Seis horas de incendio, años de abandono

El incendio del Museo Nacional en Río de Janeiro representa la pérdida más importante de un acervo cultural y científico no sólo de Brasil sino de toda Latinoamérica. Deja en evidencia la falta de recursos que viven las instituciones culturales del país y hace ver que la situación va a empeorar en los próximos años, en vista de que la política económica gubernamental no le da un lugar de importancia a la ciencia y la cultura. De ahí que la población brasileña ha empezado a trocar la palabra “tragedia” por la de “crimen”.

Río de Janeiro.- Alexander Kell­ner, director del Museo Nacional, intentaba contener su tristeza mientras se acercaba a los micrófonos de la prensa para dar su veredicto después de visitar, el lunes 2, el recinto en cenizas: “Todo está destruido”, dijo. 

–¿También el fósil de Luzia? –preguntó un reportero. 

–Yo creo que sí. Por el momento solamente puedo decir que toda la colección que estaba expuesta en el segundo y en el tercer piso se esfumó –respondió. 

Dado el riesgo de que el edificio se colapsara, los funcionarios de protección civil no permitieron que los investigadores entraran a las 120 salas distribuidas en 13 mil 616 metros cuadrados. Pero en la noche la subdirectora del museo, Cristiana Serejo, anunció que 90% del acervo de 20 millones de piezas estaba quemado. 

Aunque expresó su esperanza de que Luzia, el esqueleto de 12 mil años considerado uno de los más antiguos de América, el fósil y la reconstrucción antropológica de su rostro estarían actualmente bajo los escombros. 

El esqueleto y las otras piezas más valiosas del museo estaban guardadas en armarios de acero que pueden resistir al fuego. Las autoridades declararon que también era una reproducción el esqueleto que se exhibía de Maxakalisaurus topai, un cuadrúpedo herbívoro. Se trataba del mayor esqueleto de un dinosaurio que se había montado en Brasil. El verdadero estaba en otra caja de acero. “Ahora todo depende del impacto de los escombros”, añadió Serejo. 

Durante la semana los investigadores actualizaron a diario el recuento de las pérdidas: el Centro de Documentación de Lenguas Indígenas, que albergaba toda la documentación sonora y fotográfica de las lenguas habladas y los cantos de tribus extintas, desapareció. El departamento de Antropología contaba con 130 mil piezas y una biblioteca de cerca de 200 mil documentos. No había un catálogo en línea de las colecciones y las computadoras fueron destruidas. Únicamente se salvaron los departamentos de botánica y de vertebrados, que están en un edificio adyacente. 

Aun si se lograran recuperar algunas piezas, en las seis horas de incendio Brasil ya perdió una parte inestimable de su patrimonio histórico, cultural y científico. El Museo Nacional albergaba la mayor colección de historia natural y antropológica de América Latina. También era uno de los más antiguos museos del continente. 

En junio pasado celebró su aniversario número 200. Fue fundado por el rey João VI de Portugal en 1818. La familia real portuguesa habitó el edificio de 1808 a 1821 y la familia imperial brasileña lo ocupó de 1822 a 1889, además de que ahí se firmó la independencia del país. Posteriormente se convirtió en centro de investigación, con 89 profesores y cerca de 500 alumnos de maestría y doctorado, con seis cursos de posgrado: antropología social, arqueología, zoología, botánica, lingüística e idiomas indígenas y geociencias.

Falta de presupuesto

Entre los investigadores y la población, la palabra “tragedia” se sustituyó rápidamente por “crimen”. Los bomberos no pudieron hacer nada; ni siquiera las bombas contra incendio estaban funcionando en el museo y debieron tomar agua del lago que rodea el edificio. En el transcurso del lunes 3 se supo que el museo tenia deficiencias graves: carecía de detectores de humo, puertas cortafuego o rociadores en el techo, sólo extintores. El sistema eléctrico era tan antiguo que varios cables estaban expuestos. 

El rector de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Roberto Leher, encargada del Museo Nacional, reconoció que el presupuesto disminuyó más de la mitad desde 2013. De 1 millón 274 mil reales (equivalentes a 5 millones 940 mil 798 pesos mexicanos) hace cinco años, bajó en 2017 a 452 mil reales (2 millones 114 mil 757.53 pesos). Este año el museo iba a recibir apenas 205 mil 821 reales (962 mil 897 pesos).

Según Sigue Brasil, un proyecto del Senado que acompaña los gastos del presupuesto federal, el recinto recibía menos dinero que los gastos previstos para lavar los 86 autos oficiales de la Cámara de Diputados en Brasilia (563 mil reales o 2 millones 640 mil 480 pesos) y que el mantenimiento mensual de la residencia presidencial, el Palacio Alvorada (500 mil reales equivalentes a 2 millones 344 mil 508 pesos). 

El presupuesto para el mantenimiento del Museo Nacional era tan limitado que en 2017, cuando algunas salas sufrieron una invasión de termitas, tuvo que recurrir al financiamiento participativo por internet para recaudar 50 mil reales. 

“Nunca hubo una inversión capaz de mejorar la infraestructura y proteger correctamente el acervo. El presupuesto en realidad no permitía mantener una institución tan importante en un edificio histórico. Las administraciones siempre tenían que enfrentarse con situaciones de emergencia que podían colocar la vida de las personas y el acervo en riesgo”, dice a Proceso Adriana Facina, profesora del posgrado en antropología social del museo. 

