“El discípulo”

Debe ser terrible enterarse de que un hijo consume drogas, peor aun descubrir que ha caído en alguna forma de fundamentalismo religioso. Así le ocurre a la madre de Venya (Ptr Skvortsov), adolescente auto-convertido al cristianismo ortodoxo, que rehúsa tomar la clase de natación porque le ofende que las compañeras naden en bikini; y se sale con la suya: La directora de la preparatoria termina por recomendar que las chicas usen trajes de baño más “apropiados”. Esto es apenas el principio.

Botón de muestra, metáfora y hasta profesía de los tiempos que se viven y los que se avecinan; en El discípulo (Uchenic; Rusia, 2016) el fanatismo religioso es el arma de ataque del joven contra las instituciones, familia, escuela, ciencia. Venya no se inyecta heroína sino versículos de la Biblia que luego escupe como metralla, prohibiciones lapidarias del Levítico que ni el sacerdote del colegio puede parar.

Kiril Serebrennikov, físico de formación, escritor, director de cine y teatro, ha vivido en carne propia la represión, ha permanecido en arresto domiciliario –supuestamente por malversación de fondos–, en realidad nadie duda que sea víctima de su defensa por la libertad de expresión. El discípulo es la adaptación que hizo de la obra de Marius von Mayenburg, Mártires (2012). Varios de los actores del elenco de la cinta partiparon en la puesta de teatro que sostuvo una temporada completa; la actuación tanto para actores principales como de papeles secundarios resulta formidable… todo un banquete estas películas de la tierra de Stanislavski.

De la obra de von Mayenburg, Serebrennikov conserva la fuerza del diálogo original, que combina la brillantés de Ibsen con el humor ácido de Brecht (traducción al inglés de Maja Zade), pero como cineasta se impone a sí mismo el reto de trasladar a imágenes el ímpetu del adolescente y el impacto con su entorno. La cámara se mueve en medio de los personajes como un observador más, espera y se llega a cruzar con ellos, los planos secuencia están armados a manera de coreografías; todo un código la colisión constante entre objetos escolares, gises, pizarrón, con símbolos religiosos, aura, cruz y muchas tentaciones.

Aunque su conducta e ideas repelen y provocan escalofrío, Vanya seduce al público con la fuerza que las defiende, aunque preocupa el riesgo que corre esa vitalidad de acabar en el obscurantismo, además del peligro que representa para su entorno. El eje de conciencia y sensatez se halla a cargo de Elena (Viktoriya Isakova), la maestra de biología, quien enfrenta los ataques del discípulo, disfrazado de gorilla, cuando intenta enseñar la clase sobre evolución humana. La resaca de la ola que revienta alcanza a la directora, solapada reaccionaria que sugiere que se enseñe paralelamente el creacionismo.

Serebrennikov sitúa esta farsa perversa en la actualidad rusa donde crece el antisemitismo, la homofobia, el culto a Stalin. La acción ocurre en Kalingrado, la antigua Könisberg, ciudad natal de Kant. El conflicto religioso alude al mandato de volver a enseñar doctrinas religiosas en las escuelas. La negación de Darwin apunta al país vecino de la era Trump.