Pakistán: “Se cayó el sistema”

Los datos de los conteos de las votaciones dejaron de fluir porque el “sistema se cayó”. “No hay conspiración ni ningún tipo de presiones en esta demora”, aseguró el secretario de la Comisión Electoral, tratando de responder a las denuncias de los partidos opositores. “El retraso”, explicó, “se debe a que el Sistema de Transmisión de Resultados se desplomó”.

La victoria de Imran Khan (exestrella de críquet –deporte tan popular allá como el futbol aquí–, playboy y político de la extrema derecha islamista) es producto de una elección de Estado en Pakistán, la del pasado 25 de julio, según los seis principales partidos de la oposición. 

Su alegato se sustenta en recuentos de todo tipo de irregularidades, tanto preelectorales (arresto y condenas contra líderes opositores) como del día de los comicios: a sus representantes se les negó acceso a las casillas, éstas eran controladas por soldados y las cuentas fueron falseadas al ser registradas en las actas… además de la manipulación de cifras con la “caída del sistema”.

Los señalados como autores intelectuales del fraude son la fuerza que domina el sistema político pakistaní: Inteligencia Inter Servicios (ISI), un centro de inteligencia elevado a regente político, muy ligado a los militares (su director es siempre un general de tres estrellas) y que se maneja con una autonomía tan amplia que mantiene operaciones secretas en beneficio de su propio poder, aunque pongan en peligro al sistema, como apoyar a grupos yijadistas de Al Qaeda y los talibanes. 

Los agentes del ISI han realizado intervenciones de envergadura en todos los países vecinos, además de Bosnia, Libia y las naciones exsoviéticas, y otra actividades clandestinas en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Son, además, un azote para los periodistas que tratan de revelar sus acciones, presionándolos con todo tipo de métodos, incluido el asesinato, como el de Syed Saleem Shahzad, cuyo cadáver fue hallado con signos de tortura flotando en un canal, en 2011.

Potencia nuclear

Pakistán no es un rincón cualquiera de Asia, sino una potencia media decisiva en regiones clave para la estabilidad mundial: Asia Central, Asia del Sur, Medio Oriente e incluso Europa Oriental. Con la quinta población más grande del mundo (213 millones de habitantes) y el octavo mayor ejército global, con 600 mil hombres activos y 500 mil en reserva, influye directamente en lo que ocurre en las naciones vecinas.

En Afganistán, la ofensiva yijadista antisoviética lanzada por Estados Unidos en los ochenta se basó en territorio pakistaní, como la guerra antitalibán; para Irán, los pakistaníes podrían ser una vía de oxígeno en lugar de asfixia, si Islamabad abandonara el eje Estados Unidos-Israel-Arabia Saudita montado en su contra; desde la independencia y separación en 1947, con India ha sostenido cuatro guerras –la última en 1999– y se teme que, si se produjera otra, podría tener consecuencias devastadoras, nucleares.

Esto se debe a que Pakistán es una de las cuatro potencias atómicas que no han aceptado firmar el Pacto de No Proliferación Nuclear, junto a su rival India, Israel y Corea del Norte.

Sus 120 cabezas nucleares hacen de Pakistán un tema de gran preocupación no sólo por cómo las utilizaría, sino por el peligro de que una facción de la inteligencia favorable a los yijadistas les pueda hacer entrega de material atómico o una corrupta lo venda a traficantes de armas, o que el caos en el país sea tal que islamistas inspirados por Al Qaida lleguen a tomar el poder y, por lo tanto, a controlar el arsenal atómico.

Tendrían que pasar, sin embargo, sobre el ejército. Lo mismo que el propio Imran Khan: considerando que su ansia de poder absoluto predominará sobre su alianza con los militares, los analistas pakistaníes prevén que, una vez declarado primer ministro, Khan intentará ganar autonomía.

Esto le daría la oportunidad no de disponer de las armas nucleares, sino de profundizar en su línea islamista, que algunos sospechan que es favorable a los talibanes afganos, especialmente a raíz de que destinó 300 mil dólares –del presupuesto de una provincia bajo control de su partido– a la madrasa (escuela religiosa) de Samil ul-Haq, el llamado “padre del Talibán”.

Sus posibilidades de seguir gobernando, sin embargo, se reducirían enormemente. El miércoles 8 Khan anunció haber logrado las alianzas necesarias para obtener la mayoría parlamentaria y formar gobierno; esto incluye a dos partidos promilitares sin cuyo apoyo quedaría en minoría.

Ni uno solo de los 17 primeros ministros que ha tenido Pakistán logró terminar el periodo para el que fue elegido. Ni los más dóciles, como Zafarullah Khan Jamali (2002-04) o Muhammad Khan Junejo (1985-88).

Y, al igual que varios de ellos, Imran Khan terminaría aislado, si no es que en prisión: en su ascenso al poder, ofendió, humilló y atacó brutalmente a sus rivales. Aunque compartieran la amargura de haber sido desplazados por el ejército, difícilmente le echarían la mano durante su caída.