El asesinato que soliviantó a los neonazis

Comenzó como gresca callejera y terminó en asesinato. La víctima era alemana. Los victimarios, árabes. El hecho sacó a las calles a los neonazis, que sin embozo hacían el saludo de Hitler y exigían la expulsión de todos los inmigrantes. Alemania se escandalizó al constatar la virulenta reacción de la ultraderecha, pero hay un fenómeno más de fondo: no sólo los ultras están enojados… también están alarmados los sectores democráticos o progresistas, que manifiestan su miedo ante una errática política federal que permite el ingreso de cientos de miles de extranjeros que piden asilo, pero a quienes no les dan alternativas de estudio o empleo. 

Berlín.- El 26 de agosto concluiría con broche de oro el festival por los 875 años de la fundación de la ciudad sajona de Chemnitz: algún valiente intentaría la hazaña de hacer 875 lagartijas y cientos o miles de personas se unirían al festival de colores Holi, de origen hindú, planeado para esa tarde, además del concierto de jazz y blues de Sydney Ellis, que pondría punto final a los tres días de festejos.

Los organizadores se habían preparado para una celebración ese fin de semana con cerca de 250 mil visitantes y para ello habían instalado en el centro de la ciudad seis escenarios y más de 200 puestos para vendedores. El ayuntamiento y las plazas principales desbordaban luces de colores.

Pero un crimen sucedido en las primeras horas de ese día cambió el rumbo de la fiesta y puso en jaque a todo el país. Más aún, expuso los dos conflictos que hoy polarizan a Alemania: el resurgimiento abierto y sin tapujos de la extrema derecha, con su discurso xenófobo y racista, y el fracaso de la política de asimilación e integración de más de 1 millón de refugiados que desde 2015 ha llegado al país.

Instrumentalización del miedo

Eran aproximadamente las 03:00 horas del domingo 26 de agosto cuando el alemán Daniel H. departía con sus amigos en la plaza principal de Chemnitz. A esa hora el grupo tomó una de las calles principales del centro de la ciudad, la Brückenstrasse; iban a un cajero automático. Ahí el destino de Daniel H –hijo de alemana y cubano– le plantó cara: por un motivo que hasta hoy las autoridades no logran esclarecer, el hombre y sus amigos entraron en confrontación con otro grupo de jóvenes. De las palabras pasaron a los golpes y en un momento un cuchillo salió a la luz.

Daniel H. recibió cuando menos cinco puñaladas en el corazón y los pulmones que le arrebataron la vida poco después. Otros dos hombres también fueron ingresados al hospital con heridas graves.

La policía detuvo al iraquí Yousif A. de 22 años, quien presuntamente habría apuñalado a Daniel H. y al sirio Alaa S., de 23 años. Un tercer sospechoso, el también iraquí Farhad Ramadán Ahmad, de 22, está prófugo. Los tres jóvenes son solicitantes de asilo.

Desde esa misma madrugada la noticia del crimen corrió como pólvora no sólo en la ciudad sajona sino por las redes sociales. Los rumores y especulaciones señalaron en un principio que la disputa tuvo lugar porque Daniel H. quiso defender a una alemana del hostigamiento sexual de los refugiados.

Ello hizo arder las redes y de inmediato grupos vinculados a la extrema derecha –como Pro Chemnitz y los clubes de seguidores de futbol Kaotic Chemnitz y New Society– llamaron por internet a una gran concentración en el centro de la ciudad en repudio a lo sucedido y contra la, aseguran, creciente criminalidad de los inmigrantes. “Demostremos juntos quién está a cargo de esta ciudad”, rezaba el llamado.

Desde primera hora de ese domingo la policía desmintió los rumores sobre el origen del pleito. Sin embargo, por la tarde alrededor de 800 personas se reunieron para encender veladoras y depositar flores en el sitio donde cayó Daniel H. Hubo otras que, encolerizadas, confrontaron a los uniformados que intentaban contener la manifestación. Vociferaron y escupieron odio contra los inmigrantes.

