Los sueños de la 4T

De cara a este nuevo año, mucha de mi reflexión gira en torno al futuro que nos depara el cambio político que acaba de ocurrir. La semana pasada Daniel Innerarity publicó en El País (31 de diciembre) un artículo en el cual, a partir de un análisis de casos europeos, califica a 2018 como el año de la volatilidad y dice que ésta se manifiesta en “impredecibilidad, inestabilidad permanente, turbulencias políticas, histeria y viralidad”. ¿Será que en 2019 nos puede ocurrir algo igual en México? 

Este filósofo considera que en el entorno de volatilidad “duran poco las promesas, el apoyo popular, las esperanzas colectivas e incluso la ira, que se aplaca antes de que se hayan solucionado los problemas que la causaban”. Luego de abundar sobre cómo en un panorama tal se pierde la lógica de acción política, plantea que la “gran tarea de la inteligencia colectiva consiste hoy en explorar las posibilidades de producir equilibrio en un mundo más cercano al caos que al orden”. 

Este señalamiento acerca de la importancia de “producir equilibrio” me recuerda el trabajo de Raoul Girardet sobre mitos y mitologías políticas. Estudioso de la historia de Francia, describe “el espesor social y la dimensión colectiva” que tienen las ideas políticas, para luego centrarse en “las profundidades secretas” de los sueños (los anhelos). Girardet lamenta que “el sueño casi no se toma en consideración, salvo cuando se expresa en la forma tradicional de lo que se conviene en llamar utopía”. 

Convencido de que la sociedad revela con mayor certeza sus desórdenes y sus sufrimientos a través del examen de sus sueños y anhelos, este historiador explora el imaginario político de su país y muestra cómo en los momentos de efervescencia mitológica operaron cuatro grandes conjuntos político-mitológicos: La Conspiración, El Salvador, La Edad de Oro y la Unidad. 

La relevancia que Girardet da a los sueños es inmensa. También él habla de “sociedades equilibradas”, es decir, “de sociedades cuyas tensiones internas se mantienen dentro de límites tolerables” y subraya que estas “sociedades equilibradas” dejan “cierto margen a los poderes del sueño”. Por el contrario, critica a “las sociedades técnicas de nuestros tiempos, que en la normalidad misma de sus sistemas políticos tendieron cada vez más a eliminar los poderes del sueño” y los expulsaron de los marcos institucionales. 

Sin embargo, el historiador encuentra que esas potencias de la imaginación no se pueden reducir al silencio: “Eliminados de las normas de la organización colectiva, desconocidos, sospechosos o censurados, los poderes del sueño resurgen en explosiones anárquicas”. 

Girardet califica a un orden político y social que se muestra inepto para integrar los sueños como uno “que ya no habla a la imaginación ni al corazón”. Y aunque su reflexión se centra en Francia, la lectura de Mitos y mitologías políticas me llevó a pensar en el discurso de la 4T. 

Girardet cuestiona cuál habría sido el destino histórico de una política sin un sueño compartido, y describe ciertas consecuencias político-mitológicas. Señala que “ningún sistema político, cualesquiera sean los principios que reivindique y por democrático que pueda pretenderse, ignora el fenómeno de la encarnación, de la personalización del poder; cualquier líder, cualquier jefe de partido tiende en mayor o menor medida a adoptar el rostro del Salvador”. Así subraya el lugar decisivo que tiene lo imaginario en la política. 

Son muchas las analogías que encuentro entre la interpretación que hace Girardet y la narrativa de la Cuarta Transformación, en especial la del discurso de AMLO, pero la extensión que se requeriría para dar cuenta cabal de ellas no cabe en estas páginas, y su complejidad me sobrepasa. 

Sin embargo, desde mi preocupación por cómo lograr ser una sociedad equilibrada que deje “cierto margen a los poderes del sueño” retomo la interrogante con la que Innerarity concluye –“¿hasta dónde las personas podemos construir acuerdos necesarios en entornos de fragmentación política y radicalización?”– y me pregunto cómo se construyen acuerdos entre quienes comparten sueños y quienes discrepan, incluso se burlan, de esos sueños. 

Sin duda, en el contexto político actual hay que fortalecer los mecanismos sociales e institucionales que cumplen funciones de regulación y compensación de las diferencias. Pero, además, un paso fundamental para lograr el objetivo de un sano equilibrio sería establecer una clara distinción entre el sueño de abatir la desigualdad social y la creencia de que una instancia central –como el gobierno– puede resolver los problemas inherentes a esa injusticia. 

El sueño acerca de la 4T es un aliciente poderoso para mucha gente, pero habría que entender que el gobierno solamente podrá empezar a resolver algunos problemas cruciales, y probablemente de manera muy lenta. Y eso a condición de que esté abierto a la crítica, o sea, a un debate público continuo, con mecanismos democráticos básicos que realmente funcionen como verdaderos espacios de deliberación ciudadana y no sólo de consulta. Pero si no se deslindan los sueños emancipadores de la 4T de ciertos mitos políticos de omnipotencia, entonces serán inevitables las frustraciones.