Y en el trasfondo, la dictadura

Santiago.- “Hay dos elementos que son fundamentales para comprender la crisis de la Iglesia chilena: el primero tiene que ver con la formación de los sacerdotes, y el segundo, con el autoritarismo impuesto por la dictadura de Pinochet, antivalor que se habría traspasado a diversas esferas sociales, incluida la Iglesia Católica”, señala en entrevista Marcial Sánchez, doctor en historia y experto en catolicismo.

Sánchez, coautor y compilador de la Historia de la Iglesia en Chile, fundamenta su apreciación: “A partir de 1990, con el fin de la dictadura, en las universidades y seminarios que forman sacerdotes se fue generando una formación monocolor, distinta a la que había existido en los seminarios en las décadas de los sesenta y setenta”, en que había un fuerte compromiso social.

El investigador afirma, en ese mismo sentido, que en los planes curriculares de esas instituciones “la relación con la vivencia de la cotidianidad ha quedado fuera”.

También sostiene que, en las últimas décadas, el ingreso de los seminaristas a los centros formativos “no tuvo la rigurosidad que debía tener: ingresaban sin pruebas psicológicas ni control de ningún tipo”. Matiza al comentar que esto se ha ido modificando recientemente.

En relación con lo segunda causal de la crisis, Sánchez señala que el autoritarismo generado durante el régimen militar (1973-1990) fue asumido por un sector de la Iglesia, el más vinculado a la élite en el poder, lo que facilitó que se cometieran “abusos deleznables”, como los realizados por el sacerdote Fernando Karadima, hombre muy cercano a Augusto Pinochet. 

Fue justamente durante el periodo dictatorial cuando Karadima comienza a cometer abusos sexuales contra sacerdotes, laicos, seminaristas y menores de edad, en tiempos en que ese sacerdote era idolatrado como un santo, llegándose a convertir en el cura favorito de la élite chilena. Sánchez estima en 70 las personas violadas por ese personaje.

Sánchez destaca que esta Iglesia elitista y autoritaria convivió en aquel periodo dictatorial con otra iglesia, la liderada por el cardenal Raúl Silva Henríquez, la que tenía un fuerte compromiso social y con los derechos humanos.

Explota la crisis

Sánchez, académico de la Universidad de Chile y de la Pontificia Universidad Católica, estima que el destape de la crisis de la Iglesia chilena se ha visto favorecido gracias a las tecnologías de la comunicación, “que hacen posible que cualquier persona pueda denunciar lo que le ocurre, en cualquier lugar por apartado que se encuentre”.

En relación con la deriva judicial que han tomado las causas de abuso sexual que involucran a sacerdotes, señala que un factor clave fue el hecho de que Francisco acusara a la prelatura chilena de fomentar “una cultura del abuso y del encubrimiento”, como expresó en carta “Al Pueblo de Dios que peregrina en Chile”, el pasado 31 de mayo. “Esto provoca que la Fiscalía Nacional tome cartas en el asunto”, afirma Sánchez.

Manifiesta que “históricamente el Poder Judicial había respetado a la Iglesia en sus secretos”, incluso durante la dictadura, con todas las dificultades que hubo. En contraste, remarca lo que ocurre ahora, cuando las dependencias eclesiásticas son allanadas.

Afirma que en este proceso de deca­dencia de la Iglesia “hay un punto de inflexión” cuando el canciller del Arzobispado de Santiago, Óscar Muñoz, es detenido. “Es la primera vez en la historia de Chile que ocurre algo así”. 

Sánchez destaca que éste es sólo uno de los varios eventos inéditos e históricos en los que se está viendo involucrada la Iglesia chilena en el último tiempo. Cita entre éstos el reproche papal a los obispos chilenos por fomentar “la cultura del abuso y el encubrimiento”.

También la intromisión de la justicia en sus problemas, incluyendo detenciones y allanamientos; y la imputación judicial a un cardenal, como ocurrió con Ezzati. “¡Son cosas nunca vistas!”, expresa el estudioso.

Subraya el hecho de que el presidente Sebastián Piñera haya criticado a la Iglesia, acusándola de practicar “una política del encubrimiento”.

Reflexiona: “no es habitual que un presidente se exprese en esos términos acerca de la Iglesia, porque siempre hay un respeto hacia ella, dado que es un ente moral del país”. 

En relación con lo anterior, indica que la Iglesia tiene “un problema hacia dentro”, por las víctimas que están hablando; al que se suma un problema hacia fuera, “que es un problema de Estado, porque los tres poderes del Estado la están interpelando”.

Alude con esto también al hecho de que desde el Parlamento se esté pidiendo que se le quite la nacionalidad a Ezzati, lo que se añade a los cuestionamientos del jefe del Ejecutivo y a los procesos judiciales en curso. 

Pero el problema es mayor: “A esto se suma que la base católica, que es el pueblo de Dios, está presionando para que la verdad salga a la luz, y pujando para que esto (la Iglesia) vuelva a ser lo que era; y este pueblo entiende que la única manera en que esto suceda es sacando toda la basura de debajo de la alfombra”.

–¿En qué puede derivar esta crisis? –le consultamos.

–La renuncia del cardenal Ezzati es inevitable. Su deslegitimación ante la opinión pública y ante el mundo católico es cada vez mayor. Además, el Papa ya está al tanto de que está siendo requerido ante la justicia. Y le puedo asegurar que a ningún Sumo Pontífice, menos a Francisco, le debe gustar que un cardenal se vea involucrado en estas materias. 

Sánchez agrega que el Papa está en un trabajo fuerte y amplio para poner coto a los abusos sexuales y de menores en la Iglesia. 

Y asegura que Francisco muestra al mundo cómo se hacen las cosas frente a este tipo de hechos: “Primero, manda personas a averiguar los hechos, quienes piden información a las víctimas; luego, pone a las víctimas en primer lugar, no a los obispos. Posteriormente saca obispos y pone administradores apostólicos, no necesariamente obispos”. 

Alude al hecho de que el Papa, luego de recibir el “informe Scicluna”, recibió y alojó en su residencia de Santa Marta –entre el 27 y el 30 de abril– a las más renombradas víctimas de Karadima: Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo, con quienes fue extremadamente amistoso y fraternal.

Sánchez recalca como una fuerte señal de cambio en la Iglesia el hecho de que Juan Carlos Cruz haya sido acogido por el Papa en su residencia, aun cuando es sabido que es homosexual.

El encuentro con los obispos, verificado entre el 15 y el 17 de mayo, fue todo lo contrario: frío y descarnado. Fue un castigo para ellos. El Papa les entregó un documento en el que acusó la Iglesia chilena de concentrar en sí la atención y de “perder la memoria de su origen y misión”.

Cimentó su afirmación manifestando que “la dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas, deja en evidencia este cambio de centro eclesial”.

Y remató a los prelados chilenos al expresarles que “la psicología de élite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, círculos cerrados que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente”. Después de esto, a los obispos chilenos no les quedó más que renunciar en masa, tal como quería el Papa que sucediera. 

Sánchez expresa que junto a estas medidas de corto y de mediano alcance, Francisco busca en el caso chileno trazar un cambio de largo plazo “que tiene que ver con aceptar la diversidad, con entender que la Iglesia Católica tiene que ser inclusiva, mucho más abierta, que tenga su base en el mundo más humilde, el de los pobres, y una raíz en el Cristo vivo, en el Cristo resucitado, en el Cristo liberador”.