“La violación de Lucrecia”

Un poema de Shakespeare dramatizado por la actriz y directora argentina Mónica Maffía nos revela un tema de actualidad, que hace reflexionar a cerca de la resonancia social y política que implica la violación a una mujer. En este caso, Shakespeare se inspira en Ovidio y Tito Livio para contarnos cómo Sixto Tarquino, hijo del rey de Roma en el siglo VI a. C., se atreve a entrar a la habitación de Lucrecia –la esposa del general Colantino– para violarla, sabiéndose intocable.

Maffía hace una adaptación escénica al poema y elige los fragmentos que resaltan los conceptos de justicia, deber, gobierno y jerarquías, teniendo como eje la vulnerabilidad de la mujer. Es una excelente adaptación que lleva a la actriz a desplegar su capacidad actoral llena de matices para transformarse en verdugo, víctima, ciudadano y pueblo. El decir del verso libre, impecable, fluye como un río que nos adentra en el dolor y la tragedia de un personaje que nada tiene que ver con las demostraciones de poder entre generales, pero que es utilizada por ellos, volviéndola el instrumento perfecto para la venganza. Con el poder expresivo de la actriz podemos visualizar las metáforas, seguir sin tropiezos la historia y sentir los conflictos emocionales de cada uno de los personajes. La violación de Lucrecia inicia con el victimario planeando su crimen, argumentando sus razones y culpabilizando a la víctima: “Tuya es la culpa, pues tus ojos son los que te han entre¬gado a los míos. De modo que, si vas a reconvenirme, me anticiparé para expresarte que tu belleza es la que te ha tendido un lazo esta noche, donde resignadamente es preciso que cedas a mi pasión.”

Cuántas veces se ha responsabilizado a las mujeres de ser ultrajadas: por su vestimenta, por su comportamiento o por el estado en el que se encontraban. Por cualquier hecho injustificable para los ojos de la razón frente a un crimen.

En el poema de Shakespeare, el crimen no queda impune y Lucrecia es vengada. Su esposo, el general Colantino y su padre, lamentan su suicidio después de haber denunciado a su agresor, y los generales que lo acompañan exhiben su cuerpo ensangrentado por las calles de Roma, para generar la indignación del pueblo. La violación se convierte en el arma para vencer al rey y su familia, expulsarlos de Roma e instaurar la República.

¿Es realmente Lucrecia la que es vengada o sólo se trata de un vehículo para vencer a otros, creyendo que ellos fueron los que sufrieron la vejación sexual? Aun con todo, la violación no queda impune y se alza la voz y se señala al culpable, no obstante el criminal sea el hijo de un rey.

En la actualidad la impunidad es la constante y ahí tenemos el caso de los Porkys en Veracruz y muchos más silenciados. Las estadísticas son contundentes, como lo hace constar la publicación Horizontal: “En México una violación sexual ocurre aproximadamente cada 4.6 minutos… 120 mil violaciones al año de las que sólo 15 mil son denunciadas y apenas 4 mil consignan al culpable”.

El poema de La violación de Lucrecia, escrita en el siglo XVII, es de una actualidad espeluznante, y la interpretación de Mónica Maffía nos la revela con lucidez. A pesar de que visualmente es precaria  –luces de colores en zonas específicas o la ropa de trabajo que disminuye la evocación en la actuación y el texto–, esta obra de teatro que se presentó en el Teatro la Capilla la semana pasada es un trabajo que transmite poderosamente la complejidad de la violación sexual a una mujer, la cual atraviesa lo personal para lanzarse a lo público y político como un dardo crítico de nuestra realidad actual.