Poetas, poemarios y poesía en el 2018

El autor de este artículo (Durango, 1958), poeta, narrador y ensayista, con una maestría por la UNAM, ha sido promotor cultural y coeditado revistas literarias de prestigio, entre ellas Alforja, y ahora La Otra. Como preámbulo al enlistado de algunos de los poetas y libros que le llamaron la atención en 2018, expone una radiografía cultural del país para atisbar las necesidades del impulso a los creadores.

Más que enumerar libros de poesía que han aparecido este año, libros premiados, poetas homenajeados, vale la pena repasar y reflexionar antes sobre los cambios que anuncia el inicio de un gobierno que enarbola el eslogan de la Cuarta Transformación.

La radiografía literaria está clara en términos de dominio político e ideológico: la primera mitad del siglo XX perteneció a Alfonso Reyes, la segunda a Octavio Paz. Después de esos liderazgos con tintes caciquiles, sobre todo el de Paz, quedó un territorio atomizado en capillas literarias o en torno a figuras no tan monolíticas como las referidas. No obstante, Salinas de Gortari creó el Conaculta y en particular el Fonca, cuyos fines teóricamente fueron el fomento y el estímulo a la creación artística, pero en la práctica se tradujeron en instrumento de cooptación intelectual.

Un círculo vicioso comenzó a funcionar con eficacia. Para aspirar a tales becas o estímulos era necesario obtener premios por concurso o por consenso, es decir, por acuerdo de un grupo prefabricado para otorgar un reconocimiento por trayectoria a determinados autores o personajes. Dicho sistema de becas o de estímulos contenía de entrada varios gérmenes perniciosos:

Por un lado, la autocensura, pues es cierto que quienes obtienen tales apoyos no reciben acciones de represión o de censura, pero la conveniencia suele ejercer de manera más efectiva el silencio entre los intelectuales, como sucedió durante decenios en el gremio periodístico.

El otro elemento fue la conformación de los jurados, constituidos de manera sistemática por los mismos beneficiarios, quienes a su vez habían recibido tal privilegio de parte de otros colegas que más tarde solicitarían una y otra vez dichos apoyos económicos. Si me das, te doy. Observamos, por ejemplo, que hay muchos académicos universitarios que gozan de salarios por plazas de tiempo completo y funcionarios de entidades no gubernamentales o empresariales que también solicitan tales subvenciones de manera consuetudinaria. En muchos casos no hay una necesidad para poder crear, es más bien la oportunidad de acumular más dinero y estar más cerca del sistema. La idea de fomentar y estimular la creación dejó de ser el objetivo para orientarlo hacia el reconocimiento a la trayectoria, a los méritos. Lo que la ley no sanciona es permitido, aunque no sea ético. Y desde luego, funcionarios de cultura que al abandonar sus plazas, obtienen dichos apoyos, más por sus méritos políticos y administrativos que por sus obras. Al final ha prevalecido la complicidad, el contubernio, el amiguismo, los intereses personales antes que el ejercicio de un dictamen basado en la equidad, la transparencia y la justicia. Ser juez y parte ha sido la regla.

Quizás no cambien radicalmente los propósitos de los “apoyos a la creación”, pero sí las personas que viene a encabezar ciertas áreas editoriales y culturales, y eso determina ya un cambio en la dinámica en los grupos e individuos que se harán visibles. Pero sobre todo, y eso es muy importante, se le dará visibilidad a otros discursos que no han carecido de importancia o significado –sin saber si eso es bueno o malo–. La poesía, o más bien los poetas, no han estado al margen de la corrupción y son conocidos los escándalos derivados de acciones fraudulentas para otorgar premios por consigna o por arreglos. El afamado Premio Nacional de Poesía Aguascalientes alcanzó un gran desprestigio luego de varias asignaciones en las que dentro de los jurados se hallaban amigos muy cercanos a los ganadores. Hoy en día, al parecer, se ha limpiado un poco la imagen de dicho certamen.

La crítica literaria es inexistente y la poca que acusa recibo responde más a la presión de una meritocracia universitaria y académica que a la objetividad y el ejercicio libre de una lectura sin compromisos sociales o de grupo. Pocos ejemplos como el de Evodio Escalante para desterritorializar el discurso hegemónico. Las redes sociales se han convertido también en foros regidos por filias y por fobias antes que por la decantación de propuestas estéticas o escrituras innovadoras. 

