Marte

la semana pasada la Agencia Espacial Europea descubrió agua en Marte. Se trata de un lago bajo la superficie congelada. De nuevo, se comenzó a pensar en un viaje de astronautas que vayan y regresen en un año –el planeta está 300 veces más lejos que la Luna– porque, de poder sacar el agua, podría procesarse hidrógeno como combustible y oxígeno para que respiren. Pensar en el universo es imaginar lo que no tiene medidas humanas: todo está muy lejos –tanto, que las estrellas que vemos son el pasado de ellas mismas– y es hostil. Un verano marciano es de cero grados y una noche tibia es de 120 bajo cero. A diferencia del viaje a la Luna de 1969, los astronautas no podrán voltear y ver el lugar del que provienen y que significa todo, absolutamente todo, lo que son: la Tierra. Desde Marte sólo verán la nada. O, peor aún, las dos lunas de Marte, miedo y susto: Fobos y Deimos. No tendrán tampoco forma instantánea de comunicarse con la Tierra ni de usar el tranquilizador: “Houston, tenemos un problema”. Tendrán que enfrentar el problema de estar con otros en una cápsula durante tres años y no matarse. Para ello, tendrán un software que es un psicólogo y cuyo diseño, a cargo de la Universidad de Dartmouth, está inspirado en Hall 9000, la computadora que se niega a ser apagada en la película de Stanley Kubrick, Odisea 2001, y que termina por asesinar a su tripulación. 

El viaje hacia el espacio entraña la idea de crear un paraíso celestial para los humanos. El paraíso perdido, la Tierra nublada por la contaminación, tiene islas de plásticos, se calienta por el exceso de vacas y empresas extractivas. El afuera, el espacio ya no es el terror de ser invadidos por extraterrestres, sino lo que transmite precisamente la cinta de Kubrick que, por estos días, cumple 50 años de exhibida: la nada, el silencio, el aburrimiento, la soledad. 

No siempre fue así. La célebre transmisión de Orson Welles de su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de H.G. Wells el día de Halloween de 1938 provocó la reacción de algunos de los más de 1 millón 700 mil escuchas de salir a enfrentar a los marcianos con rifles, esconder a sus hijas en los graneros o gritar sin control como hacían las voces que Orson Welles había copiado del incendio del zepelín Hindenburg. Tres años después, mientras Welles leía poemas de Walt Whitman, la transmisión se interrumpió para anunciar el ataque de los japoneses sobre Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Nadie lo creyó. Nosotros nos atacamos entre nosotros. Somos nuestros propios marcianos.

El interés por Marte como lugar de exilio –más que como Dios rojo de la guerra sanguinaria– comenzó en 1877 cuando los astrónomos descubrieron los canales. Se pensó que eran una red hidráulica construida por marcianos hasta que, el mismo científico que descubrió el hoy defenestrado Plutón, demostró que sus líneas eran producto de la aridez. De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, se había publicado en 1865 y el viaje real, el del “gran paso para la humanidad” copió el lugar del lanzamiento en Florida, el artefacto balístico, y la tripulación, es decir, tres personas. Para 1901, H.G. Wells publica su versión del viaje, Los primeros hombres en la Luna. Ahí anuncia la existencia de “la bomba atómica” y una sociedad en 2036 en que la individualidad desaparece. Inventó, además, la máquina del tiempo, un hombre invisible, y la guerra de los mundos, entre nosotros y los extraterrestres. Es una guerra sin motivos explícitos de los marcianos. Sólo el avance de una invasión que no se detiene, a pesar de nuestra tecnología, y cuyo empuje sólo se frena por obra de los microbios terrestres. 

