Civiles sirios, entre la espada y la frontera

Los sirios afirman que el caza Sukhoi 24 de su fuerza aérea se mantuvo sobre su territorio nacional, sin penetrar el espacio aéreo de Israel, este martes 24. Los israelíes aseguran lo contrario, que entró dos kilómetros antes de regresar. 

Aunque las sirenas antiaéreas sonaron en algunas poblaciones, nadie cree que el caza tuviera intenciones de atacar en Israel: la nave participaba en operaciones de bombardeo contra fuerzas del Estado Islámico en el lado sirio (esa organización lanzó dos cohetes en dirección a Israel, lo que provocó un bombardeo de represalia el miércoles 25). 

Los mandos israelíes, sin embargo, tomaron la decisión de derribar la nave.

Es una evidencia no sólo de que los combates de la guerra siria están llegando más cerca de territorio israelí de lo que el gobierno de Benjamín Netanyahu está dispuesto a permitir; también es una muestra de su disposición a dar los golpes que crea necesarios para mantenerlos lejos; y además, confirma que el régimen sirio está muy por debajo del israelí en capacidad militar.

Más allá de la espectacularidad bélica, este punto de conflicto acarrea una crisis humanitaria focalizada, parte de la que sacude a toda Siria.

La operación del ejército de Bashar al Assad para reconquistar el suroeste del país avanza a ritmo veloz. Entre los pocos obstáculos que enfrenta, sin embargo, está el de unas 300 mil personas –según los ­cálculos de los organismos humanitarios– que tratan de huir para evitar los combates y las represalias de las fuerzas gubernamentales. Su ruta de escape, sin embargo, se ve cortada de manera insalvable: la ofensiva los arroja contra la frontera más impermeable de la región: la de los Altos del Golán. Del otro lado ondea la bandera con la estrella de David. Están atrapados entre la espada e Israel.

La provincia de Daraa –punto de inicio de las manifestaciones pacíficas de marzo de 2011, que fueron reprimidas sangrientamente por el gobierno sirio y dieron pie a la revolución– ha sido capturada casi por completo por el ejército de Siria y las fuerzas extranjeras que lo apoyan: rusas, iraníes y milicias chiitas leales a Teherán. 

La última provincia faltante es Quneitra, donde resisten miembros de varias organizaciones rebeldes, en una delgada franja a lo largo de la frontera con el Golán (territorio sirio ocupado por Israel desde 1967), y unos mil 200 combatientes del Estado Islámico, en Nawa, un bolsón pocos kilómetros al sur.

En su huida, decenas de miles de civiles se han apretujado frente a las vallas del Golán desde las que vigilan las tropas israelíes, bajo la creencia de que el gobierno de Assad evitará provocar a ese ejército con el que ha mantenido la paz durante 50 años, con enfrentamientos esporádicos que siempre terminan mal para los sirios.

El gobierno de Netanyahu ha dejado claro que no admitirá refugiados en su país. Sus fuerzas mantienen la operación Buen Vecino, mediante la cual el 29 de junio transfirieron 300 tiendas de campaña, 13 toneladas de comida, 30 toneladas de ropa y calzado y suministros médicos a territorio sirio, para aliviar la situación, según un post publicado en Facebook por Avichay Adraee, portavoz del ejército israelí.

A su vez, el ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, declaró en un tuit el mismo día que proveerán ayuda a los civiles, pero los “intereses de seguridad de Israel” son prioritarios y “no aceptaremos ningún refugiado sirio en nuestro territorio”.

Jordania, que ya mantiene campamentos con 1 millón 300 mil asilados, ha manifestado que no admitirá a más.

Entre los desplazados hay varios grupos que reclaman atención particular por su temor a ser objeto de especial violencia si los capturan. Entre ellos, por ejemplo, se encuentran al menos 70 periodistas sirios que, con base en el historial de violencia contra los reporteros que distingue al régimen, asumen que serán torturados y asesinados. El Comité para la Protección de Periodistas ha hecho un llamado a Israel y Jordania para darles paso seguro.

Sin embargo, la única excepción que se ha hecho es con el grupo Defensa Civil Siria (los llamados Cascos Blancos, especializados en rescate de personas) para el que Washington y la Unión Europea solicitaron tratamiento especial: durante la noche del viernes 20 al sábado 21, Israel permitió la entrada de 800 personas –entre miembros del grupo y sus familiares– que de inmediato fueron escoltados a Jordania.

Juego de largo plazo

El gobierno sirio respondió con prudencia al derribo de su aeronave. No era la primera que perdía: otro Sukhoi 24 fue destruido en vuelo en septiembre de 2014, también bajo la acusación de haber ingresado a territorio israelí.

El antecedente más inmediato tuvo lugar el pasado lunes 23: los radares israelíes detectaron dos cohetes SS-21 que aparentemente se dirigían a su territorio, por lo que se activó Honda de David, un escudo defensivo de misiles. Se trató de incidentes separados; ambos proyectiles cayeron en Siria y en ningún caso se considera que el objetivo fuera Israel, sino las milicias rebeldes. 

Pero la estrategia de defensa israelí se basa en una enorme proyección de fuerza para disuadir cualquier tentación de atacarlo, y tirar naves sirias es una manera de hacerlo.

En Israel, los medios de comunicación suelen contar con periodistas especializados en temas militares, que se dedicaron de inmediato a valorar los incidentes. El consenso inmediato fue que Siria no tiene con qué competir: circularon gráficas con los detalles de los Sukhoi 24, cazas rusos fabricados en los setenta, que son utilizados por ejércitos de tercera clase, como los de Ucrania, Kazajistán, Libia y Siria. Nada que impresione a la ultramoderna aviación israelí o que pueda superar sus escudos de misiles.

Estos analistas coinciden en que no es inminente una guerra entre los dos países: lo que quiere el gobierno israelí es marcar con claridad sus líneas rojas, y el de Siria, concluir su misión en Daraa y Quneitra. 

Una vez que lo haga, habrá un nuevo equilibrio en la zona. Pero la preocupación de Netanyahu no es el ejército sirio, sino las tropas de Irán y sus milicias chiitas, de quienes teme que ocupen posiciones permanentes cerca de la frontera: en caso de conflicto, le servirían a Teherán para lanzar ataques contra territorio israelí. 

El lunes 23, dos altos funcionarios de Rusia (el país que en realidad manda en Siria), el ministro de exteriores, Sergey Lavrov, y el comandante del ejército, Valery Gerasimov, hicieron una visita inesperada a Jerusalén. Su propósito fue asegurarse de que Israel no impedirá que el régimen de Assad recupere el suroeste y a cambio, brindar garantías de que no permitirán que Irán se aproveche de la situación, impidiendo que sus tropas se acerquen a menos de 100 kilómetros, según los especialistas israelíes.

Netanyahu exige además la retirada de Siria de todos los combatientes y de los misiles iraníes de largo alcance, un alto a la construcción de cohetes para Hezbolá y el fin del contrabando de armas hacia Líbano, pero todo eso sigue siendo materia de discusión.