Así las cosas, el liderazgo que alguna vez ejercieron Alfonso Reyes y Octavio Paz, lo han usufructuado los autores más cercanos al Fonca y a las instituciones culturales; casi los mismos que ejercen dominio en las más prestigiosas editoriales, que por regla general no publican poesía, salvo casos excepcionales como el Fondo de Cultura Económica y Era, que apuestan sobre todo por poetas consagrados o con pleno reconocimiento. Los poetas se mueven en el azaroso vaivén de las pequeñas editoriales, casi siempre capitaneadas por los propios poetas, que se hacen llamar independientes, cuando en realidad son alternativas, pues viven en buena medida de las coediciones institucionales y de los apoyos del Fonca. No obstante, dichas pequeñas casas editoriales hacen una labor de difusión de géneros rechazados por el gran mercado, como es la poesía y el cuento, y de paso un poco el ensayo. Son éstas las que dan a conocer la poesía que se hace en el país y fuera de éste en español y en otras lenguas. Representan un patrimonio cultural invaluable, no sólo por la publicación de libros y autores al margen de las grandes ventas, sino porque responden a una acción sustancial de políticas culturales, específicamente del fomento a la lectura.

Los poetas se mueven sobre todo en la endogamia de los festivales de poesía, donde más que leer para públicos amplios leen para sí mismos. Son reconocidos los encuentros como Poetas del Mundo Latino, con 20 años de existencia, dirigido por el poeta Marco Antonio Campos; el Ramón López Velarde, en Zacatecas, capitaneado por José de Jesús Sampedro; el Encuentro Internacional de Poesía Di/Verso, que nació durante la administración del Jefe de Gobierno de la CDMX Miguel Ángel Mancera, apoyando al grupo Círculo de Poesía –ahora filial de la editorial española Visor– con una aportación económica bastante elevada que permitía pagar vuelos internacionales, hoteles de lujo y estipendios generosos a los invitados internacionales y nacionales. Poco a poco la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, bajo la dirección del poeta Eduardo Vázquez, fue apoderándose del timón de dicha actividad y sus recursos.

Otros encuentros conocidos son el Internacional de Poesía Manuel Acuña, en Saltillo, Coahuila, que va acompañado del Premio internacional del mismo nombre, uno de los de mayor monto económico en el mundo, 120 mil dólares. El joven poeta mexicano Alejandro Albarrán Polanco fue el triunfador del certamen 2018. Es curioso, hasta ahora ninguno de los libros ganadores ha ocupado la atención de la crítica ni de los lectores nacionales, pasando sin pena ni gloria, salvo por la referencia a la jugosa cifra asignada.

Festivales de importancia en el país serían además Bajo el Asedio de los Signos, en Ciudad Obregón, Sonora; el Internacional de Poesía de la Ciudad de México que dirige el poeta Manuel Cuautle en el marco de la FIL del Zócalo; el Internacional de Poesía del Municipio de Toluca; el de Lenguas Indígenas de América Carlos Montemayor; el Carlos Pellicer, de Villahermosa, Tabasco; el de Navachiste, Sinaloa; el de Poetas de Zamora, Michoacán; y Carruaje de Pájaros, en Chiapas, entre otros.

Este 2018 podemos referir algunas obras que tienen cierto significado para los lectores de poesía, ya por los motivos de su publicación, por sus autores, por las editoriales que los representan y en menor medida por el efecto que sus cualidades discursivas provocan entre los poetas. En primer lugar los libros que el Fondo de Cultura Económica puso a circular con base en los criterios propios del consejo de asesores, y que al parecer sufrirá cambios radicales con la llegada de Paco Ignacio Taibo II, quien por razones naturales podría privilegiar aún más la narrativa antes que la poesía y otros géneros.

En primer lugar destaca la aparición de El libro centroamericano de los muertos, del multipremiado Balam Rodrigo, con el cual se hizo acreedor del Premio Aguascalientes de este año. Un libro que no está exento de polémica, más por la larga lista de premios ganados por concurso que por los recursos líricos que contiene su obra. No obstante, es un poemario que se coloca al lado del también ganador en el 2013 y publicado por el FCE, Te diría que fuéramos al río Bravo pero debes saber que ya no hay río ni llanto, del chihuahuense Jorge Humberto Chávez, pues ambos abordan temáticas sociales como la migración, la violencia, el choque cultural, la identidad. Ambos echan mano de la crónica como referente lírico.

Otros libros de poesía destacables de esta casa editorial son Las etapas del día. 50 años del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (1968-2018), una antología a cargo de Luis Vicente de Aguinaga. El azar de los hechos, del sinaloense Cosme Álvarez, y La poesía llama, de Homero Aridjis.

