inteligente de su desempeño; muy mesurado. Si se hubiera desbocado no hubiera podido con el encargo; pecó a ratos de poco volumen, pero al no dejarse llevar por la emoción hizo lo correcto, pues eso podría haberse cansarlo y hacerlo fallar.

Angélica Alejandre, soprano, cantó muy bien el rol de Elvira, esposa de Mustafá. Un poco estridentes algunos agudos, nada que no se pueda corregir. Mientras este personaje fue encarnado por el chileno Ricardo Seguel, bajo barítono, quien supo dosificar y aligerar su voz, que a ratos mostraba en todo su impresionante caudal. Y el barítono Josué Cerón como Taddeo posee un histrionismo singular que lo luce en la ópera bufa.