El levantamiento zapatista bajo la óptica de Salinas de Gortari

Para hacer una revisión exhaustiva de la historia del neozapatismo se debe retomar el punto de vista de la contraparte: el Ejecutivo federal. Quien en enero de 1994 era presidente, Carlos Salinas de Gortari, dio su versión seis años después, cuando publicó el libro México. Un paso difícil a la modernidad (Plaza & Janés Editores, 2000). Aquí se reproduce un fragmento del capítulo 27: “Enero 1, EZLN: ‘Avanzar hacia la capital del país, venciendo al ejército federal mexicano… nuestro enemigo de clase’”.

Serían casi las tres de la mañana del sábado primero de enero de 1994 cuando sonó el teléfono en mi recámara. Estaba en la residencia oficial de Los Pinos y la llamada era del general de división Antonio Riviello Bazán, secretario de la Defensa Nacional. Su voz mostraba una enorme tensión. Sólo por su tono supe que era una llamada de alarma. Sin preámbulos, me informó que la ciudad de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, había sido ocupada por un grupo guerrillero fuertemente armado.

Me concentré para escucharlo. Mi estado de ánimo transitó de la sorpresa a la preocupación, y de ahí a la duda. ¿Un grupo guerrillero que ocupa una ciudad? Ésa era una sorpresa. La preocupación apareció ante un riesgo mayor e inmediato: el de cobrar vidas humanas en caso de responder militarmente. Riviello me informó que el grupo tenía tomada una gasolinera a la entrada de la ciudad y que amenazaba con hacerla explotar si el Ejército intentaba entrar. De inmediato surgió la duda: ¿qué hacer? Procuré organizar mis ideas. Le ordené al General Riviello que no los atacara para no poner en riesgo a la población civil. Al mismo tiempo, le pedí que reforzara la zona con efectivos de otras regiones militares del país, ante la posibilidad de otros ataques. Riviello me comentó que se trasladaría de inmediato a Chiapas y más tarde me informaría con todo detalle lo que sucedía.

Al concluir la conversación con el secretario de la Defensa, muchos pensamientos me vinieron a la mente. Desde la represión del movimiento estudiantil de 1968 y el ulterior aniquilamiento de los grupos guerrilleros en los setenta, en México no sucedía algo así. Conforme consideraba las circunstancias, volví la vista a mi alrededor y a mi interior.

Había llegado a la habitación casi una hora antes, después de haber compartido la cena de año nuevo con mi familia y un grupo de amigos. Me había retirado después de la media noche, pues la agenda de actividades del inicio de año era intensa: incluía diversas reuniones de trabajo en la capital y varias giras internacionales. Semanas antes, en la última quincena de noviembre, había concluido el proceso de ratificación del TLC y ese primer día de 1994 entraba en vigor. También en noviembre el PRI había postulado a su candidato a la presidencia. En diciembre yo había permanecido casi dos semanas fuera del país en una gira de trabajo por la República Popular China y el Japón, naciones clave para nuestro proyecto de diversificar nuestras relaciones con el mundo. A mi regreso, unas horas antes de la Navidad, había sostenido varias juntas de trabajo. Entre el 26 y el 31 de diciembre estuve en Huatulco, en las costas de Oaxaca; ahí, el secretario de Gobernación, Patrocinio González Blanco Garrido me visitó en dos ocasiones. Durante ellas me habló del estado de ánimo del Ejército: había inquietud a raíz de los comentarios que se venían haciendo alrededor del 25 aniversario de los acontecimientos del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. El tema había puesto una gran presión sobre las Fuerzas Armadas a lo largo del segundo semestre del año. Desde la mañana del 31 de diciembre me encontraba de regreso en la residencia de Los Pinos.

En medio de ese repaso apenas pude conciliar el sueño. A las 6:30 de la mañana empezaron a llegar más reportes de Chiapas. El grupo guerrillero se hacía llamar Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN. A la ocupación de San Cristóbal se sumaban las de otras cuatro cabeceras municipales y algunos poblados. El EZLN le declaraba la guerra al gobierno, proponía deponerlo y llegar hasta la Ciudad de México para tomar el poder en el país.

