Prodigios de la droga…

NUEVA YORK.- El elegante edificio de la avenida West End no ha alterado su fisonomía desde el día de la tragedia, y su ubicación mantiene todavía sus privilegios. Desde sus pisos superiores se divisa, hacia el oeste, el río Hudson y, más atrás, las costas de New Jersey. Caminando unas cuadras hacia el sureste se llega al conjunto de teatros y escuelas, mejor conocido como Lincoln Center for the Performing Arts, lugar señorial –quizá el espacio más grande del planeta dedicado a las Artes Escénicas– donde destacan la Metropolitan Opera House, la Juilliard School y el American Ballet Theater…

El conserje del edificio, un afroamericano robusto y de edad avanzada, no trabajaba aún aquí; sin embargo, no duda en repetir los rumores que ha escuchado sobre el virtuoso que pereció en circunstancias misteriosas aquel lejano 19 de enero de 1972.  Sí, asiente con malicia, el famoso artista vivió los últimos años de su corta vida –murió a los 35 años de edad– en un apartamento del último piso. La versión oficial de su deceso, nos relata, fue que se resbaló y, al caer, se desnucó… la otra, la que se decretó enmascarar, fue la del suicidio.

Las señoras más chismosas del inmueble refieren, se atreve a revelarnos en tono de secrecía, que su estado emocional se deterioró mucho por el consumo de estupefacientes, y que una noche se aventó por las escaleras, dejando tras de sí una orla de gritos surgidos por la constatación del percance. La caída destrozó su cráneo y en su derredor se formó un charco viscoso de sangre. La misma que corría acelerada por sus venas cuando transportaba a sus auditorios a raptos de delirio sensorial y a ensoñaciones de la mejor estirpe estética. Una verdadera pérdida, repite el conserje haciendo eco de las crónicas periodísticas y de las incesantes murmuraciones colectivas.   

Pero, ¿de quién estamos hablando?, ¿es acaso el mismo personaje a quien se le profetizó unánimemente un porvenir coronado por los laureles más verdes del triunfo? Efectivamente. Se trata del insuperable violinista norteamericano Michael Rabin, cuyo legado –particularmente el discográfico– aún suscita oleajes de admiración y continúa reclutando seguidores en el mundo entero. Por ello, una visita a su morada postrera, así fuera nada más para verla de lejos, era obligada, amén de que una de sus últimas presentaciones públicas tuvo lugar, nada menos que en la Ciudad de México y merece, por la extrañeza de su contenido, ser narrada con la justa profusión de detalles.

Asentado lo anterior, hemos de comenzar delineando la fulgurante trayectoria artística del malogrado virtuoso. Apuntemos, a manera de exordio, que su dominio del violín y su desgarradora expresividad lo hicieron acreedor de encendidos epítetos: “El violinista mejor dotado de su generación”, “El Paganini del Siglo XX”, “Para Rabin sólo puede haber un futuro de la mayor prominencia”, “Un genio del violín”, etcétera.

Tenemos, entonces, que la fugaz luminaria vio la luz en esta urbe estadunidense el 21 de mayo de 1936, siendo hijo de un violinista de la New York Philharmonic y de una pianista de concierto, maestra de la Juilliard School. Natural fue que Michael creciera en un ambiente donde la música se escuchaba y se hacía todos los días. Con apenas un año de edad, sus padres cayeron en la cuenta de que era capaz de marcar perfectamente el ritmo de las obras que ensayaban, y cuando cumplió cuatro notaron con asombro que poseía un oído absoluto. A los cinco su madre comenzó a impartirle lecciones de piano pero, poco después de una visita a un amigo médico que poseía una colección de instrumentos, entre ellos un violín miniatura, Michael se encaprichó y no fue posible concluir la visita sin que el pequeño instrumento se le diera de regalo.

Desde ese día su destino se selló para siempre, aunque todavía no había conciencia de los precios que se pagan cuando se aspira a ser un virtuoso de “pura sangre”; aunque, para ser más exactos, quien ignoraba los costos de pretender el virtuosísimo a costa de la normalidad de la infancia era la señora Rabin. Fue ella la que tomó las riendas de la educación musical del crío y las jaló casi al punto de dejarlo exangüe. Expliquemos lo que se sabe al respecto: con unas cuantas lecciones de violín a cargo de su padre, quedó claro que el talento del niño sobrepasaba la norma y que era necesario ponerlo en las manos del mejor maestro disponible. Con la fortuna asistiéndolos, en esos años se instaló en la ciudad el afamado pedagogo Ivan Galamian, quien aceptó a Michael como alumno, tanto en la Juilliard School como en los intensivos cursos de la Meadowmount School of Music que fundó en 1944.