Usuarios de Facebook subieron videos en los que se aprecia a grupos de neonazis persiguiendo y agrediendo a paseantes cuyos rasgos físicos los delataban como “no alemanes”. Al grito de “nosotros somos el pueblo”, una parte de los manifestantes se dedicó literalmente a cazar a todo aquel con piel morena. Las imágenes reproducidas por miles en las redes sociales y transmitidas en los noticieros nacionales estremecieron a todo el país.

El miedo y enojo que despertó entre la población de Chemnitz el ataque contra Daniel H. fue instrumentalizado por grupos de extrema derecha, quienes a lo largo de una semana llamaron a la población a repetidas concentraciones, siendo la más numerosa la que tuvo lugar el sábado 1, con más de 8 mil participantes.

Los medios locales reportaron la llegada a esta manifestación, desde distintos puntos del país, de grupos vinculados con la extrema derecha, entre ellos el célebre Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), que en 2015 cobró notoriedad por su repudio a la ola de refugiados que llegó a Alemania ese verano. 

Alternativa por Alemania (AD), el partido populista de extrema derecha, tampoco perdió la oportunidad de capitalizar el descontento ciudadano y hombro a hombro con los extremistas marchó ese sábado 1. Frente a cada concentración de éstas hubo la contraparte de quienes llamaban a la prudencia y a desterrar el odio.

Durante estos días se presenciaron entonces imágenes no vistas en este país desde hace más de 85 años: manifestantes que realizaron el saludo de Hitler, penalizado por ley, y cientos coreando: “Este es nuestro país. Fuera extranjeros” o “Alemania para los alemanes, extranjeros fuera” o “Nacionalsocialismo ahora”.

Chemnitz y las manifestaciones encabezadas por los neonazis ocuparon los titulares de la prensa extranjera. También el gobierno alemán reaccionó casi de inmediato: condenó los sucesos y aseguró que no existe cabida a tal tipo de expresiones en Alemania.

Integración fallida

A pesar de que los presuntos culpables del asesinato de Daniel H. están detenidos y enfrentarán juicio, el enojo y miedo de las miles de personas –los denominados ciudadanos normales– a las que no les molestó marchar al lado de los radicales, siguen intactos.

“De nuevo los medios hablan sólo de los extremistas de derecha de Sajonia. Y sí, Sajonia tiene un problema con ellos, pero en Chemnitz también tenemos un problema con los refugiados y ya es hora de que también podamos hablar de ello sin ser catalogados de racistas y extremistas”, señala sin tapujos la profesora Anja P., una ciudadana que se declara socialdemócrata y quien pide permanecer en el anonimato porque justamente desea evitar ser tachada de extremista de derecha:

“La enorme cantidad de hombres jóvenes que rondan entre los 20 y 30 años y que provienen principalmente del norte de África, Siria e Irak son el problema. Su presencia ha venido a cambiar por completo a la ciudad. La calle se ha convertido para las mujeres en un lugar peligroso y yo vivo permanentemente con miedo por mi hija y mis alumnas”, asegura en entrevista telefónica.

Y es que al lado del peligroso resurgimiento del racismo y la xenofobia en puntos específicos de Alemania, también existe un conflicto real del que poco se habla y que, sin embargo, ocupa las conversaciones de la gente en los pequeños pueblos y ciudades: la muy complicada integración de más de 1 millón de solicitantes de asilo que han llegado a este país con idiomas, religiones, costumbres, creencias y culturas muy distintas a la alemana.

“El gran problema de Alemania es que desde hace más de 50 años no ha logrado una política de migración sensata y me parece que en ese sentido el gobierno es también responsable de todo lo que ahora vemos en Chemnitz”, asegura en entrevista con Proceso Seyran Ates, abogada y activista defensora de los derechos de las mujeres.

De origen turco pero naturalizada alemana hace más de 20 años, Ates expone: “Los políticos, que viven en un mundo superior, deciden sobre las leyes de inmigración sin saber lo que a la gente normal, a los de abajo, les preocupa e interesa. Y esa actitud provoca, con razón, el enojo ciudadano. En Alemania la gente está enojada porque se enfrenta cada día con el conflicto de la inmigración”.

