“Caniba” en el Foro de la Cineteca

A principios de la década de los ochenta, un diagnóstico declaró a Issei Sagawa no apto para ser llevado a juicio en Francia. Fue recluido en un psiquiátrico del que salió un par de años después a causa de una enfermedad que parecía incurable. De vuelta en su país natal, este estudiante japonés que había asesinado, almacenado en el refrigerador y comido en gran parte a una compañera holandesa de la Sorbona, no fue condenado, y terminó convertido en una especie de celebridad.

Caniba (Francia, 2017) es el documental dirigido por Véréna Paravel y Lucien Casting-Taylor en el que entrevistan a Sagawa, ahora incapacitado por la diabetes y una embolia reciente, y al cuidado de Jun, su hermano menor; en planos fijos, acercamientos construidos a base de focalizaciones y fueras de foco, como si el rostro del caníbal se condesara y diluyera, el llamado vampiro de Japón habla sobre sus gustos y experiencias, de qué manera ha vivido en un suburbio de Tokio como cualquier hijo de vecino, los mangas que ha hecho sobre su crimen, las películas porno en las que participó, y hasta de la época en que fue crítico de restaurantes (de sushi, por supuesto).

La psicopatía familiar se extiende a Jun, el hermano que cuida a este antropófago de 68 años, y quien exhibe su propio gusto por la autoflagelación, como para no quedarse tan atrás en esta relación de amor y odio; con la imagen desarticulada de la palabra, las voces de los hermanos se confunden por momentos; en el día a día que documenta Caniba, las entrevistas indagan sobre familia, infancia o el gusto actual del señor Sagawa, en el filo del infantilismo, por los animalitos de peluche, las películas de Disney y hasta el “pain au chocolat”.

Pero la indagación sobre antecedentes familiares, infancia sobreprotegida, o la visualización de un aborto de la madre de Sagawa –anhelo aparente del niño de alimentarse del feto o de regresar al cuerpo materno–, no persigue la explicación psicológica; tampoco la permanencia del deseo que lo llevó al acto, incluso la fantasía de terminar, a su vez, devorado por otro caníbal, que ostenta Sagawa, propone una forma de diagnóstico.

La ambición de esta pareja de realizadores, Paravel y Casting-Taylor, antropólogos de formación, que los lleva a renunciar a cualquier forma de juicio moral, donde el dictamen psiquátrico, la patología, terminaría por tranquilizar al espectador, propone una conclusión escalofriante: este impulso sería sólo una forma extrema de expresión de lo humano, de la trasgresión de un tabú. El monstruo, en tanto que prodigio, parece exento de arrepentimiento que apenas diluye con la sonrisa del niño que cometió una travesura. 

Si bien Caniba pasa por usos culturales propios del Japón, porque de ahí proviene Sagawa, la opción de filmar todo el tiempo dentro de su reducido habitat termina por borrar lugares comunes acerca de la cultura japonesa, y obliga al público a soportar, a puerta cerrada, la claustrofobia que provoca la cara de Sagawa; y como todo infierno, es imposible acostumbrarse a él.

Por algo la esfinge, por monstruo que fuera, tenía rostro humano.