En estos últimos años los especialistas hicieron varias advertencias. Un informe de la Biblioteca del Museo Nacional mencionaba en 2016, como “circunstancias difíciles que perduran desde hace años”, la infestación de animales y el riesgo de que el techo se derrumbara. 

“El edificio de la biblioteca sigue sufriendo goteras e infiltraciones, principalmente en el área de custodia del acervo. Nos obliga a poner plásticos negros sobre estantes enteros y cubetas en prácticamente todos los espacios”, alertó el personal en ese documento. 

La Sociedad Brasileña de Geología manifestó también su preocupación por el deterioro del Museo Nacional en una carta publicada el 24 de agosto, tras el 49 Congreso Brasileño de Geología, y pidió al gobierno federal tomar “medidas urgentes para su restauración”. 

Un arquitecto, cuyo nombre se mantuvo en reserva, alertó el pasado 27 de julio ante el Ministerio Público Federal de Río de Janeiro sobre “el riesgo de incendio en el Museo Nacional”. El profesionista escribió: “Este acervo puede quemarse en cualquier momento; es un milagro que todavía no lo haya hecho” y añadió fotografías de material inflamable en el techo y cables de electricidad expuestos en el tercer piso, justo donde comenzó la conflagración. 

La administración del Museo Nacional estaba consciente del peligro y había conseguido un financiamiento por 21 millones de reales (98 millones 179 mil 773 pesos) con el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social para apuntalar el palacio en junio pasado, con miras al bicentenario de su construcción. El dinero se invertiría en su reestructuración y en un sistema de prevención de incendios. Pero los recursos se iban a liberar después de las elecciones de octubre próximo. 

Otras tragedias

Esta es sin lugar a dudas la mayor tragedia del patrimonio cultural del país. “Es como si se perdiera el Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México”, añade Facina. Pero no es la primera. En los últimos años varios incendios han destruido edificios culturales importantes de Brasil. 

En Sao Paulo, el estado más rico del país, se quemó el Teatro Cultura Artística en 2008, el Instituto Científico Butantan en 2010, el Memorial de América Latina en 2013, el Museo de la Lengua Portuguesa en 2015 y la Cinemateca al año siguiente. Todos tenían deficiencias graves en los sistemas contra incendio. En Río de Janeiro sucedió lo mismo en 2011 con la capilla de San Pedro de Alcántara, del siglo XIX, ubicada en el campus de la UFRJ. Además, el edificio de la Rectoría y la Facultad de Arquitectura de la misma casa de estudios, así como uno de los dormitorios del campus, se quemaron en 2016 y 2017. 

Cada desastre hace más evidente la falta de presupuesto para el mantenimiento de los edificios y todo indica que la situación empeorará en los próximos años. 

En diciembre de 2016 el Congreso aprobó una reforma constitucional que congela los gastos públicos para las siguientes dos décadas. La medida limita el aumento de los gastos a la tasa de inflación del año anterior y sin tener en cuenta el aumento poblacional. 

La Asociación Nacional de Rectores de las Instituciones Federales de Enseñanza Superior alertó, en un comunicado, sobre las consecuencias de la reforma para la educación y la cultura: “Con los cortes estimados para 2019, las 93 mil becas de posgrado y las 105 mil de formación docente dejarán de ser pagadas a partir de agosto del año próximo. La previsión es que el presupuesto baja de los irrisorios 1.2 millones de reales en 2018 a sólo 800 mil reales en 2019. Es necesario recordar que en 2014 el presupuesto era de 2.8 millones de reales”, dice el comunicado. 

Un estudio reciente de los economistas Vilma Pinto y Manoel Pires, de la Fundación Getulio Vargas, considera que el Estado federal no podría funcionar con la reforma. 

Según los especialistas, el Estado gasta 120 mil millones de reales en su operación y con la reforma debe reducir esos fondos de 126 mil millones de reales en 2018 a 100 mil millones en 2019 y 70 mil millones en 2020. 

En este escenario, los economistas prevén un fuerte impacto en la cultura. El ministerio correspondiente desapareció al inicio del gobierno del presidente Michel Temer pero la movilización de los artistas lo revivió. Ya son varias las instituciones que no funcionan plenamente por falta de presupuesto, como el Parque Nacional de la Sierra de Capibara, en el sur del estado de Piauí y declarada por la UNESCO parte del Patrimonio Mundial Cultural. Hace tres años el parque operaba con casi 300 empleados y el mes pasado fueron despedidos 60 de los 70 que le restaban. 

El Museo do Ipiranga, en Sao Paulo, dedicado a la historia de Brasil, está cerrado desde 2013 porque necesita una restructuración urgente, pero no se le destinan recursos públicos y no ha conseguido suficientes de la iniciativa privada. Se prevé reabrirlo en 2022 para los festejos del bicentenario de la independencia. 

La ley Rouanet incita a las empresas a financiar la cultura a cambio de descuentos fiscales. Según la agencia Lupa, mediante una iniciativa de fact-checking del periódico La Folha de São Paulo, el Museo Nacional solicitó dinero el año pasado: de 17.6 millones de reales que requería, solamente captó 1.07 millones. El reportaje muestra que las empresas prefieren financiar espectáculos que la restauración de museos. Quedó claro que la supervivencia del patrimonio histórico tampoco vendrá de la iniciativa privada.