“La cabra o la fábula del niño y su dóberman”

Apartir de testimonios periodísticos de lo que ocurre con los desaparecidos, Guillermo Revilla, autor y director de la obra La cabra o la fábula del niño y su dóberman, crea una propuesta en donde dos hombres están encerrados en un lugar para ser reeducados y convertidos en un arma a favor de su carcelero. No se saben los por qués y los para qués, y los personajes deambulan en el espacio tratando de responder esas preguntas.

Si bien el autor y los actores tienen claro lo que quieren decir, el espectador se queda en suspenso, más que sentir que está frente a una obra de suspenso, como se pretende. Son confusas las intenciones, y los objetivos de la puesta se quedan ocultos. El espectador es partícipe del encierro, la violencia y la meta inmediata que les impone el victimario: cuidar a una cabra, porque lo que a ella le pase, les pasará a ellos también; si le dan de comer, comerán; si muere, ellos también morirán.

La propuesta es muy pretenciosa. Se dice que es una crítica social a la reeducación por la que muchos desaparecidos han pasado, del testimonio de cómo los narcos convierten en sicarios a personas secuestradas, pero en la obra no pasan claramente al espectador. El punto de partida se queda fuera y lo que se aprecia es una atractiva propuesta visual así, como un buen trabajo físico y gestual. Son precisas las secuencias de acción y el movimiento que recurre al combate escénico, a la acrobacia y al baile.

En el espacio sórdido y de destrucción de La cabra o la fábula del niño y su dóberman, se contrapuntean momentos cómicos y acciones de riesgo con acciones reiteradas y dramáticas. La dramaturgia se disocia de las situaciones escénicas, de la atmosfera opresiva y la sensación de encierro. Los actores interpretan con fuerza a sus personajes y resalta su versatilidad y juego. José Juan Sánchez y Héctor Iván González, aunque utilizan tonos diferentes, muestran el progresivo efecto que causa este proceso de despersonalización, el alejamiento de los recuerdos y los seres queridos que los vinculan a la realidad.

Es significativa la llamada que uno de ellos intenta hacer una y otra vez y que no se atreve. Este hecho se conoce entre los familiares de desaparecidos que reciben año con año una llamada silenciosa cada 10 de mayo, reafirmando que su hijo aún sigue vivo. Oscar Serrano explota la acrobacia y el malabarismo para el personaje de la cabra que tiene que manifestarse sin palabras; Edgar Valadez interpreta diferentes personajes de poder, desde un guerrero medieval, un rey o un príncipe azul de la TV. Tania María Muñoz (que alterna con Andranik Castañón) es la curtidora, la que se mueve fuera del espacio de control preparando la piel que  convertirá en cuero; un personaje misterioso con una máscara impersonal que después compartirán los otros prisioneros.

El diseño de escenografía, iluminación y vestuario de Víctor Padilla nos lleva a un ambiente oscuro y en tonos ambarinos, con un pasillo exterior al fondo que amplifica el misterio. Desde ahí se asoman los personajes y apenas dejan verse.

Pozole o la venganza de las anacrónidas fue la obra anterior de la compañía Festín Efímero que ganó la convocatoria de Incubadoras de Grupos Teatrales de Teatro UNAM y del Centro Universitario de Teatro. En ella también abonaba en las acciones físicas pero más desde la farsa.

La compañía se arriesga en la experimentación y eso hace valiosa la puesta en escena de La cabra… que se presenta en el foro A poco no, aunque los resultados no fueron los óptimos.