La poesía de un hombre discreto

La poesía de un hombre discreto es su verdad; sus sombras fieles y su íntima alegría. Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985) fue y por siempre será un poeta en el hondo sentido de la palabra. Podría decirse que sus versos y su prosa lírica son la explicación necesaria de porqué fue tan gran filólogo (la obra de Alfonso Reyes debe mucho a su contribución) y porqué, nacionalismos aparte, su sensible saber tuvo como astro rey al también nicaragüense Rubén Darío.

Mejía Sánchez, un poeta entre poetas, amigos y libros, sin ostentación y con plena entrega. Gracias a su discípulo, también editor y poeta, Marco Antonio Campos, quinientos nuevos lectores podrán llevarse a casa la bella Recolección a mediodía (UNAM, “Poemas y ensayos”).

El espectro temático y formal del hombre de la boina es bastante amplio, sin perder su sello de identidad, es decir, estilo. Los asuntos: lo que normalmente se llama intimidad (la suya, incluyendo el ser padre y amigo, y la del prójimo en verdad próximo), países y ciudades como disposición de viaje (tierra nativa, el exilio, lugares: tan certero sobre Niza y Herculano como sobre Madrid o Santa María Insurgentes), la rabia y la denuncia de que su tiempo fuera dictado por el clan Somoza (“Vela de la espada”), libros y escritores amados (sus Cernuda, Martínez Rivas y Mallarmé son viñetas que los clásicos llamarían, medidas aparte, epigramas). Y en todo ello un mínimo común estético imprescindible: las palabras de un hombre que sabe observar (poesía íntima pero antinarcisista y mucho menos lacrimógena). En suma, lo que él bien llamó en 1951 la impureza: impureza de la vida y la vida como impureza.

Formas y registros igualmente variados. Versos medidos en diversas y sutiles combinaciones, versículos y verso libre sumamente cuidados, también poesía en prosa. Es la plural y, de nuevo, discreta destreza de un maestro. Que el lector hojee su ejemplar libre y caprichosamente. Señalo algunos textos favoritos. Como carta de presentación, escójase “El extranjero” –y nos percataremos que él, como su querido Cernuda, se define por una ajenidad espiritual, azuzada por los exilios naturalmente. “Historia breve y verdadera del perro mexicano” para entender que el filólogo y el poeta son un solo hombre con varias labores, humor picante y una sola pluma verdadera. Hablando de prosas, “La sopera” es una delicia de sonrisa nostálgica que posee el mismo sabor que la poesía de Eliseo Diego. Guardemos para un momento estelar la “Pavana”, naturalmente para una niña fallecida. Descubramos: ¿se podía hacer esto con los endecasílabos, los alejandrinos y otras medidas afines? ¡Qué triunfo de puro amor el que la lengua y el corazón puedan decir con transparencia!: “Es la última vez que escribo de memoria/ porque sin ti ya no la tengo. Esto lo dice/ el niño, el que aprendió a leer en las arenas”.

Gracias, don Ernesto, Señor de la Boina. Poeta de sentencias en tono menor que calan hondo: el amor es un crimen… la felicidad me hace pequeño… la ofensiva belleza. O: El solitario no conoce la soledad/ el mundo lo acompaña. Los naufragios de lo no vivido también son preseas: Quién fuera otra vez joven/ para que el mundo amor/ le cerrara la puerta.

En su sensible epílogo, excelente visión de conjunto, el editor Campos por desgracia no nos aclara ni detalla si reproduce a la letra la Recolección de Joaquín Mortiz (1980), si corrige o incorpora algo extra (el autor sobrevivió cinco años). La edición también se acompaña de una receta sencilla y casera del licuado de guanábana, a cargo de Francisco Hernández, para mejor acompañar los versos del centroamericano. El cual nació en Masaya y murió en la Mérida mexicana: la tierra y el sol del trópico americanos son su clima, no como frivolidad epidérmica sino como fineza humana, la condición vegetal de lo que es cálido y murmurante. Carlos Pellicer hubiera celebrado y comprendido: No hay remedio, a mediodía, a medianoche, soy solar.