De senectud

Cicerón escribe en el año 44 antes de Cristo un elogio de la vejez, De senectud, para exorcizar que está a punto de cumplir 63 –“es una edad de peligro y enfermedad en muchos poemas y tragedias”– y que su posición política ante el asesinato de Julio Cesar es, como la de la República, endeble. 

El principal argumento de Cicerón es que la vejez, si bien hace más lentas las actividades físicas, cancela uno a uno los placeres y acerca a la muerte, puede experimentarse como una manera de la moderación y ser, de hecho, bien recibida: “Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene un límite para la vida, como para todas las demás cosas. La vejez es el último acto del drama de la vida, de cuyo agotamiento debemos huir, sobre todo, si ya resulta un hartazgo”. 

Es a Cicerón, quien sería asesinado al año siguiente por los mercenarios de Marco Antonio y la traición de Octavio, a quien le debemos la idea de que los ancianos aportan sabiduría, mesura, y consejo: “Las mayores hazañas no requieren fuerza ni agilidad. Las mejores no son las que se hacen con rapidez”. 

Dos mil años después, y con motivo del honoris causa en la Universidad de Sassari, Norberto Bobbio escribe otro De senectud, en 1994. El tiempo ha refutado a Cicerón, según Bobbio: la buena noticia es que ser sexagenario es “una vejez burocrática”, pero la mala es que la frontera entre los que saben y no saben ha convertido a la vejez en algo no sólo biológico, sino cultural. 

Al mirar una computadora sin desempacar sobre su escritorio, Bobbio se pregunta si necesitará, como cuando aprendió a tocar el piano en la niñez, un instructor que lo visite cada semana. 

Se lanza contra nuestras ideas sobre la vejez: “La medicina no tanto te hace vivir cuanto te impide morir”. “Que el anciano sea ahora hermoso es una fórmula trivial de la mercadotecnia”. “No es que ahora vivamos más, sino que somos viejos durante más tiempo”. 

El filósofo del derecho propone una vejez melancólica: la conciencia de lo ya inalcanzable. Parafraseando a Erasmo, Bobbio asesta: “Quien elogia la vejez, no le ha visto la cara”. 

Del texto de Bobbio entresaco una idea de saber –no de sabiduría– que lo congracia con la moderación que proponía Cicerón: hay una manera de que un intelectual sea útil, justo en medio entre la Torre de Marfil y el siervo del Estado. Es sólo una distancia entre el aislamiento de los “puros” y la servidumbre voluntaria a la necesidad política. Es, también, un terreno incierto entre la intuición y la acción, ambas enemigas de los conceptos.

Entre lo irracional intuitivo y lo pragmático necesario queda un espacio para pensar. La razón de Estado y la razón de la conciencia no se enfrentan porque no son iguales: la primera es una fuerza y la segunda, una convicción. 

Bobbio escribe sobre esa peculiar relación entre la política y la moral ya descrita por Hegel: “A veces, la filosofía es como el canto del gallo que anuncia una aurora, como en los años que preparan la Revolución Francesa y, a veces, como en una Restauración, es la lechuza de Minerva, que aparece en el crepúsculo de la tarde”. A veces, en efecto, se puede pensar en algo que todavía no ocurre y, en otras, sólo puede pensarse después de que ya ha empezado a declinar. 

La idea de la sabiduría sigue sin tener relación estrecha con el saber manejar una computadora o una aplicación para un dispositivo móvil, por ejemplo. Más que técnica, la sabiduría es una manera de la vida buena. Ésta no es lo que llamamos una “vida realizada”, es decir, la del triunfo, sea una conquista laboral, la libertad ante los demás o tener muchos amores, amistades, hijos, obras, heroísmos que dejen una huella, causas celebrables. 

La vida buena tampoco es, como decía Nietzsche, repetir las experiencias que deseamos repetir y evitar las que no. Tampoco creo que sea la euforia de parque de diversiones: la intensidad o la exacerbación de uno mismo. La sabiduría de la buena vida creo que sigue siendo la de los estoicos: esperar un poco menos, lamentarse un poco menos, recibir lo que haya de amor. 

