“Lenny” Bernstein o la alegría de la música

El centenario del nacimiento de Louis Bernstein permite evocarlo como figura central de la música estadunidense del siglo XX, tanto culta como popular. Abordó la diversidad sonora en su libro La alegría de la música y en los programas para la televisión Omnibus, nunca vistos en México. En 1943 inició “la era Bernstein” al dirigir por primera vez a la Filarmónica de Nueva York y una década más tarde al musicalizar para el teatro Amor sin barreras, luego llevada al cine, para poner el banderín del “music hall” en el mapa del mundo. Se recogen aquí estos testimonios.

Nacido un 28 de agosto de hace cien años en Lawrence, Massachusetts, Louis Bernstein cambió legalmente a la edad de 15 su nombre de pila por el de Leonard, como le decían sus padres, de origen judío soviético.

Cuando el 4 de noviembre 1943 tomó la batuta para dirigir la New York Phillarmonic Orchestra, sus amigos comenzaron a llamarlo Lenny, y en una década se convertiría en el Maestro del Musical, así, con emes mayúsculas, abanderando la “era Bernstein”.

Dotado de una genial versatilidad, Lenny aceptaría llevar la voz cantante en los programas televisivos Omnibus el 14 de noviembre de 1954, con la emisión de “La Quinta Sinfonía de Beethoven”, que introdujo un experimento curioso, arduo:

“Vamos a tomar el primer movimiento y a reescribirlo, pero no se espanten: utilizaremos únicamente las notas que el mismo Beethoven escribió. Revisaremos algunos bosquejos desechados por Beethoven, intentando emplearlos en esta sinfonía para descubrir por qué los rechazó… De este modo tal vez obtendremos alguna pista interna de la mente del compositor para ir rumbo al misterioso proceso creativo que llamamos composición.”

La segunda, del 16 de octubre de 1955, fue dedicada al “Mundo del jazz”. Los ejemplos del músico cubrían un amplio rango que iba de los blues más antiguos a las intensas bandas de Dixieland, desde el swing, del boogie-woogie, el bop “loco” o del bop “cool”, hasta los mambos de Dámaso Pérez Prado.

“Esto es lo que me intriga del jazz, que es una forma singular de expresión propia. Adoro también su humor, realmente ‘juguetea’ con las notas, por así decirlo… Es, por tanto, entretenimiento en el sentido más honesto. Tengo que defenderlo de quienes dicen que es de la clase baja. De hecho, toda música tiene orígenes humildes, ya que proviene de la música folclórica. Los minuetos de Haydn son refinamientos de simples danzas rústicas germanas, al igual que los scherzos de Beethoven. Una aria de ópera de Verdi puede hallar su cuna en el más pobre pescador napolitano.”

Para julio de 1967, Leonard Bernstein publicó su atractivo libro The Joy of Music (La alegría de la música, en Simon and Schuster), ilustrado con fotos, dibujos y reproducciones de los pasajes de partituras que servían de ejemplos auditivos en la hora y media de cada espectáculo Omnibus de la pantalla chica en blanco y negro; iba de “tacuche” acompañado de su piano e intérpretes.

Desafortunadamente, esos programas no pasaron en la tele de México. Por fortuna, hoy gracias a internet pueden verse los videos, aunque en la versión del dialecto inglés neoyorkino original. (https://vimeo.com/274102826)

El volumen La alegría de la música, en dos partes, abría por medio de los divertimentos “Charlas imaginarias”, abordando “escenas” en torno a “¿Por qué Beethoven?, “ “¿Qué le aconteció a la Gran Sinfonía Americana?” o “¿Por qué no subes y escribes una bonita melodía Gershwin?”. La segunda sección incluía los profusos guiones revisados de otras emisiones televisadas, aparte de la relativa a la “Quinta de Beethoven”, por ejemplo: “El arte de dirigir” (diciembre 4 de 1955), “Introducción a la música moderna” (enero 13 de 1957), “La música de Johann Sebastian Bach” (marzo 31 de 1957) o “¿Qué es Grand Ópera?” (marzo 23 de 1958).

Comedia Musical Americana

Seguramente ninguno de los 4 millones de televidentes que el 7 de octubre de 1956 vio el programa educativo Omnibus por la cadena ABC TV Network, concerniente a “La Comedia Musical Americana” (texto fundamental para comprender el teatro musical estadunidense), imaginó entonces que Bernstein cocinaba ya la obra maestra que un año después lo consagraría en Broadway. 

