“Edipo: nadie es ateo”

La tragedia de Edipo ha trascendido hasta nuestros días debido a la condena hecha por el oráculo: matarás a tu padre y te acostarás con tu madre. Desde esta perspectiva, la tragedia puede acrecentarse y David Gaitán la reinterpreta a partir de la confrontación entre la fe y la verdad, colocando en el ojo del huracán el intento por encontrar la razón del por qué Tebas está devastada por la peste.

Edipo: nadie es ateo, indaga a profundidad sobre las implicaciones que tienen en el ser humano y en la comunidad, el querer buscar la verdad y el no quererla ver; creerla en la ciencia y descubrirla en el destino irrefutable. 

Edipo: nadie es ateo es una rica propuesta; arriesgada y personal, que observa con los ojos del presente y actualiza la problemática en nuestra sociedad de hoy. David Gaitán, autor y director de la pieza, elige aspectos particulares de la tragedia y recurre a referencias bibliográficas que abonan en el tema. Es argumentativa y hace disertaciones, sí; pero parte del conflicto primordial que se ha planteado como hipótesis a desarrollar escénicamente.

En Edipo: nadie es ateo, que se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, todo sucede al interior del palacio. Ahí se discuten los conflictos políticos y también es donde Yocasta y Edipo se aman y se enfrentan. Es el lugar donde el mensajero transmite las opiniones del pueblo y donde Tiresias evoca al oráculo. La línea divisoria entre lo público y lo privado se disuelve para develar las motivaciones reales que llevan a los gobernantes a tomar decisiones. Igualmente está el pueblo, que se expresa con cartas enviadas al soberano diciendo verdades o en el megáfono mecánico por el que se transmiten las resoluciones de palacio. 

Cinco actores jóvenes interpretan esta obra (Raúl Briones), Yocasta (Carolina Politi), Creonte (Adrián Ladrón), Tiresias (Diana Sedano) y al Mensajero (Ramón Morales). Sobresale la naturalidad y verosimilitud escénica. El énfasis no está en ser personajes trágicos sino en su humanidad, en sus pasiones e inseguridades; en su inocencia –como el caso del mensajero– y en sus trayectorias hacia la derrota frente el destino. Carolina Politi, pletórica de matices, muestra los recovecos de su personaje, sus ambigüedades y deseos, su transformación ante la verdad que, incólume, acepta.

La pasión sexual entre mujer y hombre con que inicia la obra, concluye en la relación entre una madre y su hijo. Imágenes poderosas que marcan el periplo de Edipo; este personaje trágico que a lo largo de los siglos ha dado luz sobre la complejidad humana.

La escenografía e iluminación de Alejandro Luna amplifica el concepto de amalgamar lo público y lo privado y multiplica las posibilidades de tránsito de los personajes. Coloca diagonalmente una gran mesa con pilares griegos que sostienen al tabloide como soportes de un palacio. Algunas sillas alrededor, en pie o tiradas a los lados, evocan el caos y a personajes ausentes. 

Resaltan los recursos dramáticos del autor que contemporizan la tragedia. La pregunta fundamental se manifiesta, por ejemplo, en las jornadas por la verdad que el rey ha dispuesto para que el pueblo participe; en el debate de ideas y en las consecuencias que la verdad trae a la vida de cada personaje. Los símbolos se suceden en el escenario y conllevan a más preguntas; como la presencia de un elefante gigante, que remite a la parábola de los ciegos y el elefante (que estando la verdad en su cara, no la ven), o al nacimiento de Ganapati (cabeza de elefante y cuerpo humano) o a la manada del palacio.

Edipo: nadie es ateo, aunque con un final discursivo débil, magnifica cuestionamientos esenciales de nuestro presente y vincula, con un lenguaje escénico contemporáneo, lo que desgarra las entrañas del individuo y lo que la sociedad exige de él.