La Navidad y el amor abstracto

Acabamos de celebrar la Navidad, una fiesta que se extiende hasta la Epifanía (“Manifestación”), el 6 de enero: la vista de los Magos al niño de Belén. Pero contentarnos con los festejos acostumbrados no basta. Las fiestas, nos enseña Lanza del Vasto, son momentos de suspensión. El ritmo cotidiano se detiene para enfrentarnos a algo cuya profundidad nos sobrepasa. Son misterios que nos invitan a meditar sobre lo que nos revelan del ser en la vida humana.

La Navidad es la fiesta de la Encarnación: la del descendimiento del totalmente Otro al mundo de los seres humanos, el signo de un trastocamiento que, creamos en él o no, cambió el mundo para siempre. Sin él el Occidente que conocemos no sólo sería incomprensible; simplemente no existiría. Una de sus dimensiones es que a partir de ese momento, el contenido de la sustancia de la Ley mosaica –“Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo” –, dio una vuelta de tuercas: si Dios, el trascendente, el totalmente Otro, se hizo carne y se reveló en la debilidad de un niño pequeño e inerme, mi prójimo, mi próximo, es también Dios que, semejante a ese niño, nos llama, como a los Magos, a servirlo, a amarlo. Ese es el sentido que explicita la parábola del Buen Samaritano y del Juicio de las Naciones (“Lo que hiciste a uno de mis hermanos [acogiéndolo, dándole de comer, de beber, de vestir] me lo hiciste a mí”). 

A partir de ese momento, la presencia del otro, de mi prójimo, como lo han mostrado Levinas y Finkielkraut, nos arranca de nuestro reposo, del confort de nuestro yo y nos llama a su encuentro.

Quién, que no sea un perverso o un imbécil, no ha experimentado eso frente a la debilidad de un recién nacido o frente a la presencia de una víctima despojada de sus hijos. “El rostro del prójimo –dice Levinas– me obsesiona por esa miseria, [por esa debilidad]. Me mira” y su mirada me llama, me pone en crisis, me obliga a salir de mí. Ese Otro en el otro, dice el poeta Paul Claude, ya no sólo es yo, es más yo que yo mismo.

Hay, sin embargo, una forma corrompida de esa revelación: el amor abstracto que, dice Camus, es “peor que el odio”: el amor no al otro, que en su carne, en su rostro, en su debilidad me interpela, sino el amor a su idea, expresada en la abstracción humanidad. Mediado por ella, el rostro concreto del otro se vela en nuestra percepción y termina por deshumanizarnos. 

Un ejemplo de ello en el gobierno de la Cuarta Transformación, que parece tener una de sus inspiraciones en el Evangelio, es el amor al pueblo –una abstracción jurídica de humanidad. En nombre de él –de ese pueblo sufriente y débil–, Andrés Manuel López Obrador olvidó a las víctimas que lo interpelaron en el Centro Cultural Tlatelolco. Con su mirada puesta en el pueblo, aquellos seres se volvieron poca cosa, al grado de hacerlo olvidar la conmoción que le provocaron y, como lo señaló una víctima, de “desaparecer a los desaparecidos”. Lo mismo ha sucedido con el inicio de los despidos de 258 mil funcionarios, llamados de confianza, de las instituciones del Estado. ¿Qué son esos seres de carne y hueso, frente al pueblo, al que su gobierno pertenece y se debe? 

Así, llevados por el amor al pueblo, quienes encabezan la Cuarta Transformación decidieron ensañarse con quienes en su abstracción no pertenecen a él. Revindicados por la voluntad de hacer justicia a millones de seres humanos que un sistema atroz mantiene en la miseria, el sufrimiento y el reclamo de un puñado de cientos de miles de víctimas y funcionarios no valen la pena. La conmoción que su proximidad, su projimidad, debería causarles, es nada frente a la ternura que sienten por el pueblo. Ellos no pueden conmoverlos porque su inflexible amor por el pueblo les dicta sacrificarlos. Su voluntad de justicia es tan grande que no pueden darse el lujo de reparar en pequeñeces. Están tan próximos de los oprimidos que ya no pueden mirar a esos otros como prójimos. Así el amor los protege del amor; el compromiso con lo abstracto los preserva de los peligros y las responsabilidades del vínculo con el prójimo, adormeciendo sus conciencias y preparando el terreno a los grandes desastres que todo amor abstracto produce. 

Nada más terrible que una bondad sin compromisos concretos con el prójimo; nada más brutal que una bondad que se apoya en un saber abstracto e incuestionable que pretende tener la solución de todo.

El Mal, como lo vio con admirable lucidez Iván Illich, no es la ausencia de bien; es la corrupción de lo mejor que vino al mundo con la Encarnación: el amor al prójimo que, reducido a lo abstracto, termina por convertirlo en una cosa administrable y, en consecuencia, prescindible. Reducido a la masa amorfa de la humanidad o del pueblo, el prójimo se vuelve una pura instrumentalidad sometida a cualquier tipo de tiranía. 

Contra la abstracción, que simplifica todo, el amor revelado en la Navidad y en la Epifanía nos dice que el otro es su debilidad, su rostro, su irreductible carnalidad que nos llama y, por lo mismo, no puede ser ni ahogado en las heladas aguas del cálculo egoísta ni en la simple administración de las masas humanas. Nos recuerda que el prójimo es tan profundo, tan único, tan sagrado que no puede ser tratado con respuestas abstractas y administrativas, sino con respeto, acogimiento y cuidado, como lo hicieron los Magos con el niño de Belén.   

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.