“The day after”

El Apocalipsis debiera ser, como la palabra griega lo indica –“presentar las cosas escondidas”–, una labor de los medios periodísticos. Pero en su acepción popular –el fin de los tiempos en forma de destrucción– ahora es un deseo de la rancia oligarquía mexicana. Antes de la elección, desde los organismos empresariales se presentó como imágenes de enfrentamientos contra la policía, insultos entre candidatos y la percepción de la disolución del país. Esta semana, en voz de los que no aceptan la victoria electoral del hombre común, la destrucción que ya no fue ni en las calles llenas de celebraciones ni en el valor de la moneda, el ansia de catástrofe ve en todo la señal del ángel que toca la trompeta: la mayoría más votada en la historia electoral del país es “concentración autoritaria del poder”; los anuncios de cambios para descentralizar, abatir privilegios de los altos mandos del servicio público y quitarle a los gobernadores algunas posibilidades de que le depositen el presupuesto de su estado a la cuenta de sus esposas, son “ocurrencias”, “caprichos peligrosos”. Ante la idea de que el presidente López Obrador viaje en líneas aéreas comerciales, aparece la Puta de Babilonia: “Pone en riesgo a los demás pasajeros”. Mi preferida fue la reacción en la televisión de alguna comentarista de deportes ante su propia Bestia de los Últimos Días, el “consumir lo que producimos”:

–¿Qué va a pasar si no podemos venderle aguacate a Estados Unidos? ¿Todos los días vamos a comer guacamole?

Más allá de la vulgaridad con la que se ha confundido la opinión, el ansia de que colapse de alguna forma la decisión de 30 millones de electores, que le vaya mal a López Obrador, y que todo termine en una ruina cuyo único objetivo es darles la razón a quien lo advirtió, me señala que todo Apocalipsis es, en realidad, una justificación de la idea de orden. Todo cambio que se propone se contesta con la idea de que el país anterior no estaba, como sí lo pensaron los 30 millones de votantes, en ruinas. Me resulta curioso que la rancia oligarquía mexicana se haya alejado tanto de las castas inferiores –a las que desprecia tanto que llega a sugerir que no debían tener derecho al sufragio– que no pueda sino tomar con estupor el cambio que se avecina. Que se niegue a aceptarlo y que sus voceros, oligarquía de los mártires, se hayan convertido en estos días en la secta de los elegidos que saben cómo terminará todo. 

El ejemplo está en Macbeth, de Shakespeare. Al principio, las brujas se preguntan cuándo se volverán a encontrar, “si en el trueno, el relámpago o la lluvia”. Y la respuesta es una profecía que, como todas, tiene que ser tan ambigua como un volado: “Cuando finalice el estruendo/ Cuando la batalla esté ganada y perdida”. Como escribe Frank Kermode en El sentido de un final, el ansia de profetizar es “un deseo de sentir el futuro en el instante”. Hay una angustia entre lo que constituye un “sistema” y lo que parece la “realidad”. Lo que se desea y lo que está predestinado en Macbeth, en el presente mexicano toma por sorpresa a la oligarquía entre la irresponsabilidad pasional de los votantes y lo que “realmente” se puede hacer: los nuevos brujos, los “técnicos”, nos dirán, no las masas enloquecidas por el rencor. “Si con hacerlo, quedase hecho”, exclama Macbeth, y lo que desea es imposible: que sus actos no tuvieran consecuencias en el tiempo. Este presente eterno, sin consecuencias, es el que se termina en México con el resultado del 1 de julio. Ante el agobio de Macbeth de tener que actuar y que su futuro contenga, a la vez, la cara y la cruz, su esposa le cuestiona: “¿Estaba ebria, entonces, la esperanza?” 