Marte, para nosotros, siempre es lo “errático”, lo “marciano” como raro, acaso porque, con su estudio, Kepler describió las órbitas, no circulares, sino elípticas de los planetas que tienen al sol, no como centro, sino como uno de sus focos. Lo “lunático” es, por contraste, demente. Lo “marciano” es lo que tiene un método que no alcanzamos a comprender. El mismo Kepler escribió en 1634 una novela del viaje estelar pero no escogió Marte sino su competidor en nuestro imaginario espacial, la luna. Fue un lector suyo, Huygens el que, en 1698, describió cómo podrían ser los marcianos: parecidos a los humanos, tenían una sociedad mejor organizada. Es desde ese momento que lo marciano pasó a ser territorio utópico, un nuevo principio, una nueva oportunidad para los errores de nuestra especie. Se especula- que los marcianos se desarrollaron pero, como los mayas, se extinguieron, dejando a la intemperie presas, redes de agua y hasta una ciudad –una mancha más oscura en su superficie. Es hasta que, a mediados de los años sesenta del siglo XX cuando se empiezan a mandar naves para observarlo, caemos en la cuenta del desierto: Marte es árido, congelado, inha-bilitado. Con volcanes de 27 kilómetros de alto y abismos de más de 10, con climas cuya máxima temperatura es 30 grados y la mínima, menos 140, Marte pudo haber tenido vida, como lo suponíamos desde finales del siglo XVII, pero quizás sólo microbiana. Una especie de melancolía de la vida que no alcanzó a desarrollarse. Los habíamos pintado y filmado como nosotros, pero con cabezotas y esas orejas afiladas que no tenían un uso claro, habida cuenta de que eran telépatas. 

La generación de George Lucas y Steven Spielberg recibieron dos versiones del exterior espacial: una zaga de caballería con naves espaciales y el encuentro con seres dotados de inteligencia, La guerra de las galaxias, y Encuentros cercanos del tercer tipo, ambas filmadas en 1977. Dos años después, Ridley Scott hizo Alien, un monstruo que carecía de razones para la violencia, salvo reproducirse. Con E.T., el viaje estelar se transformó, más bien, en uno hacia la infancia. Son nuestras propias proyecciones en lo visible desde la Tierra pero desconocido por experiencia: lo épico, lo místico, lo violento. 

Sin duda es la homérica Odisea 2001 de Stanley Kubrick, escrita con Arthur C. Clark, la que, 50 años después, nos sigue hablando sobre el silencio de nuestra existencia cósmica. Empezó en un cuento, “El Centinela” y, tras tres años de trabajo, se convirtió en una novela que explica el proceso para hacerse película, Los mundos perdidos de 2001. A diferencia del monolito que encuentran los simios y cuya búsqueda emprenden los astronautas, en la novela es una pirámide y no tiene el sentido místico que Kubrick le dio. Señala Clark que es el conocimiento, “porque entre esos homínidos del inicio y el renacimiento del nuevo hombre, existimos nosotros, los hombres de la tecnología”. Lo más notable, al menos para mí, es la adaptación de una novela en una película que, de los 141 minutos, sólo en 40 hay diálogos. Las primeras frases de la cinta son: “Here you are” y “See you on the way back”. Dos oraciones que carecen de sentido: estar, regresar, no tienen dimensiones fuera de nuestro planeta. Quizás por eso, todos los astronautas parecen dormidos, soñolientos y callados. Están abrumados por la nada sobre la que se trasladan en busca de algo que, desde los simios, jamás entienden. Cuando uno como espectador le pregunta a su acompañante qué piensa que puede significar el monolito, somos tan obtusos como los monos. En una entrevista en su casa de Ceylán, Clark lo explicó así:

“Somos semicivilizados, capaces de afecto y fraternidad, pero siempre en la necesidad de ir hacia una forma superior de existencia. Existen formas de destruir el planeta y tratar de impedir esa catástrofe requiere más que planeación y cooperación mutuas. El problema es esencialmente moral.” 

Ese es el problema cuando nos imaginamos colonizando Marte: somos los mismos capaces de matarnos en el trayecto, como sucedió en un experimento en 1999 en el Instituto de Problemas Biomédicos de Moscú. Era la fiesta del 31 de diciembre y los dos rusos encerrados desde hacía seis meses en una cápsula, se partieron mutuamente la cara. En el camino, trataron de violar a la astronauta canadiense, Judith La Pierre. No menos importante es la pregunta sobre quién podrá colonizar el planeta con invernaderos y fábricas de oxígeno. La respuesta, al menos, por ahora es: quien tenga el dinero para pagarse su salida del contaminado planeta Tierra. 

Todo esto es quizás lejano, pero nos recuerda que, cuando alzamos la cabeza para mirar las estrellas, el presente sólo es el de nuestra infinita soledad.