Anuncio polémico

La escenografía y el guion para anunciar el éxito de un acuerdo comercial con México parecían convincentes. Todos lucían contentos en la foto que publicó en primera plana el New York Times el lunes por la mañana. Trump anunciaba “el acuerdo comercial más amplio jamás alcanzado”. Se trataba del nuevo acuerdo comercial con México que, según sus palabras, debe sustituir al NAFTA (North American Free Trade Agreement). 

La propaganda distribuida desde la Casa Blanca y la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos comenzó a circular muy pronto. América ha volteado la página de un acuerdo comercial que sacrificó nuestra prosperidad, ahuyentó nuestras compañías, nuestros trabajos y el bienestar de nuestra nación. Es la primera frase del documento de la Casa Blanca que se titula “Trump cumple su promesa de renegociar NAFTA”.

Por su parte, de la oficina del representante comercial salieron páginas informativas, en una de las cuales se afirma: “El nuevo acuerdo… transforma las cadenas productivas para que tengan mayor contenido producido en Estados Unidos, en particular contenido que es clave para la producción automotriz en el futuro, así como para generar empleos altamente remunerados”. 

Más allá de las preocupaciones que suscitan las frases anteriores, lo cierto es que a pesar del ánimo festivo con que se recibió el anuncio del acuerdo, hay una serie de interrogantes abiertas que se deben responder para convertirlo en realidad. Se trata de un texto preliminar en el que es incierta la participación de Canadá y, por consiguiente, la posibilidad de que lo ratifiquen los congresos mexicano y estadunidense.

El tema de Canadá es el que despierta mayor preocupación. Al momento de escribir estas líneas escasea información sobre si hay posibilidades de que ese país que se una, a más tardar el próximo viernes, a lo acordado por México y Estados Unidos. Según informaciones, hay en el nuevo acuerdo una diferencia sustantiva con Canadá en lo referente al capítulo sobre solución de controversias, en el que México ha cedido respecto a su eliminación. Por lo demás, hay motivos para creer que habría algunas diferencias respecto al porcentaje de diversos bienes manufacturados que se deben producir en Estados Unidos. Por esta y otras razones de carácter político puede preverse que Canadá no se ajustará a los tiempos políticos apresurados que convienen a los gobiernos de Trump y Peña Nieto. 

De no haber una plena incorporación de Canadá a un texto común, lo que se presentaría al Congreso no sería la renegociación o modernización del NAFTA, para lo cual está autorizado Trump. Se buscaría la ratificación de un acuerdo bilateral de comercio con México, de lo cual no se ha hablado con el Congreso estadunidense.

Paralelamente a las incertidumbres citadas, las opiniones en México provenientes de analistas políticos y especialistas en cuestiones comerciales son escépticas respecto a las bondades de lo que tan alegremente se anunció como un gran triunfo. La principal manzana de la discordia son las nuevas normas de origen sobre la industria automotriz, no tanto por sus efectos inmediatos, que quizá no serían graves, sino por lo que significan a largo plazo. La impresión generalizada es que, en la actualidad, las nuevas normas sólo afectarían un porcentaje pequeño de lo que se exporta a Estados Unidos. No obstante, a largo plazo cancelan un crecimiento sostenido de la industria, en la que se vislumbran grandes cambios tecnológicos. 

México ha aceptado que las actividades complejas desempeñadas por trabajadores especializados, quienes ganan más de 16 dólares por hora, se sigan llevando a cabo en Estados Unidos o, en su caso, en Canadá. La ventaja comparativa de México es y seguirá siendo la mano de obra barata en trabajos que requieren capacitación menor, como las fases de ensamblaje. 

Sin embargo, al pasar a la etapa del automóvil eléctrico –la cual puede llegar más rápido de lo esperado– el perfil general de los trabajadores en la industria automotriz será otro y la ventaja comparativa de los bajos salarios tendrá otra connotación. No es imposible que México pueda elevar la capacitación de sus trabajadores y su participación siga siendo deseable para los inversionistas, pero es más incierto, lleva tiempo y disminuirá el atractivo que hoy presenta. 

Otros asuntos que preocupan son las nuevas normas laborales, que son más estrictas y contemplan el cumplimiento efectivo de salarios, prestaciones y organización de los trabajadores, las cuales en México son frecuentemente ignoradas. Qué bueno que existan presiones a favor de su cumplimiento, pero desafortunadamente también pueden desalentar la inversión. 

Por lo pronto sería equivocado afirmar que nada hay para celebrar. Ante la alternativa de la brusca eliminación del TLCAN, mantener la situación actual ya es un logro importante. Hacia el futuro lo urgente es repensar la conveniencia de mantener la exportación de manufacturas a Estados Unidos, en particular autos y autopartes, como la opción más interesante para la economía mexicana. 

Hasta ahora todas las opiniones se basan en información procedente de Estados Unidos, filtraciones o sentido común. A diferencia del país del norte, donde rápidamente ha surgido información pública, el gobierno mexicano no tenía preparados documentos para dar a conocer lo acordado. Es urgente que dicha información, sistematizada y comentada de manera accesible, llegue al Congreso que acaba de instalarse. Legisladores y ciudadanos en general necesitan elementos para apreciar qué ganamos y qué perdimos con esta nueva versión de nuestro más importante acuerdo comercial. 

Se necesita también una adecuada evaluación y justificación del costo que todo este asunto tiene para la relación con Canadá, uno de los aliados más importantes de México para la relación con América del Norte y con el mundo en general. El anuncio del lunes 27 es mucho más que un momento para festejar; es el punto de partida para una profunda reflexión sobre el futuro que se acerca.