Agrega: “El gobierno trajo a miles de inmigrantes a regiones como Sajonia, donde la presencia de extranjeros es muy baja, y los dejó ahí, en refugios, en medio de pueblos y pequeñas ciudades con gente que nunca ha tenido contacto con extranjeros. Es natural que los conflictos surjan de inmediato. Y de eso no tienen la culpa los refugiados ni la gente originaria, sino el gobierno, que no se preparó para resolver esos problemas”.

Aunque la activista condena el actuar de los grupos de ultraderecha, considera que el gobierno tendría que atender el reclamo válido de la mayoría de la gente que ha salido a la calle a protestar.

“La reacción de la mayoría de la gente en Chemnitz no tiene que ver con racismo. Es temor a lo desconocido y enojo por sentirse abandonada por su propio gobierno. Concuerdo con aquellos que reclaman que el tema verdadero en este momento en Alemania tiene que ser la integración de los cientos de miles de inmigrantes. Pero la prensa y el gobierno desvían la discusión a un tema de racismo, neonazismo y extremismo de derecha sin hablar abiertamente del problema que implica, por ejemplo, que haya miles de jóvenes refugiados en la calle que durante todo el día no ocupan su tiempo en nada. 

“Los refugiados están todo el día sin ocuparse en nada, no tienen trabajo y la consecuencia es que se juntan, salen a la calle y los jóvenes evidentemente buscan chicas. Están en una edad en que la sangre les hierve. Y eso pasa no sólo aquí, sino en cualquier parte del mundo donde hay jóvenes que están todo el día sin hacer nada.”

Criminalidad inmigrante

El éxito que tuvo el llamado de los grupos vinculados a la extrema derecha tiene que ver con un sentimiento de temor e inseguridad entre la población. Este factor también explica que en los últimos años el partido AD sea la principal oposición política en el Parlamento alemán.

Desde los sucesos de la Noche Vieja en Colonia el 31 de diciembre de 2015, cuando cientos de mujeres fueron asaltadas y agredidas sexualmente por jóvenes extranjeros, muchos de los cuales después se confirmó eran solicitantes de asilo, una parte de la población mira con recelo y desconfianza a los visitantes.

Y es que desde entonces se han registrado una serie de eventos en los que los refugiados están involucrados: robos a transeúntes, acoso sexual con violaciones, asesinatos y homicidios sin premeditación.

La estadística oficial de la Oficina Federal de Investigación Criminal señala que sólo en 8.5% de los delitos que se comenten en Alemania hay sospecha de la participación de extranjeros vinculados con una solicitud de asilo. Sin embargo la percepción colectiva en ciertas regiones del país los apuntala como la principal causa de la inseguridad. 

Justo dos semanas después del asesinato de Daniel H., el domingo 9, otro joven alemán murió en la pequeña población de Köhten, en el vecino estado de Sajonia-Anhalt. De nueva cuenta se trató de un altercado con jóvenes inmigrantes que terminó en golpiza. Sin embargo, luego de la autopsia realizada a la víctima, las autoridades determinaron que su muerte no tuvo que ver con la pelea sino por un fallo cardiaco.

Pero nuevamente los movimientos de extrema derecha se pusieron en acción. La gente en esta región reaccionó con prudencia y las protestas no escalaron al nivel en que lo hicieron dos semanas antes. Hay, sin embargo, una calma tensa.

“Ya hace 12 años escribí en mi libro Equívoco-multikulti la problemática que se avecinaba por la errática política de integración que tenemos. Lo advertí entonces y lo advierto ahora: ‘Si los políticos y nosotros no nos ocupamos de hacer bien las cosas, entonces se ocuparán los de la extrema derecha. Y ahí los vemos ahora’, señala Ates.

Los sucesos de Chemnitz demostraron que los dos principales problemas de Alemania están a flor de piel y cuando se cruzan, resulta un coctel explosivo cada vez más difícil de controlar.