En efecto, su musical West Side Story (traducido al español como Amor sin barreras) estrenó el 20 de agosto de 1957 en el National Theater de Washington, para después triunfar en el Winter Garden de Nueva York, donde dio 732 funciones hasta el 29 de junio de 1959. Los críticos no fueron unánimes en sus juicios; pero tampoco pecaron de indiferentes. George Chapman de The New York Daily News escribió:   

“La música de Amor sin barreras es de Leonard Bernstein, es soberbia –e interpretada espléndidamente por una orquesta conducida por Max Goberman–… Eleva el lenguaje del musical estadunidense desde donde lo dejó George Gershwin al morir. Es fascinantemente traviesa y melódicamente seductora, indicadores del progreso de un admirable compositor.”

Brooks Atkinson, del New York Times, lo alabó así:

“Leonard Bernstein ha compuesto otra de sus partituras con garra y fogosidad, capturando el ritmo estridente de la vida callejera.”

Time no compartió del todo los elogios a Lenny:

“(Amor sin barreras) sugiere también que el musical serio de Broadway podría establecerse no tanto por las letras (de Stephen Sondheim), ni por la música (de Bernstein), sino por los bailes (del coreógrafo Jerome Robbins).”

En un par de años, triunfo cinematográfico total: Robbins (quien en 1954 había producido su primer musical, Saturday Night), filmó con Robert Wise Amor sin barreras, protagonizada por Natalie Wood en el papel de María, George Chakiris y Richard Beymer como Bernardo y Tony, respectivamente, y Rita Moreno en el rol de Anita.

El tema del musical se remontaba al de la tragedia de Shakespeare Romeo y Julieta. Se le había ocurrido a Robbins (quien por cierto, pertenecía al Partido Comunista) a principios de 1949. Luego de intentos fallidos por ubicar la rivalidad de los Capuleto y los Montesco en Nueva York, enmascarando las familias rivales con enconos entre judíos y católicos, el autor Arthur Laurents recomendó, por agosto de 1955, estelarizar el conflicto urbawno del musical en dos esquinas: la de los adolescentes morenitos Sharks, recién llegados de Puerto Rico al Bronx, y la de sus contrarios Jets, conformados por una pandilla de raza típicamente blanca, europea, gabacha. 

Dicen que el mero día que Leonard Bernstein vio correr el primer ensayo general de Amor sin barreras, firmó su contrato convirtiéndose en el primer director musical nacido en los Estados Unidos quien llevaba la batuta de la Filarmónica de Nueva York. La gloria le sonreía.

Años atrás, en 1950, Lenny había contraído matrimonio con una actriz costarricense, Felicia Montealegre, discípula del tremendo pianista chileno Claudio Arrau, quien se la presentó por 1946. En 1952 nació su hija Jamie; en 1955 Alexander, y en 1962 Nina. No sorprende, pues, que uno de los números más excitantes de Amor sin barreras tenga rico sabor “latino”, o más exactamente, mexicano: la memorable coreografía de la pieza “América” se basa en los golpeteos sonoros de nuestros huapangos zapateados.

“El medio feliz”

Fuera del lenguaje pedante que caracteriza a los “iniciados” de la música exquisita, su pensamiento lleva de la mano al lector en La alegría de la música para hallar el “feliz médium” que hay entre la jerga de la apreciación musical y la pura discusión técnica. Este canon explica el triunfo de Omnibus:  

“Encontrar tal ‘medio feliz’ es imposible, sin el convencimiento de que el público no es una bestia grandota sino un organismo inteligente.” Parafraseando al joven poeta John Keats: “La música sólo se explica con la música.” Siguiendo las creencias numerológicas de Bach, habla de las tres bases y un “plato de home” en un campo de beisbol para “explicar” el concepto de tonalidad. En “La Comedia Musical Americana”, Lenny está convencido de que las personas en Estados Unidos no sabían distinguir entre un musical del tipo Broadway, de los shows de Variedad o de Revista; de una Opereta, Opera Buffa, drama musical wagneriano o de una Opéra Comique.

Para diciembre de 1957 (tras el éxito de Amor sin barreras) escribió el texto “Hablando de música” en la publicación The Atlantic Monthly, que posteriormente ampliaría y sirve de introducción al libro mencionado.

