Estrategias fallidas del PAN y el PRI

Los resultados electorales son consecuencia de un conjunto de factores que se conjugan para producirlos. En el caso de los comicios presidenciales del domingo 1 hay dos elementos que han sido muy analizados: el repudio ciudadano a la corrupción, así como la inseguridad imperante en el ámbito nacional y la tenacidad y moderación de Andrés Manuel López Obrador, el candidato impulsado por la coalición Juntos Haremos Historia, conformada por Morena, PT y PES.

En contraste, no se ha puesto la atención debida al impacto de las innovadoras estrategias adoptadas por el PAN y el PRI, los partidos con mayor participación electoral. Los números muestran que ambos se equivocaron de manera rotunda.

Con respecto al PRI, por primera ocasión postuló a la Presidencia de la República a José Antonio Meade Kuribreña, un candidato externo con la intención de captar el voto útil blanquiazul y para mitigar –así fuera mínimamente– el desprestigio que encabeza el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Por lo que atañe a Acción Nacional, la apuesta de Ricardo Anaya Cortés fue la alianza con el PRD y Movimiento Ciudadano (MC), un esquema que le dio buenos resultados en los comicios estatales, particularmente los de 2016 y 2017. Aprovechando la reforma constitucional de 2014, eso permitió a los panistas vender la idea de un cambio de régimen al optar por una coalición que, según ellos, implicaba un mayor equilibrio entre el Ejecutivo y el Legislativo.

En el reportaje titulado Meade y Anaya, repudiados por correligionarios y “aliados” (Proceso 2176), el reportero Mathieu Tourliere muestra cómo ambos contendientes presidenciales obtuvieron de manera sustantiva menos sufragios que los candidatos de sus coaliciones a diputaciones federales. En el caso de Meade, “sólo siete de cada 10 personas que votaron por un diputado federal del PRI, del Panal o del PVEM emitieron su voto a favor” de su candidato presidencial. 

En el caso de Anaya, según el mismo reportaje, “dos de cada 10 mexicanos que votaron por un diputado federal del PAN, del PRD o de MC le dieron la espalda”.

Pero el voto diferenciado no fue la única consecuencia de las estrategias fallidas de ambas fuerzas políticas. En realidad, los dos partidos perdieron un número muy importante de sus votantes tradicionales. Esto se evidencia al hacer una revisión histórica del PRI y el PAN a partir del año 2000, cuando se dio la primera alternancia en el Poder Ejecutivo. Del inicio del milenio a la fecha, el listado nominal de electores creció 51.83%, al pasar de 58 millones 782 mil 737 potenciales votantes a 89 millones 758 mil 595. Sin embargo, el número absoluto de sufragios que recibió cada una de esas dos organizaciones políticas disminuyó.

De acuerdo con esta revisión, no sólo obtuvieron un menor porcentaje de preferencia ciudadana, sino que perdieron electores. En el 2000, Vicente Fox, el candidato de la coalición PAN-PVEM, obtuvo 15 millones 989 mil 636 (poco más de 42% de los votos); en la jornada del domingo 1, la Coalición por México al Frente, conformada por PAN, PRD y MC, obtuvo únicamente 12 millones 610 mil 120; es decir, 3 millones 379 mil 516 sufragios menos, equivalentes a una disminución de 21.13%, poco más de una quinta parte de los sufragios. Pero la pérdida de votantes se da incluso contra la elección presidencial de 2012, cuando Josefina Vázquez Mota, en ese año postulada únicamente por el PAN, obtuvo 122 mil 510 votos más de lo que logró Anaya hace tres semanas.

En el caso de Meade, el escenario es más catastrófico. El PRI perdió 4 millones 289 mil 865 votos con respecto a los 13 millones 579 mil 718 que logró Francisco Labastida en el 2000; es decir, 31.89% menos, casi una tercera parte de votantes. Si se compara con el peor resultado electoral en una elección presidencial –la de 2006, cuando Roberto Madrazo fue el candidato– el priismo apenas logró 52 mil 853 sufragios más, si bien consiguió 9 millones 868 mil 739 menos que Enrique Peña Nieto hace seis años. En otras palabras, perdió más votos de los que conservó, pues únicamente sufragaron por él 9 millones 289 mil 853 ciudadanos.

La disminución del número absoluto de quienes votaron por los candidatos de las coaliciones Por México al Frente y Todos por México es más dramática en el caso de las elecciones presidenciales. Un análisis de los resultados de los dipu­tados federales revela que, en el caso de la alianza encabezada por el PAN, el crecimiento es mínimo –de apenas 1 millón 291 mil 559 votantes (el 9%), mientras que en el caso del PRI hay una disminución de 372 mil 758 (el 2.7%).

El problema no está únicamente en los porcentajes de votación –que se redujeron a menos de la mitad en el caso del tricolor y a las dos terceras partes aproximadamente en el caso del blanquiazul–, sino que en realidad perdieron votantes o éstos crecieron mínimamente (1.3 millones), comparado con un crecimiento del número de electores de un universo de más de 30 millones.

Es evidente que las estrategias de ambos partidos no únicamente afectaron a los candidatos presidenciales. El impacto alcanzó a los candidatos a los demás puestos de elección popular, particularmente a quienes buscaban una diputación federal. En el caso de los priistas, también afectó a los abanderados a las gubernaturas, ya que perdieron en las dos entidades que gobernaban y no lograron ganar ninguna de las nueve en las que compitió; mientras tanto la coalición encabezada por el blanquiazul logró rescatar cuatro, pero perdió las tres en las que gobernaba su aliado, el PRD.

A la debacle de las dos fuerzas políticas que hasta antes de la jornada del domingo 1 conseguían las mayores preferencias electorales, contribuyeron de manera importante sus propios errores, pues de otra manera no puede explicarse la pérdida en el número absoluto de sufragios con respecto al inicio del milenio: la lista nominal de electores creció en más de 30 millones y sus votos disminuyeron o crecieron en poco más de 1 millón.