Elba Esther: amada enemiga

No hay mujer más odiada en México que Elba Esther Gordillo. No hay mujer más vinculada con la corrupción, la ostentación y el abuso que “La Maestra”. Y sin embargo, sobrevive. Sigue ahí. Reaparece. Regresa. Encarcelada por motivos políticos y dejada en libertad por motivos políticos, primero para castigarla, después para rehabilitarla. Le es útil al poder y ella no ha querido soltarlo, aun desde la cárcel. Fue puesta ahí por su insubordinación a Enrique Peña Nieto; por convertirse en un polo de poder que lo retó. Fue castigada para enviar un mensaje a cualquier otro líder sindical que obstaculizara los designios de un presidente que parecía omnipotente. Pero ahora, en las postrimerías del peñanietismo nos anuncia su reinstalación.

Desde el momento de su detención era evidente el zape político, la construcción de un caso basado más en el imperativo de fustigar a la persona que en el deseo de modernizar al sindicato. Cómo olvidar el montaje escandaloso de su arresto, la filtración de la foto que violó su presunción de inocencia, las irregularidades presentes a lo largo de todo su proceso. Fue simultáneamente una “presa política” y también alguien que merecía ser investigada, auscultada, sancionada por usar dinero sindical para uso personal. Pero la legitimidad de la indagatoria fue minada por las pulsiones políticas que motivaron a llevarla a cabo. El orgullo herido de Peña Nieto por los cuestionamientos que Elba Esther le que le hacía. Le reforma educativa que ella –con tal de confrontarlo– estaba dispuesta a sabotear. El Quinazo del sexenio y la autoridad moral que el presidente pensó le proveería. Detrás del encarcelamiento no había justicia, sino política.

Como probablemente la hay ahora pero misteriosamente. No sabemos si su exculpación es parte de un pacto entre AMLO y Peña Nieto. No sabemos si el presidente saliente la libera para crearle problemas al presidente entrante. No sabemos si sale por la independencia política de un juez o por su sumisión. No queda claro si ella opera su salida para opacar el gran día de AMLO, o si esa consigna proviene desde Los Pinos. Sea cual sea la respuesta hay algo indudable. Vuelve quien en realidad nunca se fue. Su yerno y su hijo estuvieron activos en la campaña de Morena, y ella, desde la cárcel, se decía “feliz”. Por la victoria del Peje. Vuelve a la escena política por lo que sabe, lo que opera, el liderazgo que conserva, los favores que le deben, el control político del SNTE que nunca perdió.

La interrogante es si habrá perdón y olvido para ella, como lo ha habido para otros. Si aplicará el “borrón y cuenta nueva” que López Obrador ha pregonado como parte de la pacificación y la Cuarta Transformación. Como lo anunció el morenista José Agustín Ortiz Pinchetti en una memorable entrevista con Carmen Aristegui, el contexto político ha cambiado por lo que “habrá otros excarcelados”. Y se entiende el pragmatismo detrás de esta posición. Elba Esther ha sido miembro de “la mafia en el poder”, apoyó a Vicente Fox, ayudó a ganar a Felipe Calderón. Pero la estrategia lopezobradorista desde hace meses ha sido reconciliar, purificar, perdonar, convertir a viejos enemigos en nuevos aliados. Por eso la inclusión de Manuel Espino y Gabriela Cuevas y Germán Martínez Cáceres y Napoleón Gómez Urrutia y Manuel Bartlett. Elba Esther sería una desinfectada más y por motivos muy poderosos.

Haga lo que haga con el nuevo gobierno con la reforma educativa –echarla para atrás o modificarla a su manera– Elba Esther ayudaría a reconstruir el control corporativo que AMLO busca. Ayudaría a volcar al SNTE en su favor, proveyéndole una fuerza política y electoral que Morena requiere para consolidarse como partido hegemónico. Ayudaría a desactivar las marchas y las movilizaciones y los mítines de los maestros que han puesto en jaque al gobierno federal desde su encarcelamiento. Elba Esther será éticamente maloliente, pero es políticamente funcional. Elba Esther será reputacionalmente cuestionable, pero es operacionalmente eficaz. Para muchos de los seguidores de AMLO su rehabilitación sería condenable; para otros resultaría perfectamente justificable. Y más aún por la podredumbre judicial que caracterizó su caso.

El caso era endeble y fue mal llevado desde el inicio. Como ha apuntado Miguel Carbonell, los cargos de delincuencia organizada y lavado de dinero son muy difíciles de comprobar y la PGR los armó mal por incompetencia o por el deseo oculto de facilitar su liberación. Al final del día un magistrado federal declaró que los más de mil 978 millones de pesos que le acusaron haber lavado “tenían un origen legal”. La PGR no logró probar, acreditar, visibilizar, o sostener la imputación que hizo ya sea por incompetencia o desidia o complicidad o negociaciones tras bambalinas. Los recursos multimillonarios destinados a cirugías y ropa y viajes y propiedades en California fueron “ejercidos de acuerdo con los lineamientos y disposiciones del SNTE”. Según la sentencia, el sindicato avaló lo que Elba Esther Gordillo gastó. Lo inmoral se volvió legal.

Por eso, aunque Elba Esther acabe santificada y morenizada, las lecciones están ahí y ojalá las aprendiéramos. Nunca habrá combate real a la corrupción, si no contamos que instituciones que la investiguen imparcialmente. Nunca habrá un fin al pacto de impunidad si no se rompe a través de una Fiscalía General que sirva, y para eso habría que matar a la PGR y reconstruirla desde cero. Sin una remodelación institucional de fondo, persistirán las aprehensiones discrecionales y los perdones a modo. Habrá más encarcelados y excarcelados en función de los intereses del presidente y no en función de la ley aplicada sin filias o fobias. Y en cuanto al destino de La Maestra, si se le da permiso para convertirse en un nuevo factótum público de poder, AMLO demostrará que suscribe la máxima de “amar a tus enemigos para no tenerlos”. Lástima que algunas de sus nuevas amistades, antes de serlo, hayan lastimado tanto a México.