Un libro interesante por el esfuerzo de divulgación que representa la permanencia de una revista consagrada a la poesía, Blanco Móvil, dirigida por el poeta argenmex Eduardo Mosches, es Del río que corre. Una selección rigurosa y muy interesante de los poemas publicados a lo largo de tres décadas y que nos abre un panorama de diversos registros, particularmente mexicanos y latinoamericanos. Nos coloca en la perspectiva de una andadura contemporánea y muy plural.

Por su parte, la editorial Era ha puesto a circular algunos libros atractivos por la solvencia de sus autores: Debe ser un malentendido, de Coral Bracho; El ovillo y la brisa, de David Huerta, en coedición con la Universidad Autónoma de Sinaloa, y Lo innumerable, de Jorge Fernández Granados.

La poeta Carmen Villoro destaca entre sus lecturas El libro de la enfermedad y Anatomía del fracaso, de Daniel Miranda Terrés; El lugar de las cosas desaparecidas, de Magda Orozco, dos jóvenes poetas en quienes descubre mucha fuerza y mucho que decir. Ambos publicados por la editorial Mantis.

Y entre los autores extranjeros vivos que han visto sus poemas en el español de México destacan Meditación sobre ruinas, del portugués Nuno Júdice, sin duda una de las figuras más destacadas de Portugal y de la lengua portuguesa, con traducción de Blanca Luz Pulido (Textofilia y UANL); asimismo destacan Concepciones, del luxemburgués Jean Portante, publicado por la BUAP. De parte de Mantis Editores los libros En la mirada del lobo (bilingüe) del poeta italiano Alessio Brandolini, y El perfil de los pacíficos, del catalán Jordi Virallonga, quien escribe en castellano, son muy recomendables. Esta editorial ha ampliado su catálogo de obras bilingües, publicadas en coedición con casas extranjeras como Écrits de Forges, de Québec, en francés, pero ha extendido su presencia al portugués y el italiano.

Por último cabe destacar dos libros editados por la Secretaría de Cultura: Abroche su cinturón mientras esté sentado, de Sara Uribe, bajo el sello de la Dirección General de Publicaciones, y Principia, de Elisa Díaz Castelo, en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ambas, autoras jóvenes. La primera es una de las revelaciones de la poesía que toca temas sociales de manera descarnada y ácida, con la fuerza del sarcasmo, y la segunda, muy joven y talentosa, egresada de las filas de la Fundación para las Letras Mexicanas que echa mano de la ciencia médica, de la ciencia en general, para generar un discurso racionalista y al mismo tiempo asentado en la condición humana. Finalmente, Parentalia Ediciones, que dirige Miguel Angel de la Calleja, ha puesto en circulación su séptima tanda de la colección Fervores, bellas ediciones de 20 páginas, que evocan de cierta manera Material de Lectura de la UNAM. Con portadas de Gerardo Torres y apoyo del Fonca, arriban a las 44 plaquettes. Este año aparecieron Punto de fuga de Daniel Téllez, After Auden de David Huerta, República de Carmen Nozal, Sonetos y son quince de Julia Santibáñez, La canción del alba de Leticia Luna, y Materia Oscura de Rocío Cerón.

Un signo en el cambio de perspectiva es la inclusión de dos poetas de lenguas indígenas en la Secretaría de Cultura, Natalia Toledo y Mardonio Carballo, bastante visibles y mediáticos, pero que sin duda representan una cara de la actual poesía indígena mexicana, la cual se reconoce hoy más por su calidad que por su exotismo. Paradójicamente, si en otras administraciones los literatos habían tenido un sitio en cultura de la Ciudad de México, en la actual Secretaría de Cultura capitalina hay una ausencia representativa de creadores en los cargos sustantivos, ocupados sobre todo por políticos y promotores culturales.

Con pequeñas variaciones, la mayoría de los libros de poesía se conducen por el régimen del tiraje de los mil ejemplares. En un país de más de cien millones de habitantes, eso suena ridículo, pero nunca la poesía ha sido un fenómeno de masas, salvo honrosas excepciones. La tendencia actual es imprimir bajo demanda, es decir, en imprentas que pueden hacer desde 10 a 100, 200, 300 ejemplares. Si la poesía ejerce su premisa de libertad y de rebeldía, de inconformidad, no así los poetas que responden en mayor o en menor medida a los cánones impuestos por grupos hegemónicos, por políticas culturales, por tendencias que garantizan éxitos y premios, reconocimientos, visibilidad.

Pero lo cierto es que la poesía, la verdadera poesía tiene sus propias exigencias y sus propios tiempos. Aun así, la poesía es, sin duda, un parámetro confiable de la salud cultural de los pueblos, y en México, contra todos los pesimismos, se leen libros de poemas.