En Egipto, una capital a prueba de disturbios

Todo en ella será “inteligente”: el control del tránsito, las casas, la vigilancia, la gestión de los servicios… pero por el momento la próxima capital de Egipto no es más que un montón de gigantescos edificios en construcción. Al decir de las autoridades egipcias, esa obra en medio del desierto será la primera “ciudad 2.0” del país. Para los responsables del proyecto, El Cairo está superpoblada y su infraestructura ya no es útil para sus ciudadanos. Para el cairota común, se trata de edificar una ciudad en la que se pueda controlar automáticamente cualquier intento de protesta o insurrección.

El Cairo.- Dejando atrás El Cairo por una de las carreteras que van al mar Rojo, un aburrido grupo de jóvenes uniformados aguarda en un solitario puesto de control que, a primera vista, sólo parece custodiar el vasto desierto que se abre ante ellos. Poco después, la silueta de algunos edificios comienza a definirse en el árido horizonte.

No es una ciudad perdida en medio del desierto, se trata de las primeras edificaciones de la nueva capital que Egipto construye a unos 35 kilómetros al este de El Cairo. Proyectada en un terreno de 714 kilómetros cuadrados, aún no tiene nombre, pero un ejército de obreros trabaja allí sin descanso desde mayo de 2016.

Por ahora, la futura capital sigue pareciendo poco más que una colección de edificios colosales repartidos sin coherencia por el desierto, pero las autoridades egipcias insisten en que detrás se esconde la primera ciudad 2.0 del país. Control inteligente del tráfico, gestión inteligente de los recursos, casas inteligentes o fibra óptica para todos los edificios, son sólo algunas promesas del proyecto.

Por si todo eso no fuera lo suficientemente ambicioso, la futura capital también promete hacer florecer en su interior una zona verde más grande que el Parque Central de Nueva York, levantar la catedral y la ópera más grandes de Oriente Medio, erigir el edificio más alto de África y construir grandes centros comerciales, deportivos, teatros y cines.

Los responsables del macroproyecto son conscientes del titánico desafío que tienen por delante, pero siguen confiando en sus posibilidades. “De acuerdo con los pronósticos, nos quedan tres años para terminar la primera fase (de la ciudad)”, explica a Proceso Khaled El Husseiny, exgeneral y actual portavoz de la Nueva Capital Administrativa para el Desarrollo Urbano (ACUD), la empresa encargada de llevar a cabo el plan.

Las autoridades, sin embargo, no quieren esperar para empezar a hacer gala de sus primeros logros y por ello están centrando grandes esfuerzos en el distrito gubernamental de la nueva capital. El objetivo es trasladar allí en los próximos meses el Parlamento, el Ejecutivo, hasta 29 ministerios y al presidente, Abdelfatah Al-Sisi.

“Necesitamos urgentemente la nueva capital”, asegura El Husseiny, en un intento de justificar las prisas por hacer efectivo el traslado. “El Cairo está superpoblada, hay mucho tráfico y la infraestructura ya no es útil para sus ciudadanos”, agrega el militar.

Al lado de El Husseiny, el general Mohammed Abdul Latif, director general de ACUD, subraya que aunque las instituciones de Estado serán las primeras en mudarse y disfrutar de la urbe, el proyecto es ante todo una aspiración nacional. “No diferenciamos entre pobres y ricos; la nueva capital es para todos los egipcios”, asevera.

En el origen

La mayoría de los egipcios no lo ve tan claro. Y más que el inicio de una nueva etapa para el país, muchos ven en la nueva capital la culminación de un proceso iniciado en 2011.

Cuando estalló la Primavera Árabe en Egipto, la plaza Tahrir, en el corazón de El Cairo, se convirtió rápidamente en epicentro de la Revolución. En sus alrededores se concentraban algunos de los edificios más emblemáticos vinculados con el régimen, y las estampas de estos inmuebles envueltos en llamas se sucedieron periódicamente, destacando entre ellos el del temido Ministerio del Interior.

