“Tiempo compartido”

Si no fuera porque desde al inicio se instala la incomodidad como principio de realidad, Tiempo compartido (México-Holanda; 2017) podría embaucar con la falsa pista de una comedia de situaciones, o un drama de mera paranoia.

Pedro (Luis Gerardo Méndez) llega al hotel con Eva (Cassandra Ciangherotti) y su niño (cuarto con alberca en el paquete vacaciones diseñadas en el cielo), pero resulta que hubo un error administrativo; además de los mosquitos, habrá que compartir el espacio con otra familia, y se adivinan problemas graves en el paraíso.

Como explica Sebastián Hofmann en la entrevista de Columba Vértiz (Proceso, 14 de enero), en ese ambiente artificial de piñas coladas y sonrisa obligada, la cosa empieza con slapstick (“payasada”) y se deriva a lo siniestro. La verdad es que la incomodidad se encaja como astilla desde el principio y va mallugando la carne del espectador hasta sofocarlo.

Pedro llega ya cojeando, no se sabe si es hueso roto o polio, pero la fractura está instalada desde antes, el absurdo kafkiano del laberinto de la industria turística y sus técnicas de lavado de cerebro –temporada alta y falta de cupo–, no hace más que evidenciar el quiebre familiar; el desface entre la propuesta de felicidad turística con la realidad de la manipulación y la sangría hacia el usuario, resuena con el sueño de familia feliz de la clase media mexicana.

Entre juegos de paraíso e infierno, Hofmann y Julio Chavezmontes, su coguionista, se valen de paralelismos, antagonismos, reflejos, contrastes, todo un amor a la geometría que resuelve sus teoremas rompiendo espejos; Andrés (Miguel Rodarte), el personaje paralelo dedicado a labores ingratas de limpiador –poque quedó fracturado por el conglomerado turísitico–, desbarata a trompadas el aire acondicionado, emblema de vacaciones acapulqueñas; ahí. en los intestinos de la maquinaria, sobrevive la pérdida de su hijito, y el alejamiento de su mujer, convertida a la religión del couching para vender tiempos compartidos. Andrés es el reflejo invertido de Pedro, algo en lo que éste podría convertirse.

Sacar a dos actores como Rodarte y Luis Gerardo Méndez, talentosos pero estereotipados en sus papeles en la farsa o en el melodrama, de su zona de confort (como declara el realizador), fue una jugada maestra, imposible si Hofman no fuese capaz de captar la oscuridad que cada uno es capaz de expresar; así, convencen en su patetismo, sin necesidad de causar lástima. 

La dirección actoral de Hofman deja poco al azar, la incomodidad en la que ancla a Pedro y Andrés invade lo físico, como la nariz rota o el pie lastimado del primero, los puños lastimados y los efectos de los medicamentos en el segundo; en el nivel afectivo, la amenaza de destrucción de la familia y la incomodidad llegan a la desesperación, y lo mismo ocurre en el orden moral. Las alucinaciones que invocan el cine de Buñuel, por ejemplo, un flamingo rosa (otro emblema acapulqueño) al interior de la geometría azul de pasillos y cuartos de hotel, afecta a fondo al espectador porque lo obliga a decidir si fue real o no.

Un gusto por lo monstruoso y el surrealismo recorre Tiempo compartido, pero estas familias y sus componentes parecen existir más allá de las situaciones que padecen; es muy problable que la capacidad de crear personajes fracturados, densos y complejos, termine por imponerse en el trabajo de Hofmann, y lo gótico derive a lo trágico.