Foro de la Cineteca: “Cuervos”

El primer largometraje del ilustre fotógrado sueco Jens Assur, incluido en el programa de este 38 Foro Internacional de la Cineteca, es un ejemplo claro de la misión de él: presentar películas de difícil acceso a la cartelera comercial.

Cuervos (Korparna; Suecia, 2017), adaptación de la novela de  Tomas Bannerhed (2011), expone el drama de una familia de granjeros en la Suecia de 1970 en el umbral de la modernidad que acabaría casi por borrar la cultura rural del país. La historia se concentra en la relación entre Agne (Reine Brynolfsson) y Klas (Jacob Nördstrom), su primogénito de 15 años; el curtido granjero trabaja sin descanso para mantener en pie la granja que la familia ha llevado por todo un siglo, pero al chico sólo le atraen la aves, y prefería romper la cadena.

Meter cuña en esa cadena de ciclos que se repiten año tras año a través de estaciones y clima hostil, de tierra dura y fría, como de padres a hijos, siginifica azuzar a los cuervos y provocar al destino. Con pocos diálogos, Assur ilustra el drama con base en imágenes empeñadas en cargar el mensaje de esta tradición patriarcal donde las mujeres son sumisas y el hijo debe ocupar, inexorablemente, el lugar del padre. El director no gasta la saliva de sus actores en discursos contra el sistema; el frio y la niebla, la realidad física, se encargan de imponer la ley del padre como único camino.

Jens Assur, otrora fotoreportero en Somalia y Ruanda, no se haya a cargo de la cinematografía, pero impone una historia en cada imagen, en la que no hay lugar para el lirismo o la contemplación a la que se prestaría el contacto con la naturaleza y el campo; para él, la foto debe mostrar la realidad, y ésta siempre es cruda. Las aves y el cielo, que muestran la vocación de Klas, funcionan como parte de un código de opuestos donde la tierra se opone al cielo, como el padre a las aspiraciones del hijo. Desde el inicio, la mecánica de sólidos, la física de la roca y el metal, transmiten el determinismo del régimen patriarcal, como injusticia, sí, pero más como ley que impone la naturaleza.

Por eso la piel curtida de Agne, el rostro y las manos tienen la misma textura del lodo y del hierro oxidado; engendro de la tierra, este patriarca, sometido, encadenado a la ley del padre –como al latifundista que le alquila la granja–, está a punto de perder su condición humana. El deterioro mental se expresa meramente como ley física. Difícil para un hijo con vocación de ornitólogo asimilarse a esa figura que amenaza con encajarlo en el suelo.

La interpretación que logra Reine Brynolfsson costó un año de preparación hasta convertirlo en ese personaje que repele y fascina; Jens Assur traslada el punto de vista, que en la novela se haya a cargo de Klas, hacia Ange, cosa que permite verlo también como víctima de un destino impuesto por el régimen que termina por encarnar.