Por ese motivo, cuando el mariscal Al-Sisi se consolidó en el poder tras el golpe de Estado de 2013, rediseñar El Cairo pasó a ser una de sus prioridades. Para ello tomó como referencia el plan de reorganización urbana “Cairo 2050” que había trazado unos años antes el régimen de Hosni Mubarak, cuyo objetivo era trasladar los ministerios y las instituciones estatales lejos del bullicio del centro de la capital.

Los primeros pasos en esta dirección llegaron en 2015, cuando se demolió lo que quedaba de la sede del Partido Democrático Nacional, la que fue formación de Mubarak. Un año más tarde se decidió mover el Ministerio del Interior a Nuevo Cairo, ciudad 25 kilómetros al este de Tahrir. Poco a poco, este urbanismo contrarrevolucionario daba sus frutos y los centros de poder político iban desapareciendo del corazón cairota.

Los planes de renovación de Al-Sisi han incluido también los barrios informales de las zonas céntricas de El Cairo. Ansioso por convertirlas en áreas dedicadas al turismo y a los negocios, el presidente ha hecho grandes esfuerzos para desplazar a sus habitantes hacia los barrios marginados y olvidados de la periferia. Tanto es así que anunció en 2016 un plan para expulsar a decenas de miles de personas de esos barrios. En algunos de ellos las demoliciones ya se han consumado mientras que en otros la organización vecinal las ha impedido.

El caso paradigmático de esta intervención urbanística, sin embargo, sigue siendo el de las zonas aledañas a la plaza Tahrir, donde se ha llevado a cabo un agresivo proceso de encarecimiento con el objetivo de esterilizarlas. “Es una forma de forzar la transformación urbana para excluir a ciertas personas y tener cierta segregación, de modo que no pueda accederse a determinados lugares”, apunta a Proceso la antropóloga urbana Omnia Khalil.

En ese sentido, incluso cuando la mayoría de instituciones que en su día se concentraron en el centro de El Cairo ya han sido evacuadas, la zona sigue cercada por muros de hormigón y repleta de seguridad. “¿Qué es lo que mantiene el área tan segura? Del régimen egipcio ya no queda nada”, sugiere Khalil, quien se pregunta retóricamente: “¿Qué necesita estar tan protegido?”.

Remate 

La culminación de esta lógica de seguridad con la que el régimen egipcio rige el urbanismo la encarna la futura capital, anunciada por sorpresa en 2015.

“Los egipcios despertaron un día con Al-Sisi habiéndose firmado ya este macroproyecto”, dice a Proceso el arquitecto Ahmed Zaazaa, quien cuenta con más de siete años de experiencia en proyectos de planificación urbanística participativa.

Además de excluir a los egipcios de la decisión de construir la nueva capital, el argumento esgrimido por las autoridades, según el cual ésta es necesaria para descongestionar El Cairo, donde viven más de 24 millones de personas, ha sido muy cuestionado desde el principio. 

“Por supuesto que El Cairo está sobresaturado”, señala Zaazaa, “pero el problema es que Egipto está muy centralizada y hay migración interna hacia El Cairo, por lo que resulta estúpido construir una nueva capital justo al lado.”

Incluso si se cumplieran las promesas del Ejecutivo, las posibilidades de que El Cairo efectivamente se descongestione serían muy remotas.

Sobre el papel está previsto que toda la ciudad acoja a 6 millones y medio de habitantes y ofrezca 1 millón 750 mil empleos permanentes. Sin embargo, durante los próximos 10 años El Cairo ya habrá crecido en 5 millones de personas y 1 millón 680 mil habrán entrado en edad de trabajar, por lo que la nueva capital apenas absorbería ese aumento.

Por estos motivos, muchos consideran que el objetivo de la futura capital hay que buscarlo en otro lugar. “La nueva capital sólo se está construyendo para garantizar la seguridad del nuevo régimen. No quieren que lo que pasó en enero de 2011 (la Primavera Árabe) vuelva a ocurrir”, considera Khalil. 

La forma como se está desarrollando el proyecto hasta ahora apunta a eso.