“Hay un ‘medio feliz’ que se halla en algún lugar entre el barullo de la apreciación musical y la discusión meramente técnica; es duro de encontrar, pero se puede lograr. Con esta certeza fue que me atreví a disertar sobre la música en televisión, grabaciones, discos y conferencias públicas. Cuando he sentido que lo he logrado satisfactoriamente, es porque había encontrado ese medio feliz. Desde que tengo uso de razón he hablado de música con amigos, colegas, maestros, estudiantes, y ciudadanos comunes y corrientes… 

“En última instancia, uno debe simplemente aceptar la adorable verdad de que la gente disfruta al escuchar la organización del sonido (o de ‘ciertos’ sonidos organizados); que este deleite puede tomar la forma de cualquier tipo de respuestas que van desde la excitación animal hasta la sublime exaltación; y que a la gente que puede organizar sonidos de tal manera evocando las respuestas más exaltadas, se les considera genios. Estos axiomas no pueden negarse; pero tampoco pueden ser explicados. Se han escrito más palabras acerca de la sinfonía Eroica de Beethoven que las notas musicales que contiene. Y aun así, ¿acaso alguien ha ‘explicado’ satisfactoriamente la Eroica? ¡Por supuesto que no!”

Bernstein describe cuatro niveles: 1) Significados narrativo-literarios (como en Aprendiz de brujo, de Dukas). 2) Significados pictóricos o de atmósferas (La mar, de Debussy o Cuadros para una exposición, de Mussorgsky). 3) Significados de reacciones o afectos tales como triunfo, dolor, melancolía, rechazo, ansia, aprehensión (típicos del Romanticismo siglo XIX). 4) Significados puramente musicales: los únicos de valor para el análisis estético de la música. (Omnibus en https://www.snagfilms.com)

Batuta danzarina

El 19 de agosto de 1990 en Lenox, Massachusets, visiblemente enfermo subió al pódium de Tanglewood a conducir por última vez. Leonard Bernstein, quien el 25 de aquel mes cumpliría 72 años, sabía que era su despedida, y Tanglewood el final apropiado, pues ahí medio siglo antes había estudiado dirección orquestal con el respetado Serge Koussevitzky.

Si Mendelssohn apadrinó con la precisión de una batuta la escuela “elegante” y Wagner animó la “apasionada” al dejar el rigor y conducir más con emoción e impulso personal, Lenny logró una síntesis de esas actitudes Apolo/dionisiacas con un estilo propio, profundamente subjetivo y tormentoso, al que bautizó como Lenny Dance, o “la danza del pequeño Leonard”. Su manera de torcerse ante la orquesta alcanzaba éxtasis de ballet y llegó a admitir que en plena conducción orquestal no sabía dónde estaba:

“Cuando me fijo en lo que hay alrededor de mí no brindo una buena actuación. Sólo me concentro en la partitura donde estoy inmerso y los instrumentos. Sonará presuntuoso, pero para dar una presentación verdaderamente grandiosa, tengo que sentir que yo escribí la obra.”

Casi se quebró a la mitad de la Séptima Sinfonía de Beethoven y condujo buena parte del tercer movimiento apoyado, boqueando aire. Cuando terminó, molido y desgastado, recibió una de las aclamaciones más arrebatadas que se le habían brindado jamás. De pie, hasta los críticos lo ovacionaron. Las agencias AP y AFP lo recordaron el 14 de octubre en cables recogidos por los mejores diarios del planeta así:

“Director, pianista, educador, escritor, compositor, el mundo lo conoció principalmente como autor de la música para la película Amor sin barreras… Bernstein dirigió un concierto en un campo de concentración liberado, recolectó dinero para los Panteras Negras… En noviembre de 1989 rechazó la Medalla a las Artes del gobierno estadunidense en protesta por el retiro de una exposición que contenía imágenes homosexuales.”

Las banderas del Lincoln Center ondearon a media asta, el teatro público reemplazó sus estandartes por otros con las iniciales “LB”. El día de sus honras fúnebres, a mediados de octubre de 1990, la Filarmónica de Nueva York y la Sinfónica de Boston interpretaron el cuarto movimiento de la Quinta Sinfonía de Mahler, que Lenny había elegido. Incluso Joan Peyser (quien en su biografía Bernstein cuenta con detalle borracheras, drogadicción, homosexualidad y maltratos del director) se unió a la sublime reverencia: 

“Lenny puso la música norteamericana en el mapa del mundo.”