Así pues, con las clases de Galamian y la férrea determinación materna de convertir a su hijo en prodigio, los primeros años de estudio dieron sus frutos. Era consuetudinario que la señora Rabin se sentara con el párvulo a estudiar y lo hacía de una manera supuestamente lúdica. Con un recipiente lleno con cien canicas, la señora las tiraba al suelo, y por cada escala que el infante ejecutara sin yerros devolvía una canica al recipiente. La sesión debía concluir cuando las cien canicas regresaran a su lugar, sin haber habido errores de por medio; empero, si Michael desafinaba una nota, en la canica, digamos 85, todas volvían al suelo… 5 o 6 horas ininterrumpidas podían transcurrir en el ingenioso “juego” materno en pos de desnaturalizar a su hijo.

Como podemos suponer, Michael estuvo listo para el estrellato en tiempo récord. A los 11 años hizo su debut profesional acompañado al piano por su progenitora, y dos años después logró presentarse como solista de la New York Philharmonic en el reputado Carnegie Hall. A los 13 comenzó sus giras internacionales y firmó su primer contrato con la poderosa disquera EMI con sede en Londres. Para abreviar, podemos decir que su carrera se desplegó básicamente entre los 14 y los 20, recorriendo más de dos millones de kilómetros en sus vuelos alrededor del planeta. No hubo auditorio que no quedara hechizado con su maestría, e incluso sus colegas más encumbrados se rindieron también ante su grandeza violinística. Se cuenta que fue invitado después de su debut con la London Symphony a participar en un improvisado concierto de cuarteto de cuerdas y que Michael se sentó en la primera silla, y que el lugar del segundo violín lo ocupó, gustoso, el legendario David Oistrakh. Y, entonces ¿qué pasó?, podemos preguntarnos… Pues simplemente que las inclemencias de una carrera de esas proporciones, aunadas a la inmadurez propiciada por su entorno familiar, le dio cabida al consumo de drogas…

No necesitamos mucha imaginación para captar los estragos. Inconsistencias, miedos escénicos y una creciente necesidad de mandar todo al demonio fueron colmando su horizonte. Los contratos con las grandes orquestas se fueron extinguiendo y los pocos restantes a veces defraudaban a quienes todavía tenían fe en sus capacidades. Fue así, en pleno declive, cuando un empresario mexicano –el connotado Fernando Diez de Urdanivia– logró contratarlo para dar dos conciertos con la Sinfónica de Xalapa y una extensa gira por varias ciudades del país. Corrían los primeros años de la década de los sesenta, y el eximio pero averiado violinista estaba en sus veintes. ¿El resultado? Rabín era presa de los delirios y a veces tocaba como un titán, pero otras era un remedo de sí mismo. Notorio para todos que su espíritu moraba en las sombras y que los cientos de horas de estudio con las canicas maternas le daban todavía el empuje para seguir tocando.

Transcurrió otra década en la que Rabin continuó por su senda de aniquilación hasta que volvió a México en 1971, contratado por la Orquesta Sinfónica Nacional para tocar en el Palacio de las Bellas Artes. Escuchando sus grabaciones, Luis Herrera de la Fuente se había empeñado en tenerlo como solista. Mas no imaginaba en la que se estaba metiendo. Rabin fue recogido en el aeropuerto y desde que lo depositaron en el hotel quedó claro que el tipo llevaba una ingesta enorme de estupefacientes. El ensayo general del día siguiente hubo que cancelarlo porque Rabin no estaba en condiciones. Un médico lo atendió y por instancias suyas se le confiscaron casi todas las anfetaminas que guardaba en el estuche del violín. Al cabo de baños de agua fría y tazas de café, Rabin logro articular palabra diciendo que el concierto se lo sabía muy bien y que los esperaba en la noche para que lo llevaran al teatro.

A la hora convenida regresaron por él, la escena era dantesca. Estaba postrado y una supuesta diarrea le impediría cumplir con el compromiso. Nuevos baños y más café antes de vestirlo a la fuerza con el frac. Una vez en el teatro lo empujaron al escenario y cuando empezó a tocar la transformación fue total. Michael interpretó el concierto de Brahms como un verdadero prodigio. Lágrimas de verdadera emoción del público y una ovación interminable. Ya en el restaurante, con los ánimos dispuestos para el gran festejo, Rabín se sacudió por dentro y preguntó con pánico: ¿A qué hora va a ser el concierto? ¿No tendríamos ya que estar en el teatro?