Ese tiempo eterno en el que se actúa sin consecuencias tiene un registro político en México. Le llamamos “impunidad”. Quienes lo perpetuaron, ahora claman al cielo para que venga el final del tiempo, otra forma de eternidad. Del lado de la enorme mayoría de votantes, hay la sensación de que nuestro presente guarda una relación extraordinaria, por primera vez, con el futuro. Vivimos un punto cardinal y es un tiempo privilegiado en su relación con lo “histórico”. Sentimos un “sentido de época”. De la decadencia a la renovación, para usar los términos que William Butler Yeats usó en su poética apocalíptica. Escribió Yeats en 1927 que sentía “un advenimiento, un influjo multiforme y antitético”. Lo llamó “momento transicional” y lo imaginaba como un hombre viejo encogiéndose mientras el joven se ensanchaba. Ambos se penetraban y confundían. Esa visión poética, a semejanza de las de William Blake, es tan vieja como la de que los sueños nos coman vivos. 

La narración más antigua de esto la encontramos en la Cábala. Comienza con una frase perturbadora: “Un bebé nació de un sueño de Isaac y de su emisión nocturna. Rebeca no lo sabía”. El secreto consume a Isaac y planea decírselo a Rebeca en una comida preparada, con una carne hervida. El culposo marido comienza contándole a la esposa que, mientras leía en un sueño, sobre Adán y Eva, la serpiente se le apareció en forma de mujer. Que ésta le dijo: “Mira tú, ratón de biblioteca, puedo leer tu mente”. Durante varias noches, ocurrió ese sueño hasta que, una noche, la mujer no apareció sino que entró una niña. Rebeca la echó fuera de la casa pero la bebé se puso a chillar. Entonces, la esposa tomó un cuchillo, le cortó los bracitos y el cuello. Los vertió en una olla con agua hirviendo y “algunas verduras”. Durante todo este acto, Isaac permanece paralizado por el terror. Rebeca, entonces, comienza a reprocharle sus eyaculaciones nocturnas, que lo han dejado “seco”. De pronto, como en Macbeth, hay un toquido en la puerta. Es un mendigo que pide comida. Está ciego y se niega a comer de lo que Rebeca tiene preparado. La Cábala no nos aclara si la comida ofrecida es la bebé pero lo sugiere el final de la historia: Isaac y Rebeca se abrazan, “como enredaderas de vid”. Ambos están aterrorizados por un sueño que puede volverse real. No saben, de hecho, si están o no dentro del sueño y quién está soñándolos. Es justo lo que nos sucede entre el sueño y la vigilia, ese momento de “ensoñación” que para Roland Barthes era la luz de una vela: sus sombras crean monstruos pero, también, mundos posibles. Es el momento “transicional” que Yeats siente mientras escribe sus “revelaciones”. No es ni una pesadilla ni el alivio de haber vuelto de ella. Es las dos pero no lo sabemos con certeza.

El toquido en la puerta se ha considerado como el regreso de las ensoñaciones de Macbeth a la realidad: su crimen tendrá consecuencias, aunque todavía no sepa cuáles. De igual manera usamos las metáforas del “despertar” con arraigos políticos. A los apocalípticos del “día después” mexicano acaso les ocurra lo que le sucedió al propio texto del Apocalipsis. Redactado en el año 94 después de Cristo por Juan de Patmos en una cueva, durante siglos ha sido el sinónimo del mal, la destrucción y la ruina, aunque fuera concebido para dar esperanza pues, tras los reinos del mal, sobrevendría la victoria del jinete del caballo blanco sobre el dragón y la aparición de la ciudad celestial. Lo que recordamos de él es el terror antes de un final y las miles de interpretaciones del presente como una serie de signos para saber cuándo, en qué fecha, y bajo qué condiciones, se terminaría el tiempo humano. “El punto en que todos los tiempos estén presentes”, según Dante, se aprendió a ver desde el presente al futuro. Según Claudio Magris, el deseo de Apocalipsis es “el de dominar la propia extinción con la imagen de una muerte universal”. En ese punto creo que la oligarquía y sus voceros se encuentran. Pero cabría recordar el propio final del texto de Juan de Patmos. Después de siglos de proyectar en él nuestras angustias, el historiador Eugenio Corsini nos hizo otra revelación: lo que se dice en la narración ya había ocurrido y es, nada más, el suceso de la pasión-muerte-resurrección de Jesús, enmascarado en imágenes alucinantes como pesadillas. 

Y sí, mucho de lo que ven como el peligro del futuro, en realidad, a la mayoría, ya nos ocurrió.