“El insulto”

Tony Hana (Adel Karam), mecánico de oficio en Beirut, sale de una reunión con el Partido Cristiano, en casa se encuentra con su esposa embarazada, se pone a regar las plantas del balcón, desde allí moja a Yasser (Kamel El Basha), capataz de obra de una construcción cercana que le reclama, Tony lo toma a mal y Yasser lo insulta; éste, presionado por su jefe, tiene que disculparse, y de ahí caen en una espiral de pleitos y agresiones que los lleva a tribunales para convertirse en causa de batalla entre cristianos libaneses y palestinos refugiados.

En su arranque, económico y preciso, El insulto (L’insulte; Líbano-Francia-Bélgica, 2017), recuerda a una fábula de La Fontaine, y el desenlace a las moralejas agridulces del célebre fabulista. Ziad Doueiri, realizador libanés afincado en Francia, lleva las heridas de la guerra civil, los temas de sus películas parten de experiencias personales, como puede apreciarse en West Beirut (1998), realizada poco después del conflicto.

La controversia, el enfrentamiento de dos posturas irreconciliables, no es un simple resorte dramático en el cine de Doueiri para accionar sus tramas; la desavenencia es inevitable, corre en el tejido de su obra y de su vida real; en El ataque (2012), por ejemplo, un médico árabe de Tel-Aviv descubre que su esposa es una terrorista, y el hecho de que Doueiri rodara la cinta en Israel le acarreó insultos y recriminaciones del lado libanés y palestino. El insulto, de hecho, ha sido prohibida y boicoteada en varios países árabes; el guion fue escrito en colaboración con su ex mujer, Joelle Touma, quien aporta el punto de vista femenino, valor extraordinario en ese mundo de machos y patriarcas.

El insulto no debe los premios (el de Venecia, o la nominación al Óscar), o halagos de la crítica, a una propaganda bien intencionada de reconciliación fácil; Doueiri, camarógrafo por años de varias de las cintas más famosas de Quentin Tarantino (Pulp Fiction), maneja como virtuoso la cámara al hombro, y sabe acomodar la cámara fíja; la alternacia de planos y secuencias logran un ritmo de remolino que jala al espectador, visual y emocionalmente, a un marasmo de absurdos, injusticias y estupideces; duelen las costillas rotas de Tony, el miedo y la rabia fría de Yamel, las heridas de la guerra, los genocidios, y es ahí donde se revela el tipo de humanista que es el director, uno capaz de ver el círculo completo.

Una disputa doméstica provoca un parto prematuro, luego un conflicto internacional: Un cristiano escupe por un colmillo que Sharon debió exterminar a los palestinos, y éstos se aprovechan, lo acusan de sionista y explotan el asunto. Figuras de autoridad, desde policías, abogados defensores y jueces pescan en río revuelto para sus propias causas. En estos juegos de espirales y arabescos, la trama y el sentido en El insulto nunca se sienten confusos, los sentimientos son contundentes, la moral evita el maniqueísmo, y el antagonismo funciona como espejo donde cada cual refleja en el otro sus miedos y prejuicios.