El renacimiento de Guillermo Tovar de Teresa

Erudito irreverente, historiador y apasionado defensor del patrimonio artístico de México, Guillermo Tovar de Teresa se impuso al final de 2018 como un protagonista que rebasa el recuerdo.

De origen aristócrata y actitud abierta que le permitía compartir conocimientos, obsesiones, charlas, quejas y exigencias sin atender a diferencias ideológicas o procedencias sociales, Guillermo Tovar renació el pasado jueves 20 de diciembre con la transformación de su entrañable buhardilla porfirista –ubicada en la calle de Valladolid 52, en la Colonia Roma de la Ciudad de México–, en una fascinante casa-museo.

Adquirida por la Fundación Carlos Slim con todo y los espectaculares acervos que se dividen en colecciones artísticas, bibliográficas y documentales, la casa construida en 1910 que rescató en ruinas Guillermo Tovar en 1995, restauró y reconstruyó durante dos años y habitó de 1997 hasta su muerte en noviembre de 2013, puede visitarse ahora de manera gratuita en una experiencia museística que fusiona saber, arte, mexicanidad, placer y vida cotidiana.

Nacido en la Ciudad de México en 1956, Tovar fue desde niño un investigador acucioso de las épocas virreinal y decimonónica en México. Con una memoria prodigiosa y una relación muy personal con la identidad objetual de sus fuentes –se dice que con sólo percibir el peso de un libro podía detectar su título y autoría–, el también fanático de la música desarrolló un método de trabajo en el que el coleccionismo se fusionó con la obtención –o caza– de fuentes y datos, ya fueran pinturas, objetos o archivos. 

En su casa, las pinturas decimonónicas de Pingret y Hermenegildo Bustos, o las barrocas de Cabrera, Luis Juárez o Pereyns, eran tan significativas como las intervenciones pictóricas de estética popular que decoraban objetos utilitarios, entre ellos algunos arcones de Olinalá. 

Invadida de innumerables libros que se encimaban ordenadamente en todas las mesas que se desplegaban –desde el salón recibidor hasta su recámara–, la casa de Guillermo Tovar, aun cuando también estaba llena de objetos antiguos ornamentales y utilitarios –platos, escudos de monja, herrajes, costureros, cofres, azulejos, muebles en marquetería, relieves en madera–, no se percibía ni saturada, ni como una acumulación para guardar en bodega. Por el contrario, los objetos se comportaban como un sistema orgánico que se convertía en una unidad al interactuar con la arquitectura y el dueño de la casa.

En su entorno, Guillermo Tovar era a la vez casa, objeto, experiencia y personaje.

Un aspecto muy interesante del acervo es la profusión de retratos. Ya sea de sus antepasados o de gente desconocida, los numerosos retratos revelan un marcado interés por ubicar identidades, desde genealogías propias y ajenas, hasta protagonismos arquitectónicos y creativos que se abordan en sus famosos libros La Ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido y el Repertorio de artistas de México.

Convertida en museo, su casa luce demasiado ordenada, casi sin libros y con muchísima luz. Retirados por cuestión de seguridad del inmueble, los libros, al igual que el archivo personal, se pueden consultar en el Museo Soumaya de la Ciudad de México.

A cuatro días de haberse inaugurado la casa-museo, a unas cuantas cuadras y a pesar del apoyo del Instituto Nacional de Bellas Artes, el 24 de diciembre se demolió una casona ubicada en Oaxaca 15. Protegida inútilmente por los vecinos y declarada como Inmueble de valor artístico por el INBA, su destrucción es una contradicción que evidencia la debilidad de la institución ante las instancias gubernamentales de la Ciudad de México.