Repensar la publicidad oficial

El escándalo que significa haber gastado 37 mil 733 millones de pesos en publicidad oficial entre 2012 y 2017 y 51 mil 663 millones de 2011 a 2017, da pie a preguntarse si es suficiente con cortar a la mitad el gasto en este rubro. Aún sin considerar que lo presupuestado fue de alrededor de 2 mil millones.

A partir de 2011 se dispara el egreso ejercido por sobre el aprobado para alcanzar su pico en 2016 en que se dispuso de 9 mil quinientos millones de pesos. Habría que repensar por completo la utilidad de erogar fondos –hoy necesarios en rubros de educación, cultura, salud, vivienda–, pues para las campañas sociales existe un 1.25% del tiempo en radio y televisión para que el Estado disponga de éste.

En medios impresos bastaría con fijar un tope de erogación, así como el tipo de informaciones susceptibles de ser publicitadas por el gobierno.  Para otorgar el subsidio sería indispensable probar que existe un mínimo, determinado por ley, de circulación en papel y/o visitas en internet, aunque sin atar dichos números al aumento o disminución de lo publicitado y pagado. De esta manera se desligaría la línea editorial de la obtención de fondos gubernamentales. El gobierno ganaría al verse libre del chantaje que significa obtener notas favorables a cambio de una paga abultada.

La sociedad, por su parte, dejaría de verse acosada por los spots de la Presidencia de la República, de la Armada, del Ejército, del Congreso (que tiene ya un canal aéreo abierto para comunicarse), del INE, de Sedesol, entre los más anunciados en los años recientes. Audiencia liberada de las historias de éxito, ficciones, puestas en escena para convencer del buen desempeño de las instituciones, como si esto fuera una virtud en lugar de una obligación.

Los públicos tendrían la certeza de que lo leído, visto y escuchado es verídico, carece de las distorsiones provocadas por la derrama de dinero a medios proclives a dejarse comprar.

El ahorro conseguido podría ir a subsidiar de manera correcta a los medios públicos que año con año han sufrido merma en sus ingresos. Estos a su vez tendrían que ser autónomos, plurales, incluir las creaciones de los grupos marginados, olvidados, en exclusión extrema. Abrir canales a la expresión de tales comunidades.

Centralizar, sí, el gasto, no la marcha de organismos en la práctica. Sin duplicar funciones –vale decir igual tipo de programas buscando alcanzar a las mismas poblaciones– es pertinente dejar que diferentes medios públicos conserven su perfil, sus productores, guionistas y conductores. Dar espacio a nuevos formatos, a nuevas caras, a formas inéditas de crear contenidos. Que sean los medios privados quienes se anquilosen conservando a los mismos opinadores de siempre. La esfera pública debe servir para airear la atmósfera periodística, dar impulso a la creatividad.