Se comunicó conmigo el secretario de Gobernación, González Blanco, quien apenas un año atrás era el gobernador de Chiapas. Había pedido licencia para incorporarse a mi gabinete. Legalmente aún era el gobernador. Patrocinio González había recibido el año nuevo en una de las ciudades más importantes de su estado, Tapachula, no muy lejos de la zona del conflicto. Me informó de la gravedad de la situación. Durante el ataque del grupo armado a varias poblaciones, más de 10 policías municipales habían muerto, varios civiles habían sido asesinados y había un número indeterminado de heridos. Además, me hizo saber que ya se trasladaba un contingente armado de la policía estatal –más de 100 efectivos– para enfrentar a los rebeldes. A las pocas horas me informaron que ese contingente había sido anulado por el EZLN en la cabecera municipal de Ocosingo; varios policías habían muerto. Ahí los miembros del EZLN ocuparon una estación de radio y comenzaron a difundir sus proclamas. El Ejército Federal se enfiló entonces a Ocosingo.

En el curso de las siguientes horas la información fluyó de manera más ágil. Se estimaba que en la ocupación de las cuatro cabeceras municipales y de otros poblados habían participado alrededor de 2,500 miembros del EZLN; todos ellos llevaban armas y muchas de ellas eran de alto poder. Iban uniformados y casi todos se cubrían el rostro con pasamontañas. Era evidente que habían sido entrenados y que actuaban con ánimo y decisión. Su líder se hacía llamar el subcomandante Marcos.

Al conocer con más detalle el elevado número de guerrilleros que participaba en el asalto creció mi asombro y mi preocupación. Asombro ante la irrupción inesperada de una guerrilla de esas proporciones. Preocupación por el efecto que podrían tener sus acciones entre la población civil. La información, sin embargo, aún era confusa.

La secretaría de Gobernación emitió un comunicado; en él convocó al EZLN a deponer las armas. De inmediato, el gobierno reconoció que la guerrilla operaba en una región con graves carencias sociales. La Comisión Nacional de Derechos Humanos señalo que los rezagos en la entidad no podían resolverse con acciones armadas, sino dentro del orden jurídico y mediante el dialogo. La oportuna actuación de la CNDH logró asegurar, sin obstáculos ni riesgos, la salida de los turistas que habían llegado a San Cristóbal a recibir el nuevo año. Se me informó que el EZLN había secuestrado a un ex gobernador de Chiapas, general retirado del Ejército.

Mientras tanto desde el gobierno considerábamos las opciones ante la toma de San Cristóbal y las otras poblaciones vecinas. En algunos informes se afirmaba que entre los combatientes del EZLN había algunos extranjeros. Esto, sin embargo, nunca se confirmó.

En las primeras horas del 2 de enero el EZLN desalojó San Cristóbal. Esto representó un gran alivio, pues dejaba fuera de riesgo a la población civil de esa ciudad. El Ejército se había replegado a unos kilómetros de San Cristóbal, hacia su cuartel de Rancho Nuevo, sede de la XXXI zona militar. Horas después, el EZLN atacó ese cuartel militar. Fue una batalla muy intensa. La capacidad de fuego de los atacantes era abundante y el combate se prolongó por más de 10 horas. Por momentos pareció que el cuartel caería en manos de la guerrilla. Según me informó después el secretario de la Defensa Nacional, a su capacidad de fuego los rebeldes sumaron en su favor una equivocación del comandante militar: de manera increíble, con motivo del año nuevo, el comandante había decidido concederles el día franco a varios integrantes de sus tropas. Durante el ataque al cuartel el comandante avisó a la capital de la República que, de no enviarse refuerzos aéreos, consideraba inminente la caída del cuartel. Finalmente, el EZNL se replegó.