Debido a la enormidad del proyecto, hay serias dudas de que la nueva capital llegue a ser algún día la ciudad de 714 kilómetros cuadrados que aparece en los planos. De hecho, lo que ahora se está construyendo es sólo la primera de tres fases del proyecto, que equivale a una cuarta parte del total. No obstante, es allí donde se concentrarán los grandes centros de poder: los distritos financiero, gubernamental y diplomático, el palacio presidencial, el Parlamento, las universidades y los centros de ocio.

Las áreas residenciales de esta primera fase, de alta gama, sólo tendrán la capacidad de absorber a cerca de 1 millón de personas, entre las que el régimen no espera encontrar a los empleados que se tengan que desplazar hasta allí para mantener su puesto de trabajo. 

“Allí no va a haber vivienda social, sino que la construiremos en ciudad Badr”, asegura al reportero Emad Gad, asistente del gerente de la Autoridad de Nuevas Comunidades Urbanas, el brazo del Ministerio de Vivienda involucrado en el proyecto. 

Badr está 10 kilómetros al norte de la futura capital.

Según explica Gad, la vivienda asequible no llegará hasta que se construyan la segunda y la tercera fases del proyecto, algo que, de momento, no está garantizado. “Dentro de cinco años van a decir que terminaron la primera fase y que van a esperar antes de comenzar la segunda, que va a morir allí”, anticipa Zaazaa.

Para quienes sí va a haber espacio, y mucho, cerca de la nueva capital, es para las todopoderosas fuerzas armadas. Así, a pesar de intentar disimular su rol reduciéndolo al de meros supervisores del proyecto, lo cierto es que éste ha estado bajo su control desde el principio, dado que ACUD, la empresa encargada de su desarrollo, tiene participación de 51% del Ministerio de Defensa (el 49% restante, por el de Vivienda).

Además, abrazando la ciudad se está construyendo un complejo militar de 80 kilómetros cuadrados, una superficie igual a la mitad de la primera fase. Por si eso no fuera suficiente, se distribuirán por toda la urbe cámaras de vigilancia que conectarán con el Ministerio del Interior, que podrá monitorizarla permanentemente.

“La nueva capital va a ser una ciudad militar, a la que el régimen va a llevarse a sus seguidores mientras hace que físicamente sea muy difícil llegar hasta ellos”, anticipa a Proceso el urbanista David Sims. “Es un sueño para un gobierno autoritario”, considera.

El traslado de las instituciones del Estado hacia la nueva capital, además, podría coincidir con la aprobación de una reforma constitucional que, según el medio local Mada Masr, el régimen está cocinando con el objetivo de afianzarse en el poder, lo que le permitiría recluirse en una fortificación tras establecer un nuevo orden político.

El Cairo 

Mientras el ejército de obreros trabaja de sol a sol en la futura capital, El Cairo sigue adelante sin apenas inmutarse. Y mientras millones de dólares son invertidos en la nueva urbe, buena parte de la perla del Nilo sigue cayendo en el olvido en una dinámica que podría acelerarse cuando se consume el traslado de las autoridades.

“Van a abandonar a 20 millones de personas”, dice el historiador y profesor de estudios árabes modernos de la Universidad de Cambridge Khaled Fahmy.

“La peor parte se la van a llevar las zonas informales, que no se desarrollan. Esos lugares están creciendo muy rápido, es donde la gente se está mudando, pero no hay alcantarillado, no llega demasiada agua y los cortes de energía suceden todo el tiempo”, advierte Sims.

Para Fahmy, que se muestra muy crítico con la parafernalia de la nueva capital teniendo en cuenta que las condiciones para muchos cairotas son muy difíciles, abandonar El Cairo en pro de una ciudad moderna también supone una injusticia histórica.

“El problema con tener a Dubái como modelo es también que Dubái tiene sentido para la gente de los Emiratos Árabes Unidos porque, al final del día, ellos sólo tienen el futuro”, considera Fahmy. Y concluye: “Pero El Cairo tiene un pasado, tiene una historia muy honorable y capas y capas de memorias y recuerdos que la han convertido en lo que es ahora. Abandonar todo esto junto con su gente, que simbolizan el presente, es un crimen.”