Tenis

El Abierto de Tenis de Estados Unidos terminó en días pasados con una Serena Williams castigada por reclamarle al juez, saltar, presa de la frustración, sobre su propia raqueta, y una extensa volea de opiniones de si lo sucedido en la cancha era o no discriminación racial, prejuicio contra las mujeres que reclaman y hasta sobre la forma en que supuestamente “son las afroamericanas”. En medio, un caricaturista australiano que dibujó a Williams furibunda, con un chupón de bebé aventado en la cancha, fue motivo del más recurrente de los malentendidos: “No retrata el motivo por el que la mujer se disgustó”, dijo una feminista, sin entender la diferencia entre una caricatura y un ensayo sobre la discriminación. 

El tema no le pareció menor a Geoffrey Chaucer, el autor de los Cuentos de Canterbury, que en un viaje en 1387 hacia esa abadía puso a convivir en un libro las narraciones entre frailes, monjas, carpinteros, cocineros, marineros, un estudiante de Oxford, una mujer de Bath –sur de Inglaterra– y un abogado. Ahí califica al tenis como “rey de los juegos y juego de reyes”. Doscientos años antes que Shakespeare lo volviera un tema político, Chaucer se refería al “tenis real” para algo más parecido al frontón: se jugaba con la mano –la raqueta se inventa en 1500– dentro de un salón en el que podía volearse en paredes, piso y techo. Contar con un salón para volear era, sin duda, algo de reyes. Enrique VIII tenía uno en Hampton Court. Por eso, quizás, hasta ahora, el tenis se considera un deporte aristócrata, monárquico, y una mujer afroamericana gritando en una cancha resulta una extravagancia. Chaucer, tratando de responder a la pregunta “qué quieren las mujeres”, hace responder a la mujer de Bath, que ya lleva cinco matrimonios: “Quieren ser libres, hacer lo que les plazca, volverse ricas, tener honra y los placeres de la cama, enviudar para volverse a casar… Pero lo que realmente desean es tener autoridad”.

Es Shakespeare el que introduce el tenis al ámbito del poder cuando centra la diplomacia entre ambos países en un intercambio entre Enrique V y el embajador de Francia. Éste le trae de regalo unas pelotas de tenis, para hacerlo reflexionar sobre una posible invasión de Inglaterra. Enrique toma las pelotas de tenis como una amenaza y le responde en lenguaje deportivo:

“Estamos encantados de que el Delfín sea tan complaciente con nosotros. Le agradecemos el regalo y el esfuerzo. Cuando logremos ajustar nuestras raquetas a estas pelotas, jugaremos en Francia un partido que, con la gracia de Dios, ganará la corona de su padre en la red. Dile que se ha empeñado en un partido con un jugador tal, que todas las canchas de Francia resultarán trastornadas con nuestras voleas. Dile a ese príncipe tan complaciente que su burla ha transformado sus pelotas en balas de cañón y que su alma quedará dolorosamente impresionada por la terrible venganza que volará con ellas.”

En Hamlet, Shakespeare escribe de alguien que, según Polonio, miente sobre conocer a otro: “Te dirá, sí lo conozco, lo vi el otro día, apostando, muy bebido, discutiendo sobre un juego de tenis, y entrando en una casa de pobre reputación, esto es, en un burdel”. Por eso, cuando Tom Stoppard escribe en 1966 Rosencrantz y Guildenstern han muerto, los pone a jugar tenis mientras se hacen mutuamente preguntas que no pueden responderse. Son, por supuesto, los dos estudiantes que reciben una carta del rey Claudio con la orden de ejecutar a Hamlet- en cuanto desembarque. En la obra de Shakespeare, estos dos supuestos amigos de la infancia de Hamlet acaban ejecutados porque el príncipe melancólico reescribe la carta. Stoppard recrea Hamlet a partir de la mirada perpleja de estas dos mitades de un personaje, como si fuera Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Al jugar a hacer preguntas usan la forma en que se lleva la puntuación en el tenis. El juego consiste en responder una pregunta con otra y se pierde cuando alguien hace una afirmación o cae en la retórica. El problema empieza con una pregunta confusa con la palabra “love”, que es, por supuesto “amor”, pero en el tenis es “cero”. 

Esta idea del tenis como intercambio de preguntas ya estaba desde que, en 1524, Erasmo de Rotterdam escribió sus Coloquios. En el llamado “El recreo” leemos este diálogo entre Nicolás y Cocles, dos estudiantes que discuten si usan su tiempo entre clases para jugar tenis de dobles:

–El juego de pelota con la mano es con el que más se ejercitan todas las partes del cuerpo. Pero quizás es más un juego de invierno que de verano. 

–Podríamos jugar con red para sudar menos.

–¡Qué va! Las redes, para los pescadores. 

Quién sabe si Shakespeare leyó este “coloquio” de Erasmo antes de escribir Hamlet,- pero lo cierto es que, en él, ya se transforma el tenis en una metáfora de la guerra: “En el juego leal, hay que ganar por arte, como en la guerra, pero jamás descontar a la Fortuna, que va de un bando a otro como si no decidiera aún un marido”. Rabelais, en Gargantúa y Pantagruel, también toma el tenis como un deporte de guerreros, de ida y vuelta, de preguntas sin respuestas, convirtiéndolo en este verso que hace recitar a un estudiante de la Universidad:

“Así que tienes en tu mano la raqueta,

una pelota de tenis en tu bolsillo

el reglamento en la punta de tu gorra.

Con la habilidad de lanzarla

en una danza lenta, se te concederá

la capucha de la licenciatura.”

El naturalista y teólogo Emanuel Swedenborg escribió Cielo e infierno en 1758 gracias a una visión: “Se me ha permitido ver a los ángeles estando plenamente despierto, es decir, dueño de todos mis sentidos físicos y en un estado de clara percepción”. El cielo de Swedenborg es famoso por dos cosas: que en él los espíritus se casan y tienen sexo y porque los ángeles juegan tenis. Nada más que la muerte separa realmente el cielo eterno de las efímeras vidas de los hombres y, por ello, el placer de los sentidos materiales encuentra una continuidad en la vida de los espíritus. En el cielo de Swedenborg, el “descanso” de las almas no sólo no implica inactividad, sino que es un desarrollo infinito de las actividades, talentos, y deseos terrenos. Hay comunidades, familia, pareja e incluso gatos, que son espíritus que, a pesar de haber ido a la iglesia, no entendieron el mensaje. Los ángeles juegan tenis porque, además de que “no son mentes sin forma ni gases etéreos”, hay algunos que fueron ricos en su vida terrena: “Ellos entran al cielo con la misma facilidad que los pobres”. En ese cielo, más de un ingeniero que de un teólogo –como apuntó Borges–, los jardines son aprovechados para jugar al tenis que ganan y pierden los ángeles de acuerdo con su desarrollo espiritual. 

Una vez monopolio de los ricos, el tenis encuentra en David Foster Wallace, cuyo suicidio fue hoy hace 10 años, su mejor cronista. En “Deporte derivado en el corredor de los tornados” lo describe así: “Es un billar con bolas que no se quedan quietas”. Tras un recorrido por lo que significa jugar al tenis en Illinois, por el viento, Foster Wallace evoca una tarde en que, tratando de responder una volea de su amigo Antotoi, se eleva durante 15 minutos y vuela como un ángel. Cuando regresa a tierra firme, una valla de metal se le avienta a la cara. No sabe bien qué le ha pasado y dónde está su amigo hasta que se recobra del golpe: han estado jugando en medio de un tornado.