Mientras tanto, ante la toma de las presidencias municipales, el Congreso de Chiapas solicitó la intervención del ejército federal. En algunas comunidades, los propios indígenas detuvieron y entregaron a milicianos del EZLN. Sin embargo, estaba por desarrollarse la batalla más cruenta de todas: la de la cabecera municipal de Ocosingo. Ahí, el EZLN atacó al batallón militar que había llegado a reforzar la plaza. Bien armada, la guerrilla había ya derrotado y detenido a los más de 100 policías, que actuaban como refuerzo en ese municipio. Durante varias horas el Ejército combatió al EZLN con la instrucción de cuidar a la población civil. Hubo que traer refuerzos de otras zonas militares. Se registraron muchas bajas entre la tropa y entre los guerrilleros. Para el día dos de enero ya hablan fallecido 24 policías, tres civiles, seis militares y 24 miembros del EZLN. Para el día 3, se contaban casi un centenar de muertos, entre ellos siete militares y 59 miembros del EZLN.

La prensa nacional e internacional publicó fotos de Ocosingo en las que los guerrilleros aparecían portando armamento rudimentario (se escribió incluso que alguien fabricó la foto de un guerrillero muerto al que le pusieron un fusil de madera a su lado). Después se publicó que habían ocurrido “bombardeos”. También fue falso. Lo cierto es que en Ocosingo fue el combate más intenso de toda la confrontación. Cuando días después, durante una sobria ceremonia en el campo militar Número Uno en la Ciudad de México, ofrecí condolencias y apoyos económicos a las viudas de los militares caídos, los altos mandos militares ya se referían a los sobrevivientes de esa batalla como “los veteranos de Ocosingo”.

Desde las primeras horas del año nuevo ante la toma de San Cristóbal, el ataque del EZLN al cuartel militar y su declaración de guerra contra el gobierno, el ejército mexicano procedió a reagruparse rápidamente y a reforzar la presencia de sus tropas en Chiapas. Responder al ataque del EZLN fue mi orden inicial. Así se lo confirme a un grupo de colaboradores que se reunió conmigo en el tradicional saludo de año nuevo. Sin embargo, para el día 3 de enero, ante miembros de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, señalé que únicamente a través del diálogo sería posible encontrar puntos de acuerdo y solución a los reclamos presentados.

Enero 4: derrota militar del EZLN

Para el 3 de enero el ejército había repelido el ataque al cuartel militar. El día 4 tenía ya el control de Ocosingo y de las otras cabeceras municipales que el EZLN había ocupado. Hubieron combates en la región montañosa de San Cristóbal. La guerrilla estaba en completa desbandada; en los siguientes días sólo realizó ataques aislados y esporádicos contra unidades del ejército.

Durante los primeros diez días ocurrieron 15 bajas del Ejército, murieron 71 miembros del EZLN, se detuvo a 107 guerrilleros, 24 policías fallecieron a manos de la guerrilla y 29 militares resultaron heridos. Para el 8 de enero, prácticamente había desaparecido la capacidad de ataque del EZLN. La información confirmaba que el ejército había derrotado la ofensiva militar. El EZLN había fracasado en su pretensión de tomar el cuartel y en la de conservar las cabeceras municipales.

En el terreno militar, la guerrilla no derrotó a ninguna unidad del ejército mexicano. Al contrario, en unos cuantos días fue sometida. Sobre todo, fracasó en el propósito anunciado en su llamada “Declaración de la selva lacandona” del primero de enero: “Marchar hasta la Ciudad de México”. En realidad, el EZLN no había pasado de San Cristóbal de las Casas y nunca tuvo posibilidades de ir más allá de los cuatro municipios que inicialmente ocupó.

El Ejército tenía el control de la zona. Inmediatamente inició labores sociales a favor de la población civil afectada por el conflicto. Procedió al reparto de alimentos, cobijas, medicamentos y ropa. También al establecimiento de albergues. El comportamiento de los soldados mexicanos fue valiente y arrojado. Cumplieron con eficacia y dedicación. Mientras el Ejército desarrollaba su delicada misión, en el gobierno analizamos con detalle los documentos y manifiestos que anunciaban los propósitos de la guerrilla.