Epicteto, que pasó buena parte de su vida como esclavo en Roma, decía: “Siempre quiero, ante todo, lo que ocurre”. Posiblemente, cuando nos hacemos viejos, nos desaceleramos y es por ello que la sabiduría emerge como una conciencia. La sabiduría es un gesto para atrapar la mayor diversidad de las experiencias vividas en la mejor armonía recordada. Es la narración que nos hacemos en la memoria. Es el Gran Estilo de uno mismo.

Me queda la última de las objeciones que ataja Cicerón, la cercanía de la muerte. Los romanos se ejercitaban desde pequeños en el desprecio a ella. A Bobbio le preocupa morir antes que su esposa porque, entonces, no va a saber nunca cuándo y ni de qué murió a quien amó durante medio siglo: “Morirá no sólo sin mí, sino sin que yo lo sepa. Tampoco sabré nada de lo que ocurrirá en esta tierra en torno a cuyas vicisitudes he fantaseado mil veces tratando vanamente de deducir presagios más o menos inciertos”. Bobbio es, en la tradición de Maquiavelo, un melancólico. 

Pero creo que es Norbert Elías el que delinea el problema con mejor tino en La soledad de los moribundos. Hijo de dos padres asesinados por el nazismo, Elías tiene el gesto de Cicerón ante los desastres de la historia: lo calma pensar en los lapsos de miles de años. 

Después de hacer la historia de cómo hemos perdido la capacidad de convivir con la agonía y los muertos –desde los banquetes en torno al moribundo, en la Edad Media, hasta la actual entrega secreta del hospital a la funeraria; desde el juego, la risa y la comida en torno a los sepulcros hasta la prohibición de hablar en voz alta en nuestros actuales cementerios–, Elías escribe una idea definitiva sobre la soledad: “Quien vive aislado no puede tener sentido. El sentido de una vida es una categoría social. Es la importancia que uno tiene para los demás y lo que los otros significan para uno. 

“La muerte es un problema humano, no de los animales, porque implica lo que se ha conseguido para los demás, la memoria que se guardará en otros, después del final”. De nueva cuenta, es la narración que de nosotros mismos tenemos, ahora transmitida a los que sobrevivirán. 

Norbert Elías, quien definió la civilización como nuestra capacidad de alejar la violencia, asegura que sólo hay tres maneras de tomar la muerte: creer en una vida posterior, pensar que los demás mueren, pero uno no, y mirarla de frente. Esto último es lo que evitamos a toda costa y –asegura– vivimos una era en la que no queremos lidiar con agonías ajenas, culpas del sobreviviente y cuidado de quienes van perdiendo la movilidad, los recuerdos y pedazos del presente compartido. Los dejamos solos, los recluimos en instituciones donde pierden sus lazos amistosos, familiares, amorosos. No los dejamos asistir a su propia muerte cuando, como escribe Cicerón, ya la vida es un hartazgo. 

La evasión de la idea del desenlace final, el que no tiene posibilidad de retorno, es comparada por el historiador con el sexo. Para ello, toma nota de la represión y las fórmulas aceptables con que la era victoriana trató de encubrir las prácticas sexuales. 

La comparación entre sexo y muerte es virtuosa porque, así como se presentaron las normas de conducta como parte de una moral eterna –el decoro ante el desnudo y las preferencias de los siempre crecientes géneros–, nuestra actitud ante la muerte sigue siendo de prohibiciones: “La moral resulta una forma de dominación de grupos de poder sobre las conductas de los subyugados. Los sentimientos de vergüenza ante el sexo de la era victoriana siguen existiendo ante la agonía y la muerte”. 

El malestar cultural que Elías ve en esta represión es que ahora morimos más solos, aislados y, por supuesto, más tristes que hace mil o dos mil años. 

Nada de esto, la idea de la nueva vejez burocrática o tecnológica y el ocultamiento de la agonía, es ajeno a los prejuicios públicos de hoy: decir que por la edad un ser humano tiene ideas antiguas o no sirve para un cargo de autoridad o discutir que, como ha propuesto la exministra Olga Sánchez Cordero, el país debe garantizarnos a todos una muerte voluntaria. En el debate público seguimos sin poder pensar en la vejez y tampoco en la dignidad de la muerte. 

Al final, el paso del tiempo, inexorable como es, sólo me deja con una última cita. Es un apunte con lápiz que escribí en el margen de un libro sobre Epicteto. Dice: “Haber vivido de tal manera que, al morir, sólo una parte ínfima de esa vida sea la que realmente desaparezca”.