“Ana y Bruno”

Ana llega con sus padres a lo que parece ser una casa de descanso, el papá se va, y ella queda con la mamá a hacerle compañia; poco a poco, la chiquita se enfrenta a situaciones harto siniestras: el lugar es una clínica psiquiátrica.

En el tercer piso, el encargado realiza sus curas, y ahí los electro-shocks se aplican como si fueran aspirinas. Para colmo, la niña comienza a hacer migas con una serie de personajes espeluznantes que resultan provenir de las alucinaciones de los enfermos.

Contada así, esta animación de Carlos Carrera, Ana y Bruno (México, 2017) provoca escalofrío, y así se entiende la controversia mediática de que algunos padres de familia cuestionen llevar a su hijos a verla, pero el diseño y la manera en que está narrada, de principio a fin, la hacen 100% apta para niños, y disfrutable para los adultos.

Claro, los padres tienen la última palabra y sólo ellos pueden decidir, pero entonces éste debería ser el caso para cualquier película supestamente para niños, y habría que empezar desde las sádicas animaciones de Tom y Jerry, hasta el trabajo de Tim Burton… ¿ha habido algo más tanático en el cine de animación que El cadaver de la novia?

Aquí todo sucede desde la perspecitva de la niña, una muy sana, ingenua y valiente. En la primera parte, el público entiende sólo mediante Ana va descubriendo de qué va la movida; el público infantil se identifica fácilmente y la acompaña a través de los difentes niveles que maneja Carrera, desde la triste realidad de la pareja hasta la fantasía y el delirio, respetando la lógica de cada nivel.

Sí hay un punto de bifurcación en donde se separa la experiencia de la niña de la del espectador: El duende verde, el elefante rosa, el excusado ambulante, la mano con ojo y demás esperpentos y alebrijes, sugieren contenidos (sexuales, escatólogicos) de psicopatías diferentes, temas que el adulto puede elaborar por su cuenta, pero Ana sólo se relaciona con ellos de manera ingenua y amorosa, y ellos le corresponden. Esta postura del director garantiza que la cinta sea para niños.

Ana es una heroína infantil de la estirpe de Chihiro, que enfrenta la oscuridad para llegar a la luz, nada que ver con el gusto mórbido de Jack o el placer de lo oscuro de Frankenweenie (Tim Burton), o la terrorífica Coraline (2009) de Selick. A nivel mundial, empezando por Disney y sus derivados, la animación no puede renunciar a actualizarse: en la última versión de El Principito, la niña-heroína era hija de una mujer sola, exigente y reprimida. Así como los niños de ahora se enfrentan a situaciones de padres separados, el tema psiquiátrico y la pérdida corresponden a vivencias reales.

Además de la falsa polémica de clasificación, Ana y Bruno se anuncia como la animación más costosa de la historia del cine en México, con toda una década de lucha y trabajo por terminarla. Carlos Carrera, Palma de Oro en Cannes por su corto animado El héroe (1994), es un director empeñoso que no deja de experimentar y arriesgarse por caminos poco o nada explorados.